2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

Prólogo a la segunda parte

Prólogo a la segunda partePostado por degregorio sáb, octubre 17, 2015 00:21:58

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PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE DE ¿ES POSIBLE OTRA ECONOMÍA DE MERCADO?

Debido a tener bastante avanzada la segunda parte de esta obra, acuciado por los datos que actualmente observo en los mercados, sin esperar a concluirla, quiero dejar constancia del por qué, lo que expongo en este texto hemos de someterlo, cuando menos, a una ponderación en la que se considere la necesidad de diseñar un modelo económico que rememorando tanto la situación por la que atravesamos en los años 30, contemple asimismo la que ochenta años después estamos soportando. En este prólogo pretendo analizar la naturaleza de las sinrazones por la cuales, la única manera de salir tanto de esta crisis como de todas las que de una forma cíclica se concitan en las economías capitalistas es a través del establecimiento de un modelo económico que segregado del que estamos insertos, nos permita liberarnos de los condicionamientos con los que nos sojuzga un Capital que necesita de ellos para poder seguir desarrollándose. Precisamos liberarnos porque el Capital no es más que un monstruo insaciable; un monstruo que utiliza las bondades inmanentes en la iniciativa privada y en la natural obtención del beneficio, para forjar una acumulación que imposibilita la libre actuación de esa iniciativa y acapara para sí toda posibilidad de que los beneficio puedan también estar al alcance de otros. Voy a tratar sobre algo que como la plusvalía Marx calificó como la parte de trabajo no abonada por la labor realizada. Una plusvalía que en función de la naturaleza del modelo económico capitalista hace que la acumulación condicione la existencia de los que sólo pueden vivir de su trabajo. Una plusvalía que genera una acumulación que es segregada del flujo económico que la economía precisa para desenvolverse de una forma socialmente aceptable; y que con independencia de las bondades inmanentes en la iniciativa privada, en función de la forma con las que se pretende conseguir unos fines espuria y subjetivamente perseguidos, se genera una economía en la que las personas sólo constan como un factor para su desarrollo. A mi entender y más allá de las consecuencias derivadas de la plusvalía, ¿es comprensible que en nombre de una supuesta libertad de mercado se pueda llegar a conformar una estructura piramidal que en función de los parámetros de credibilidad a la que nos pueda llevar la codicia se haya permitido a los agentes financieros abusar de las permisiones que en esta economía se les ha otorgado al Capital? ¿Es comprensible que como consecuencia de una falta de control, propiciada por las administraciones de las economías mal llamadas de libre mercado, se hayan creado unos activos “derivados” cuyo valor no está representando el de los bienes que realmente puedan existir en el mercado? ¿No implica esto que esta economía sólo es un medio con el que se enriquecen aquéllos que hayan podido materializar la creación de una valoración que sólo esta representando humo? ¿No constituye esto una estafa? ¿Es admisible que como consecuencia de lo que cuantitativamente haya sido valorado tengamos que asumir las diferencias entre la cuantía acordada a todo lo existente y el valor de lo que en nuestras adquisiciones tengamos que pagar? ¿No se produce un desfase entre los que tuvieran que estar representando a los bienes reales existentes y los que en función de obtener unos beneficios especulativos les hubiéramos conferido a la totalidad?. ¿No se genera una revalorización de éstos que al demandar un mayor número de medios de cambio conlleva la comparecencia de una inflación que implica un incremento de las acreditaciones hacia aquellos sectores que por su más inmediata rentabilidad son eminentemente especulativos?. En este contexto, en una iniciativa no regulada a través de unas imposiciones que graven unos beneficios no sustentados en el valor real de lo especulado, se produce un hecho parecido al que acaece con el poder impulsor de la gasolina; un poder admirable que de no encontrarse moderado por un lubricante, indefectible ha de gripar el motor en el que se está desarrollando. La iniciativa privada es el aliento que debe de regir en toda economía; pero en economía, el control es lo que hace que ese aliento sólo pueda materializarse como la representación de la energía. Mientras que esta iniciativa mantenga su inercia, todos salen ganando. Se incrementa el consumo, el comercio y la inversión productiva. Lo que ocurre es que cuando esta inercia rebota en una realidad inasumible, al no poderse mantener una espiral que conlleva unos valores ficticios, el proceso tiene inevitablemente que detenerse, para retroceder en la busca de las medidas que posibiliten enmendar dicho dislate. Pero es que además, lo que ocurre es que con independencia de las ganancias y las pérdidas imputadas a aquéllos que se dedicaron a especular con el valor de las cosas, los que con más intensidad sufren los efectos del desmadre son la inversión productiva, el consumo y el empleo; se restringen los gastos; y como consecuencia del incremento de los desempleados, ese ahorro personal que en otros momentos sirvió como colchón con el que subvenir imprevistos futuros tiene que formar parte de un presente en el que se ha empobrecido la mayor parte de la sociedad. El capital preserva sus ganancias y son las clases más desfavorecidas las que, con ese consumo marginal proveniente del ahorro rellenan una parte de los agujeros que ha ocasionado la especulación. Pero lo más sangrante de esta situación no es lo que hasta ahora se ha venido describiendo. Lo más sangriento es que para que los causantes de que con sus indecentes acreditaciones se haya producido esta espiral especulativa no lleguen a una quiebra que conllevaría una total aniquilación de la circulación dineraria y crediticia. Amén de la desaparición de unos depósitos que no se convertirían en una entelequia. Lo más exangüe es que con independencia del latrocinio que se está llevando a cabo con los que no hemos participado en la fiesta tengamos los de abajo que tapar un agujero que no sólo es inmenso; es el que hay que rellenar para que los especuladores no pierdan una parte substancial de lo que a través de la especulación hubieran arriesgado. Es la diferencia que ocurre entre un beneficio de naturaleza improductiva que se encuentra sometido a una credibilidad ponzi, y un proceso de producción y de distribución en el que los naturales beneficios obtenidos por los empresarios hacen de éste un transcurso que al ser aceptado (al igual que aceptamos el valor fiduciario de un simple trozo de papel), consagra su propia vigencia.

Todo esto es de sobras conocido, tanto por los economistas, como por los que sobre economía sólo conocen las consecuencias que conllevan los ciclos económicos. Lo que ocurre es que aquéllos se encuentran sometidos por una rígida ortodoxia que les impide practicar lo que hasta el menos sensato de los mortales tendría que calificar como heterodoxia. No pueden permitirse desmontar las razones por las cuales hemos llegado a una situación insostenible; tan sólo condenar lo que en función de lo que subjetivamente aceptado como dogma les mantienen en esta situación de sumisión.

Cuando se argumenta que todos hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades, no se dice que esta forma de vida ha sido una consecuencia natural de la estructura económica a la que habían llegado los mercados. Se nos imputa un consecuente derivado de lo que como antecedente esa estructura posibilitó. Tanto los ciudadanos como las Administraciones se dejaron arrastrar por una fiebre consumista, que al estar alimentada por la existencia de un proceso de naturaleza piramidal, más tarde o más temprano tenía que derrumbarse.

No voy a entrar en las alegrías a las que se entregaron las Administración. Y no voy a hacerlo porque en este acaecimiento concurren una serie de factores que me llevarían a desviarme de lo que en este prólogo pretendo evidenciar. Voy a ceñirme exclusivamente a los hechos que atañen tanto a las empresas como a los ciudadanos.

A tenor de lo que ha sido anteriormente dicho, en toda actividad económica que tenga por objeto un beneficio vamos a diferenciar entre las relacionadas con una productividad y aquéllas exclusivamente especulativas.

Con respecto a las primeras hay que distinguir entre aquéllas en las que las inversiones requeridas para desarrollarlas hayan estado estrechamente unidas a la participación directa del sujeto inversor, y las que para realizarlas se precisó la colaboración de una labor alienada. En cuanto a las segundas, ni hace falta un desarrollo, ni es necesaria una labor ajena. Sólo requiere poder adquisitivo, información y una ponderación del riesgo. (Y en los supuestos más aberrantes, la capacidad de condicionar las circunstancias que estén determinando a aquello sobre lo que se pretenda especular). Lo que a entrambas las une es el hecho de que el beneficio que a través de ellas se haya podido conseguir adquiera una titularidad no compartida que no esté formando parte de lo que conocemos como “bien común”. Mientras que las demandas y las expectativas que dimanan de estas actividades se retroalimentan, la rueda continua girando; el empresario invierte, el productor continua disfrutando de lo que lo establecido le confirió como suyo, y el especulador sigue manteniendo la agridulce sensación que le brinda el haber conseguido un algo de la nada.

Si observamos la historia seguida por nuestra economía (no es necesario remontarse a los señores feudales), constatamos que cuando aparecieron las semillas del Manifiesto Comunista se originó una revolución que durante cierto tiempo puso en jaque el modelo seguido durante el siglo XIX. El Capital tuvo que civilizarse. Se consiguieron muchas reivindicaciones que hasta entonces habían permanecido soterradas. Pero todo esto se fue al traste cuando una vez acabada la que se denominó la guerra fría, concluyeron los condicionamientos que lo habían estado constriñendo. Apareció, o mejor dicho, arribó una tal señora Thatcher, que estimando que era preciso incrementar la productividad, la mejor manera de alcanzarla era incrementando una tasa de ganancia que redundara en un acrecentamiento de la producción dio al traste con los derechos que durante años habían conquistado las fuerzas del trabajo. A ella se le unió (tal vez porque entre ambos existía cierta afinidad en el ámbito del histrionismo), aquel actor fallido que siguiendo su irreprimible vocación, aprovechando la investidura que como payaso oficial le confirió el Capital, pretendió que la posteridad le resarciera de lo que no había logrado alcanzar en las tablas. Entrambos descubrieron las bondades de un neoliberalismo, de una globalización y de una manera de entender lo que debería ser la libre circulación de capitales, que nos han llevado nuevamente al siglo XIX; a una reducción de los salarios, a un inconmensurable aumento del paro, a una propuesta de aumentar tanto la jornada laboral, como los años que hayan de cotizarse para alcanzar una jubilación, y últimamente, a la inenarrable falacia de vincular los salarios a la productividad de las empresas. Todo esto, acompañado de una intensificación de las imposiciones indirectas con las que trata la Administración de incrementar una recaudación, cuando por una parte, éstas sólo deberían ser utilizadas para regular el monto de la masa en poder del sector privado (y no la capacidad adquisitiva de los asalariados); mientras por otra, las emplea en la cobertura de unos gastos que dan fe del tipo de gestión y corrupción al que han llegado los gobiernos. Unas gabelas que al incidir negativamente en el consumo, no entendemos como nos han de sacar de la crisis actual.

La respuesta a esta política es simplemente obvia. Se trata de que es preciso digerir lo engullido. Y además, que lo digieran los estómagos de aquéllos que lo han cocinado. Hay que esperar a que los que se atracaron en exceso (aportando a su plato lo que en otros hubo de desprovisto), no se vean afectados por las consecuencias de su gula. Hay que esperar (como se suele decir que el tiempo todo lo borra) que la población siga creyendo y practicando las tres virtudes teologales. Ellos no tienen prisa. Es más, como la urgencia la tienen los que se encuentran con el estómago vacío, hasta pueden tratar de convencernos que las medidas adoptadas no sólo son deseables y legítimas, sino que como consecuencia de la necesidad de tener que se implementadas, incluso son morales.

Esta es la medicina que nos impone el neoliberalismo. Aquí no se tiene en cuenta que desde que se reinventó el indiscriminado y tolerado abuso del poder, se ha producido un desequilibrio entre las rentas del trabajo y las del capital. Aquí, ni es sensato ni oportuno sacar a colación, que según la Dirección General Ecfin de la primavera del 2009, si en España, en el año 1980, a los costes salariales unitarios le atribuimos un valor de 100, en el 2008 bajaron al 81,9. Y entonces todavía no se habían dejado sentir los efectos de la crisis.

Como es dable observar, esta reducción de costes no podía considerarse suficiente. Había que apretar aún más la tuerca. Era la única manera de que el modelo siguiera funcionando. Y para ello, a la gente había que darle mucho football, mucha televisión basura y hacer uso de unos medios de comunicación en poder del Capital con el que mantener en la inopia, e incluso a la larga, modelar las mentes de los que creen que las están utilizando

Ha sido establecido y hemos asumido con unos balidos de rebaño, un modelo económico en el que para los que han elaborado un Padrenuestro y un “a Dios rogando y con el mazo dando”, la única verdad es la que se puede ejercer desde el Poder.

Siento vergüenza ajena cuando recuerdo que hace tiempo, en muchos lugares de España, los obreros se quitaban la gorra cuando pasaba el señorito; una manifestación servil determinada por una dependencia que a su vez originaba una casta dominante totalmente desprovista de capacidad empresarial; un linaje que para mantener sus privilegios y arrogancias a través de la inmiseración de los que consideraba sus jornaleros, transfirió aquellos bienes a los cuales no les supo dar uso, a lugares que supieran emplearlos. Esto es lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo. Algo que nos muestra la naturaleza de la que han surgido y se mantienen estos empresarios.



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