2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (III

Retazos de una obraPostado por degregorio lun, septiembre 21, 2015 13:23:35
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Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (III)

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Al Capital no se le puede tocar, porque ni tiene nombre ni conoce fronteras. Además, lo poseído está investido de un derecho reconocido por la ley y aceptado culturalmente de una manera consuetudinaria. Lo único que puede estar sujeto a tocamientos (en el peor sentido de la palabra) es lo inexistente; o mejor dicho, lo que se encuentra en el reino de lo que aún no ha sido creado. Y como lo que se haya de crear sólo se halla en las manos de aquéllos que tengan que engendrarlo, para que la rueda siga rodando, el remedio se lo tienen que aplicar aquéllos que necesitan seguir tirando del carro.

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Cuando los bienes y servicios forjados no son consumidos entre los obreros y los empresarios en función de que aquéllos se mantienen como existencias en los inventarios, o como posesiones que han sido detraídas del proceso creación/destrucción, tiene obligatoriamente que generarse una ralentización de la demanda; y consecuentemente una disminución de la necesidad de seguir produciendo. Los que se quedan sin trabajo tienen que esperar a que con el posterior consumo que se lleve a cabo a través de las prestaciones por desempleo (así como el de aquéllos que a tenor de lo que hayan ahorrado ostenten pertenencias), pueda reactivarse el proceso económico.

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Con la llegada de aquél que como actor fue prácticamente irrelevante y aquella dama que de relevante sólo tuvo su indiferencia para con los problemas de los más desvalidos retrocedimos a la época que precedió a la Revolución Industrial del siglo XIX. Se reprodujo aquella concepción en la que el Capital, influenciado por un neoliberalismo auspiciado por la Escuela Austriaca, se retractó de lo que durante largos años había considerado necesario asimilar. Volvió a germinar aquel “laissez-faire” que el más clásico de los economistas personificó en unos punzantes alfileres. Se olvidó que la economía tendría que ser un instrumento que sirviera para interrelacionar a los seres humanos y el trabajo, un medio con el que el obrero pudiera llegar a realizarse. Los resultados nos están mostrando que las doctrinas y las actuaciones de estos partícipes estaban profundamente equivocadas.

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No es sólo que los más preparados tengan que emigrar. Es que estáis conformando una sociedad en la que éstos no tendrán donde ir. El alcanzar un puesto de trabajo estará más determinado por el sometimiento de los escogidos que por el conocimiento (en palabras de Ortega), de los excelentes. ¿Creéis que podéis permitíroslo? Porque después de haber prostituido lo que otrora fue la Ley de la Oferta y la Demanda ¿consideráis que como consecuencia de vuestra capacidad de cometer desafueros podréis seguir manteniendo que la verdad no interesa? A las nuevas generaciones no podréis seguir catequizándolas con vuestros medios de difusión. O al menos eso espero.

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Como he expresado en este prólogo, las perversiones que tienen lugar en todos los modelos económicos que hasta ahora hemos conocido, se originan a tenor de dos contingencias. La primera se encuentra en la inconsecuente diferencia que concurre entre la producción y la distribución de las riquezas. La segunda es más moderna (y consecuentemente más compleja). Como esas setas venenosas que se adornan con bellos colores, las hallamos tanto en las facilidades que utiliza el Capital para desplazarse de un mercado a otro, como en las vergonzosas atribuciones que ha adquirido la banca, a tenor de la creación virtual de un crédito que no se corresponde con aquello que debería representar.

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Entiendo que para que a un hombre le sea dable apropiarse de aquello que pueda necesitar para su mantenimiento o alimento, ha de hacerlo fructificar de la tierra que hubiera recibido; es decir, en un mundo en el que los bienes no surgen de manera espontánea, lo que se necesita hay que producirlo. Lo que no entiendo es que lo conseguido (algo que como consecución tenía exclusivamente como fin el bienestar de quien lo haya conquistado), se utilice en el sometimiento de aquéllos que se encuentren en la misma contingencia.

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El hombre puede ser acreedor a todo aquello que ha forjado, y en consecuencia tener la facultad de disfrutar de lo que haya podido conseguir, tanto a través de su capacidad de discernimiento, como de su competencia para ejecutar una labor; sin embargo, en lo que no debería tener potestad es en transferir a otros, consecuciones que condicionaran la existencia del resto de la humanidad.

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Con la creación de los medios de cambio no perecederos, se conformó la pretensión humana de proyectar en el tiempo la seguridad del momento actual y el instrumento con el cual someter las voluntades y los actos de la mayor parte de los hombres. Ante esta realidad no vamos ni siquiera a intentar determinar cuales son los preceptos que se recogen en nuestro Derecho Positivo. Vamos tan solo a substanciar la substantivación de una realidad: la de que el Derecho Natural está por encima de cualquier otro derecho; así como que dentro de aquél, en un orden jerárquico, el Derecho a la Vida (y con él, el derecho a arribar a un mundo que pueda ser vivido), es el más fundamental de todos ellos.

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El único factor que puede condicionar nuestro proceder, como ya intentaremos justificar con posterioridad, tiene que ser de un orden material. Nosotros podremos establecer el modelo, pero los parámetros que hayan de estructurarlo tienen que ser físicos. Cuando Jesús dijo que para alcanzar el reino de los cielos era preciso entregarlo todo a los pobres y seguirle, se estableció el modelo, pero se le otorgó a los que pretendían ser sus discípulos la superior capacidad (en una muestra de la relatividad que le podemos conferir a lo que definimos como potestad), de decidir en la constante colusión de intereses que existen entre lo que pudiendo ser objetivamente positivo, subjetivamente podría representar o una dejación o un sacrificio. El resultado tuvo necesariamente que ser el que fue. No puede esperar uno acogerse a un prototipo de comportamiento y al mismo tiempo actuar en concordancia con el modelo que de manera natural nos demanda nuestra naturaleza.

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Para que una sociedad funcione son necesarios dos fundamentos. El primero es que exista una concienciación colectiva de cuáles son las reglas de conducta a seguir. Normas que lógicamente tienen que ir modificándose en función de la transformación evolutiva a la que dicha sociedad se ha de ver sometida, pero que en todo momento tienen que plasmar una metodología que, fundamentada en una legislación, han de llenar de contenido las expectativas que todo ser humano tiende a considerar como esenciales. En segundo lugar, los condicionamientos físicos que como consecuencia de esta concienciación hayan sido establecidos, tienen que estar completamente emancipados de la segura injerencia que sobre ellos se habrá de efectuar. Es necesaria la convicción de que esto tiene que ser así; pero asimismo se precisa que la capacidad de justificación y de transformación a las que nos puede llevar nuestro intelecto, se encuentre determinada por unos condicionamientos que, siendo físicos, sólo sea factible modificarlos a través del consenso de la comunidad; unos impedimentos que al ser instituidos con un carácter de universalidad, se pueda poner en tela de juicio la procedencia de su establecimiento por las individualidades, pero nunca su validez en el ámbito de lo colectivo; que al igual de lo que ocurre con la existencia de una pendiente, sea enjuiciable que de vez en cuando, de acuerdo con nuestra manifiesta voluntad y asumiendo los riesgos que conlleva, podamos ascenderla a la carrera, pero que lo que es determinante es que ésta, en sí misma constituye un condicionamiento incuestionable.

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Estimo que la mujer tiene que hacer dejación de aquella misión a la que le indujimos como la única salida natural a sus obligaciones como madre y esposa. Aquellas tareas que habiendo sido tal vez asumidas como consecuencia de su naturaleza filogénica, se habían convertido en la predisposición de realizarse en la maternidad y en el tener que subvenir la estabilidad de la familia; unas funciones que prácticamente les vedaban su presencia en otro tipo de realización.

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A tenor de lo expuesto, la medida más fundamental para lograrlo es haciendo posible una completa independencia en lo económico y una absoluta igualdad en lo social. La sociedad no puede seguir proclamando que el valor más elevado que pueda concurrir en la mujer, así como su más destacada encomienda, es la de materializar su peculiar feminidad. Es de esperar que la mujer siga siendo femenina, pero al mismo tiempo tiene que ser persona; y como para conseguirlo es necesario desarrollar una clase de actividad que le permita no tener económicamente que depender de otros, en la constitución de las familias, las tareas que hasta ahora ha tenido que venir desarrollando tendrán que ser realizadas con el hombre; de una manera compartida.

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Al estar la mujer tan involucrada en el proceso productivo como pudiera estarlo el hombre, han de periclitar las dependencias absolutas. Continuarán existiendo fricciones, desavenencias e incluso rupturas. Aunque lo que con más asiduidad entiendo que habrá de ocurrir será una decrecimiento de la convivencia. De cualquier forma, en su mayor parte habrá cesado ese sometimiento que ha venido sojuzgándolas, en función de tener que convivir bajo la tutela de aquél que económicamente estaba sosteniendo a la familia. Una vez establecida la igualdad que en lo económico tenga que concurrir, los derechos y las obligaciones serán los que cada uno de nosotros lleguemos a asumir.

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Tenemos que considerar que las mujeres, al igual que los hombres, los discapacitados y los genios, deben tener ante la Ley los mismos derechos; que socialmente, la mujer embarazada es acreedora durante y con posterioridad al período en el que esté gestando, de unas prestaciones que la resarzan de una dedicación y de una entrega que haciendo posible perpetuar la sociedad, condiciona su actividad y llega a poner en peligro su vida. Abundando en lo que ha sido mencionado en anteriores párrafos, considero que las cargas marginales que se hubieran de abonar por el trabajo en las empresas, tanto a la mujer encinta como a los discapacitados, deberían ser subvenidas por la Administración; es decir, por el conjunto de la sociedad. Nunca por las empresas en las que aquéllas y éstos hubieran de prestar sus servicios. Mientras que se mantenga una normativa que exija lo que no sea económicamente rentable, estaremos generando una función de relación que habrá de conllevar una discriminación. Sacando a colación la archiconocida ley de la Oferta y la Demanda, el oferente de un puesto de trabajo es consciente de la situación en la que se pueden encontrar tanto la mujer como el que por primera vez solicita un empleo. El mundo empresarial conoce que las necesidades de éstos, generalmente son menores que las de un padre de familia. Y aunque en teoría, esta menor dependencia hacia lo que las empresas les pudieran ofrecer, tendría que incrementar el precio de sus ofertas, la realidad es que al materializarse de forma indefectible esta demanda, (ya sea debido a los deseos que unos pudieran tener para realizarse en el trabajo, ya sea en otros la aspiración de conseguir mejoras), las empresas pueden contar como un factor determinante de su oferta, el hecho de que debido a su falta de necesidad, aquéllos aceptarán una menor retribución.
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Cuando las religiones y las manifestaciones culturales, sin combatirlas ni alentarlas, se decanten en el crisol de unas vivencias que no tengan que estar condicionadas por unos dogmatismos y unas convicciones sociológicamente elaboradas, podrán llegar a ser lo que todos esperamos de ellas. Un alimento de la psique al que todos podamos libremente recurrir en función de nuestro raciocinio nuestras carencias.
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Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (II)

Retazos de una obraPostado por degregorio lun, septiembre 21, 2015 12:18:25

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Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (II)

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Supeditados tanto por la concienciación de nuestras posibilidades, como por la proclividad de que nuestra segregación fuera desautorizada, es de entender que habríamos de asumir como un desenlace natural, que el camino más inmediato (como de hecho ya ha sido seguido en multitud de ocasiones en su forma más visceral y en consecuencia más descerebrada), sería el de intentar derrumbar al Capital, a la Ley, y de paso al Estado. Y es que si aceptando respetar la vigencia e incluso la proyección que pueda seguir el Capital, no se nos permite forjar una trayectoria fuera de la estructura que nos está condicionando, las leyes, el Estado, y por supuesto el Capital, no merecen ser mantenidos.

Y sin embargo..., ¿podemos permitirnos llevar acabo esta resolución?

Si le echamos un vistazo a la historia, podremos observar que la insurrección no es un combustible que se haya gestado en el cerebro. Constituye la materialización de una alteración de nuestra capacidad de razonar que obligatoriamente dimana de lo que racionalmente ha sido considerado como injusto. Es por tanto un elemento que ha de ser sabiamente utilizado. Conociendo que suele trascender sobre el acto reflexivo que como fundamento se encuentra en su base, a mi entender, nuestra estrategia deberá ser la de analizar los resultados a los que nos tendríamos que enfrentar; y de una forma firme y al mismo tiempo racional, tratar de superar las incidencias que nos pudiera provocar. Es más, si fuera dable concienciar a esos poderes que engendran esta bendita y al mismo tiempo natural propensión, que a través de represiones es imposible soterrarla, quizás podríamos evitarnos los esfuerzos, las pérdidas y las rectificaciones que en el proceso de la mejora y la democratización de nuestras vidas tuvimos y tendremos que seguir soportando.

En función de lo expuesto, tratemos de encontrar la manera de superar los desencuentros que tanto los poderes fácticos diseñaran al objeto de mantener su imperio, como las reacciones viscerales que inevitablemente habrán de motivarnos. Siempre tendremos el camino de recurrir a la violencia. Y desde luego no serían los que no tuvieran nada, los más perjudicados. Pero a la vista de que estos perjuicios también habrían a éstos de afectarles. Y sobre todo al hecho de que, de no actuar de una manera inteligente, esta violencia nos podría llevar a una repetición del modelo impugnado, considero que en ambas partes del litigio habrá de imperar la sensatez.

6.1.1.3.5.2. Antes de intentar resolver la situación a la que hemos arribado, tenemos que desmitificar la concepción de que por encima de la sociedad se encuentra un Estado que ha de determinar lo que esta sociedad haya de ser.

Nosotros no podemos sustentar por más tiempo la pontificación de Hegel (a pesar de que personalmente lo considere como el filósofo más insigne de todos los tiempos), según la cual "el pueblo es la parte del Estado que no sabe lo que quiere" y cuyo "movimiento y acción serían elementales, carentes de razón, violentos y terribles".[1]Nosotros no estamos dispuestos a aceptar que "cuando el orden dado es considerado como racional" (y tiene que ser evaluado así, puesto que según él no caben discusiones), "el idealismo ha llegado a su fin". [2] Nosotros sabemos que no somos perfectos; pero si de acuerdo con la filosofía del mismo Hegel, constatamos que "el Derecho (que ha de ser el fundamento que garantice tanto el bienestar y la existencia del Estado, como la de todos sus miembros), no se preocupa de las diferencias entre los individuos," [3] tenemos que oponernos a que la tarea de la Filosofía se convierta en la labor de "reconciliar al hombre con lo establecido”. [4]Nosotros vamos a respetar lo instituido si lo instituido nos respeta a nosotros. Si no lo hace, el ejercicio de la fuerza no lo habremos iniciado nosotros. Nosotros entendemos que Hegel pretendía asegurar la institucionalización de una idealización racionalizada, debido a la superior naturaleza que le daba el reunir en ella la racionalidad de la generalidad, y en orden a la posibilidad de que pudiera ser destruida, negar la validez de las razones que pudieran intentar impugnarla. Sin embargo, esa idealización que él hizo coincidir con el Estado y que en aquella época era la única con la que se podía identificar, independientemente de haberse demostrado que no es una idealización ni una identificación totalmente fiables, no son las únicas en las que hoy en día (y si me apuran, dentro de muy poco), estaremos obligados a tener que confiar. Nosotros debemos dejar que sea la máquina la que se encargue de controlar nuestros desmanes. Una vez que los abusos y las alcaldadas se vean condicionadas por la informática, la racionalidad no subjetivada se podrá dedicar a controlar aquélla.

6.1.1.3.7. Continuando con lo que hasta ahora ha venido siendo admitido por consenso y en consecuencia sancionado por las leyes, el valor de los productos fabricados constituye un capital social que al conformarse como riqueza nacional, se debe de encontrar más allá de la voluntad que sobre lo poseído pudieran ejercer sus propios tenedores.

Y sin embargo, la realidad más objetiva nos demuestra que esto no tiene por qué ser así; que cuando premeditadamente destruimos aquello que pudiéramos haber, estamos ejerciendo una prerrogativa que socialmente sólo ante nosotros mismos hemos de responder. Si la Ley ampara el Derecho a la propiedad y al mismo tiempo no garantiza la igualdad entre los individuos, no puede ni ir contra el que el poseedor pueda tener sobre su propiedad; ni en función de sus inhibiciones con respecto a la igualdad que como Derecho natural debería reinar entre los miembros de la sociedad, validar la procedencia de su derecho a velar por el bienestar de la comunidad.

El hecho de que no tengamos que alegar una justificación a nuestros dispendios o nuestras ofrendas se encuentra en que lo que nosotros hagamos disminuir nuestros haberes, habrá de estar subordinado al interés que la cosa destruida tenga para nosotros mismos. Si el Estado ha de velar por los intereses generales de la comunidad a la que esté representando, (y con ello vuelvo a reiterar lo que una y mil veces he venido señalando), esta tutela se debe asimismo ejercer, cuando debido a los condicionamientos que impone la posesión de las riquezas, se desmantelan las expectativas de la mayor parte de los miembros de nuestra sociedad.

Esta manera de observar el dominio y el uso de las cosas, no sólo hemos de contemplarla cuando en nuestras sociedad se den los supuestos que Hobbes señaló. Se ha de tener en cuenta, cuando en nuestras sociedades permanezcan los fundamentos de unas estructuras que defiendan el lucro desmedido y el poder de los menos, y perpetúe el destino y la suerte de los más. Nosotros no podemos admitir la continuidad de un estamento que por el hecho de defender unas funciones de producción y de distribución determinadas, garantiza el bienestar de una manera no generalizada. La sociedad, a través del Estado, ha forjado una legislación que al no haberse sabido, o quizás aún peor, al no haberse querido elaborar en función de los derechos de la generalidad, se ha pretendido resolver a través de la catequización y el unto con los que se supo domesticar a aquéllos que intentaron impugnarla.

Ante la más que cuestionable arbitrariedad que se encierra en una toma de postura que como la que utiliza el capital constriñe y distorsiona tanto la libertad como las perspectivas de los individuos, tendremos que crear una jurisprudencia que nos permita hacer uso de una forma legal de lo que poseamos; de aquello que el capital, en su parcela, dispone y ejecuta como le viene en gana. Nosotros tendremos que aceptar que ni siquiera aquéllos que hayan producido las riquezas a través de la labor efectuada, puedan comandar sobre la utilización de su valor de cambio. A lo único que no podemos renunciar es a disponer del valor del trabajo que en la consecución de lo representado por el valor de uso hayamos insertado en aquel valor de cambio. Lo que nosotros utilicemos del valor del trabajo no tiene que encontrarse sometido a una economía de la que sólo estamos sacando el sustento. Y si nosotros voluntariamente abdicamos a una parte de él, una vez ejercitadas nuestras labores de producción, no se nos puede imponer lo que con él vayamos a hacer. Si del valor de cambio no podemos detraer su valor de uso, del salario sí podemos hacerlo. Todo en él nos pertenece.

6.1.1.4.1. Centrándonos en los privilegios que disfrutan las inversiones foráneas en los enclaves donde conjuntamente actúan tanto el capital privado interior como el facilitado por el exterior, advertimos que la movilidad de capitales no sólo es utilizada como una práctica especulativa. En un elevado número de casos están determinadas por móviles políticos. El desarrollo de los países en los que estas entidades hayan invertido se encuentra permanentemente sometido a los intereses de los Estados y corporaciones que les procuraron las mencionadas inversiones o créditos.

Por otra parte, el capital proporcionado por estas entidades está condicionado por unos preceptos tan rigurosamente ortodoxos, que al no haberse tenido en cuenta -en la mayor parte de los casos-, las necesidades que realmente demandaban las economías de los países receptores, no sólo ha sido agua vertida en un pozo; han ocasionado corrupciones que, por no considerar en esta obra necesario denunciar, por conocidos, a los inmundos que las perpetraron, eludo mencionar.

Si uno de los principales objetivos de estas entidades fuera el de implantar la liberación de capitales, habría de ser tenido en cuenta que esta liberación sería necesaria entre países que pudieran competir entre sí, pero es completamente desastrosa cuando los que aún no han adquirido dicha capacidad de competencia, son tan solo unos mercados en los que producir de una manera más barata. Puede que los fines perseguidos por éstas (especialmente el FMI) no sean tan interesados como los que busca el Capital, pero en función de que actúan al servicio de los intereses de los más poderosos, a través de su política económica no se está contribuyendo a la consecución de los fines que este organismo supuestamente tendría que buscar.

Como todos sabemos, la libre circulación de capitales es la llave maestra con la que el Capital entra y expolia a todos los países que han aceptado una supuesta ayuda desinteresada. El capital privado solamente invierte en aquellos lugares en los que la diferencia relativa en los salarios le brinde pingües beneficios. Invierte en países en los que concurren unas expectativas de expansión económica; en los que no habiendo sido substanciado el equilibrio que tendría que existir entre la oferta que estuviera procurando el mercado y la demanda de una globalización que es la transubstanciación de un libre comercio al servicio de las multinacionales, acaecen unas peculiaridades que para el Capital son económicamente apetecibles; donde la capacidad de producir de éste busca y consigue asentarse en un mercado que aunque de forma floreciente, aún no ha logrado un desarrollo equilibrado. Pero es que ocurre que con su elevada capacidad de generar productos y servicios, más tarde o más temprano se llega a la etapa en la que se ha saturado el mercado. En el momento en el que la demanda ha perdido su vigor (una vitalidad que podría haber sido ocasionada por la saturación o el inicio de una recesión), o las demandas laborales representan una tara, ha llegado la hora de emigrar. En el momento en el que las dificultades comienzan a acosar al país, el Capital busca otros puertos.

Abundando en el tema, las directrices que regulan las actividades de estos organismos son establecidas en función de los criterios sostenidos por un número muy reducido de los países más desarrollados; con lo cual, lo regulado constituye una serie de pautas que al desoír los puntos de vista manifestados por los que fueran potenciales demandantes, además de ser excluyentes no son demasiado democráticas. Sobre todo cuando a esta manera de pautar le aunamos el que solamente uno de ellos tiene derecho de veto.

En palabras de Joseph E. Stiglitz,: “cuando Occidente marcó la senda de la globalización, se aseguró de acaparar una porción desproporcionada de los beneficios a costa del mundo subdesarrollado. No fue sólo que se negaron a abrir sus mercados (mantuvieron sus cuotas a los productos importados de otros países exigiendo al mismo tiempo que éstos abrieran las suyas). No fue sólo que continuaron subsidiando a su agricultura, (aunque insistieron que estos países suprimieran las subvenciones a sus productos industriales). Además, progresivamente fueron modificando a su antojo lo que conocemos como términos de intercambio. Después del último acuerdo comercial de 1995, la diferencia entre los precios que los países desarrollados y menos desarrollados consiguen por sus exportaciones y los precios netos que los países pobres tienen que cobrar por las suyas se ha venido incrementando.” [5]

Debido a las influencias ejercidas por las grandes empresas de los países más desarrollados, el ejercicio del libre comercio no constituye más que una prédica demagógica. Estas instituciones glorifican las bondades de la libertad en tanto en cuanto sus empresas exporten sus productos; pero cuando las de otros países alcanzan un nivel de productividad (o en su defecto poseen una superioridad relativa con respecto a los precios de sus mercancías), que pueda poner en peligro la hegemonía de los países que las patrocinan, arrinconan sus recetas, y al inhibirse en sus funciones, hacen posible que sus propios gobiernos instituyan unos aranceles que imposibilitan la mencionada libertad.

(1) Herbert Marcuse, Razón y Revolución, pág. 216, Alianza Editorial (Rcogido de Philosophie des Rechts, pág. 301

(2) Ibídem pág. 181

(3) Ibídem pág. 192

(4) Ibídem pag. 181

(5) Joseph Stiglitz, El Malestar en la Globalización







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Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (I)

Retazos de una obraPostado por degregorio lun, septiembre 21, 2015 12:08:00

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Retazos de ¿Es posible otra economía de mercado? (I)

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Para forjar un tipo de sociedad fundamentada en unos criterios económicos que nos permitan alcanzar tanto un nivel de producción aceptable como una distribución de la renta adornada con el mismo calificativo, es preciso cumplimentar cuatro premisas. Primera, desearlo (o mejor aún; estar dispuesto a superar los obstáculos que se hayan de presentar en la conformación de su transcurso); segunda, obtener los medios necesarios para poder establecer sus bases; tercera, conferirle un tipo de estructura que permitiéndole desarrollarse con toda la pujanza que lo hace la economía de mercado, limite en gran medida las arbitrariedades a las que nos conduce nuestro comportamiento subjetivo; y cuarta, enfrentarnos con el hecho de que para alcanzar este objetivo en el seno de un modelo económico que siga siendo el paradigma de aquello que nosotros estamos rechazando, será preciso conformar un sistema económico que siendo diferente, racional, y por tanto viable, supere los desencuentros que se habrán de producir en esa convivencia que habremos de tener con el modelo del cual queremos separarnos.

Según manifestó el Dr. Erich Schneider en su Teoría de la Circulación Económica: “Si la amplitud de la corriente de ingresos que afluye a la empresa es igual a la amplitud de la corriente de rentas contractuales pagadas por la empresa a las unidades de consumo de los no empresarios, entonces la empresa no puede obtener ningún beneficio. El beneficio se produce cuando los empresarios toman también parte en el consumo. Los empresarios producen su beneficio mediante su consumo. Por paradójico que parezca a primera vista, la clase capitalista pone ella misma en circulación el dinero que sirve para realizar la plusvalía oculta en la mercancía”.

6.1.1.3.2. Habiendo sido dicho tanto que las riquezas que tengan que existir sólo podrán llegar a serlo a través del trabajo, como que en función de las contradicciones inherentes en la forma en la que se desarrolla esa labor, esas riquezas determinan no sólo la posesión que sobre ellas pueda ser ejercida, sino incluso la posibilidad de que podamos trabajar (como parece estar demostrado por la execrable persistencia del paro), para adquirir los medios con los que derruir esta insensata dependencia, la única salida que parece nos queda es la de, o bien perseguir este objetivo a través de la adquisición de unas rentas que habríamos de buscar en la prolongación de la jornada laboral, o bien sacrificar parte de los salarios adquiridos por el trabajo realizado, utilizando éstos en la consecución de aquellos medios que nos faculten ser lo que creemos, somos.

Hasta aquí, la estrategia a seguir se acomoda de manera perfecta a los criterios económicos a través de los cuales se desenvuelve la economía convencional. Y aunque es cierto que con la adopción de cualquiera de estas dos alternativas se habrán de generar disfunciones en el normal desenvolvimiento del modelo de economía del que pretendemos segregarnos, no es menos cierto que ni la primera podría ser impugnada por ser una medida que las empresas demandan de los trabajadores cuando precisan esta prolongación de la jornada, ni la segunda recusada por derecho.

6.1.1.3.3. En concordancia con lo manifestado, hemos de analizar qué tipo de secuelas se habrían de originar, tanto si dedicáramos un tiempo marginal al trabajo, como si decidiéramos reducir nuestro consumo.

En nuestro intento de desarrollar la primera de estas dos alternativas podremos ver que si prolongáramos durante, digamos unos doce minutos diarios nuestra jornada laboral para adquirir con el producto de este trabajo marginal aquellos bienes que nos permitieran independizarnos, lo primero que nos habríamos de encontrar sería con que al incrementarse en un 2½ % la producción de bienes que acostumbrábamos crear, este aumento marginal de la producción no estaría siendo demandado. Se generaría una atípica sobreproducción que no encontraría salida en los mercados.

Por otra parte, si nos detenemos a observar la naturaleza de esta situación tendremos que advertir que lo que calculáramos obtener con esos doce minutos de trabajo no podría ser cien por cien efectivo; que en un sector muy significativo de la economía, como es el del comercio, esa fracción de tiempo trabajada, al no haber tenido lugar ninguna producción, sólo se podría manifestar como un incremento de los costos. Si interpolamos la actividad del comerciante, asumiéndola como un hecho económico al cual estamos sometiendo a examen, podremos ver que ni ésta es dable realizarla sin el concurso de un proceso productivo marginalmente demandable, ni en consecuencia es posible obtener de la misma los salarios que se tuvieran que abonar por los doce minutos que de forma extraordinaria se hubieran trabajado. Al no contarse con más subsistencias que las que pudieran existir como inventario, no existiría otra fuente de la cual detraer otras remuneraciones. Las que pudieran existir no podrían generar más beneficios que los que la demanda de los productos a la venta reclamara. En la exclusiva actividad del comerciante no habría ninguna posibilidad de enjugar unos mayores costos donde no fuera posible obtener mayores rendimientos. De no tener lugar un incremento de las existencias (y no podría tener lugar puesto que no existiría un incremento en la demanda), la remuneración de los mayores servicios que por estos doce minutos pudieran prestarse constituirían una merma de los beneficios que obtuvieran las empresas. Sólo cuando la prestación de estos servicios resulta demandable (y la prolongación de la jornada laboral en los comercios no lo es) es decir, sólo cuando con su consumo se equipara con el consumo de los bienes tangibles, es dable que figure como un factor del Producto Interior Bruto. La Riqueza Nacional sólo se incrementa cuando una parte del PNN que excede al Consumo se invierte como Formación de Capital.

Pero es que además, si en el sector productivo los empresarios estuvieran dispuestos a permitir esos minutos de trabajo adicional, como consecuencia de una sobreproducción que no encontraría demanda, su más lógica contramedida sería la de reducir el número de sus empleados. Lo que pudieran suplementariamente percibir los más afortunados determinaría las posibilidades laborales de otros. Se tendrían que producir enfrentamientos entre los miembros de la clase trabajadora. Y éste no podría ser el mejor caldo de cultivo en el que labrar la colaboración que precisáramos.

Con respecto a la segunda de aquellas dos alternativas; es decir, la relativa a la dejación en el consumo hemos de señalar que siendo nuestra potestad la de invertir el producto de nuestro trabajo en aquellas opciones que más se acomoden a nuestros necesidades, lo que no podemos aceptar es que el Capital se inmiscuya en qué tipo de consumo tendremos que llevar a cabo. Y esto en función de que en una economía de libre mercado, los capitalistas no sólo no se encuentran constreñidos por esta imposición, sino porque además, no devuelven al mercado la totalidad de los beneficios obtenidos con la plusvalía. Ya que una parte importante de los mismos sigue continuando en su poder como consecuencia de haber obtenido con ellos bienes de producción o de naturaleza permanente. En este contexto y como consecuencia de nuestra disposición a hacer uso de los bienes que hubiéramos llegado a desistir en la adquisición de aquellos medios que pudieran liberarnos, se habría de producir una reestructuración de la producción; pero esta reestructuración, a diferencia de la que hemos contemplado con anterioridad, sí sería practicable. Habría que efectuar una reconversión que en el caso que ahora nos ocupa, contaría con suficientes argumentos para que pudiera llegar a producirse.

Una vez validada que la única manera de adquirir los medios que necesitamos es la de llevarla a cabo a través de nuestra dejaciones se nos podría objetar que con la exclusión de la corriente monetaria de los que no estuviéramos consumiendo se estaría produciendo un efecto deflacionario que indefectiblemente tendría que incidir en el normal desarrollo de la economía. A este respecto hemos de señalar lo siguiente:

Si consideráramos que los depósitos impuestos y bloqueados en la banca como consecuencia de nuestras dejaciones se fueran a mantener ociosos, la retirada de la circulación en los países implicados de las cantidades que se hubiera en ellos consignado, harían disminuir su base monetaria; por lo que para evitar la deflación en el resto de la sociedad por falta de efectivo, la subsiguiente depresión y el aumento de los costos del crédito, los Estados tendrían que incrementar la cuantía de su masa dineraria. Sin embargo, este desenlace sólo tendría lugar en el caso de que fuéramos a sustentar la paradoja de dejar nuestros activos, inactivos. A nosotros lo que nos ha de urgir es invertirlos. Emplearlos inicialmente en la configuración de nuestra red, para posteriormente distribuirlos de manera inmediata en bienes mayoritariamente de producción entre todos los que tuvieran que ser usuarios del Sistema. No podría concurrir en consecuencia un estancamiento del consumo. Los capitales depositados volverían a la economía de donde habían salido, a través de la suma de todos los bienes que nosotros adquiriéramos con ellos. Unos bienes que se desvincularían de la economía en la que se forjaron, y que por tanto ni provocarían un acrecentamiento de los inventarios, ni como consecuencia de su mantenimiento en el modelo de economía de libre mercado originar posteriores recesiones económicas.

6.1.1.3.5. Si observamos como se desarrolla esta mal llamada Economía de Libre Mercado podremos advertir que en todas sus manifestaciones ha proliferado en ella una clase dirigente que constituyéndose a sí misma como garante de la seguridad y el bienestar de la comunidad a la que dice estar representando, ha promulgado leyes con las que los derechos de la mayor parte de la ciudadanía no están siendo respetados. Se ha llevado a cabo una legislación que al incidir sobre lo que hayan de ser los derechos de la mayoría, hemos de recusar; una legislación a la medida, que no contempla, por considerarlo como algo accesorio, ni la existencia, ni la voluntad de aquéllos a los que se les ha secuestrado a través de una parodia con la que consagrar a esa clase dirigente como casta política.

Apoyándose en razonamientos que defendiendo la unidad territorial desatienden los derechos de las individualidades, se ha llegado a sancionar que los haberes que cada uno de los miembros de esta economía posea componen una totalidad, que al conformar el haber patrio, se encuentran por encima del derecho que cada uno de ellos pueda reclamar para sí. Lo que ocurre es que este haber patrio no es patrimonio de la ciudadanía. Es un acervo en su mayor parte detentado por una minoría que en función de su poder disuasorio se excluye a si misma de esta disposición. Con lo cual, como consecuencia de la menor capacidad de coacción que tienen los que menos tienen, las leyes que estas clases dirigentes sancionan sirven para controlar los restos de una propiedad privada desigualmente compartida.

Se ha legislado que una economía tiene que estar constituida por un determinado número de bienes distribuidos entre un expreso número de miembros económicos; que las riquezas de una comunidad podrán ser mayores o menores, podrán subir o descender en su cuantía, pero según el espíritu de la legislación, siempre serán una posesión socializada. Socializada al menos en el sentido de que el Estado, sin entender si están bien o mal repartidas, supuestamente no puede permitir que los propietarios de los bienes que en cualquier momento existan en ella, les den una utilización que se pueda materializar como una disminución del patrimonio nacional.

Hasta aquí y teniendo en cuenta que para que una economía funcione de una manera más o menos desgarrada, el Derecho a la Propiedad, que tácitamente está garantizando la existencia de la Nación, forma parte de un Derecho Positivo en el que asimismo se recoge el Derecho a la Igualdad ¿cómo es que ese haber patrio, -en la busca de mayores beneficios-, puede legalmente migra a otros lugares condenando a la ciudadanía a un denigrante paro?. Y si razonablemente es preciso admitir la vigencia de las obligaciones que tenemos que asumir con respecto al concepto Nación. ¿tenemos que asumirla porque el trabajador también puede desplazarse en la búsqueda de un puesto de trabajo? ¿Es posible sostener este alegato aduciendo que el trabajador asimismo constituye una parte de la riqueza nacional? Porque si tanto el capital como la fuerza del trabajo, por Derecho se pueden desplazar (y de hecho se desplazan allende las fronteras de lo que el Derecho considera le haber patrio?, el concepto Nación sólo sirve para justificar los intereses de un conglomerado que en función de los mismos defienden los nacionalismos, las lenguas y hasta la religiones. Y si la parte más débil de este dueto se ve obligada a emigrar para poder subsistir, ¿ por qué no lo hacemos estableciendo una comunidad en la que por la naturaleza de sus estructuras de producción y de distribución no tengamos que seguir siendo explotados? Lo más curioso es que si adoptamos este posicionamiento, no será necesario emigrar a otros lugares. Sólo tendremos (y a este sólo, por su complejidad dedico el contenido de esta obra) que separar las actividades que se hubieran de desarrollar en el modelo que estamos pergeñando, de las realizadas por la mal llamada economía de libre mercado. Dejando que el Capital sigua con sus trapicheos, mientras que los que pretendemos construir una nueva economía forjemos las bases para hacerla posible.

Sé que la pretensión de crear una comunidad diferenciada en función de que lo que los trabajadores hubiéramos de forjar a través de nuestro trabajo constituiría una segregación de lo que la legislación contempla como la riqueza nacional; no obstante, si el dinero (a diferencia de los bienes raíces) es totalmente apátrida –y todos sabemos de las argucias societarias con las que consigue evadir una parte substancial de los impuestos; que en otros casos se desplaza a otros lugares porque en ellos les ofrecen una fiscalidad menos impositiva y que en otros, simplemente desaparece como objeto impositivo en paraísos fiscales, el modelo económico que nosotros pretendemos pergeñar no puede formar parte de una economía en la que el dinero no tenga identidad. No sólo puede ser acumulado sin rendir cuenta de los rendimientos que se obtienen con esta acumulación. Puede emigrar de los países en los que se engendró. El dinero tiene que dejar rastro. Y consecuentemente, si desaparece no sólo hace disminuir la riqueza nacional, sino que deja de ser un objeto de gravamen.



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