2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

El miedo

El miedoPostado por degregorio lun, febrero 01, 2016 18:02:54
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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (VI)

En cumplimentación del último de los objetivos que me propuse sacar a la palestra en el primer artículo de esta serie, paso a hacer un análisis de las situaciones que se han derivado de nuestra incorporación a la Unión Europea; así como de las medidas que a mi entender serían preciso implementar para que con la transformación de este falso modelo de economía de libre mercado, esta incorporación pudiera llegar a ser una unión verdadera.

Cuando en 1957 pretendieron unificar en una sola unidad lo que durante siglos en Europa había sido un conjunto de naciones enfrentadas entre sí, elaboraron una nebulosa en la que, si durante cierto tiempo se trató superar las disparidades que existían entre ellas, cuando se nos vendió que había que darle consistencia estableciendo una moneda única, en el celaje se nos ocultó que un medio de intercambio que nos vinculaba a todos en lo que hubiera de ser lo común no era la mejor forma de conformar una unidad en la que las diferencias estructurales no habían sido superadas. Si entendemos que una unidad debe ser lo que como conjunto se requiere para lograr un todo, es imposible mantener un acumulado en el que cada una de sus partes siga teniendo una identidad que en función de su naturaleza alimente las diferencias en las que se genera la confrontación. Y esto no lo estoy diciendo porque crea que en aras a un necesario entendimiento tengamos que renunciar a lo que hubieran de ser nuestras propias raíces. Lo digo porque más allá de esta defensa se encuentra la de los intereses individualizados que cada una de las partes implicadas invoca en este proceso.

No voy a sacar a colación en este artículo las innumerables circunstancias negativas que ha conllevado nuestra inserción en la UE. No voy a hacerlo porque sobre este tema se ha escrito hasta la saciedad. Puede que si hubiéramos sabido utilizar los fondos de cohesión que nos facilitaron para modernizar nuestra estructura productiva, con su prestación hubiéramos podido minimizar la brecha que está separándonos. Y digo “puede”, porque con independencia de la dolosa utilizaron que de aquellos fondos llevaron a cabo nuestros jerifaltes, ya se preocupó la UE. que los mismos no se emplearan en proyectos que pudieran competir con sus propias estructuras productivas.

Se han utilizado infinidad de argumentos tanto para que permanezcamos dentro de ella, como para que salgamos de la misma.

En el ámbito de los que consideran como más conveniente continuar en esta unión, algunos sesudos ecónomos han aducido que para llegar a unificar a Europa, es necesario consolidar una política fiscal común. Sin entender que esta política fiscal, en una Europa donde prima el lobby organizado para presionar sobre determinados intereses ha de crear mayores disfunciones que lo que con ella se hubiera pretendido superar. A mi entender es preciso ir mucho más allá. Es necesario equiparar la rentabilidad relativa en el proceso productivo que se genere entre los miembros que compongan este espacio común. Y esto es algo que sólo puede conseguirse cuando éstos se consideren partes integrantes de un Todo.

Alemania lo consiguió unificando lo que cultural y lingüísticamente había formado parte de su propia identidad. En una comunidad de vecinos esta unión identificativa no es ni siquiera una utopía. Aquí las banderitas y todos los que las tremolan viven y piensan a su sombra. Para lograr el proyecto que aquellos soñadores pretendieron en los años cincuenta es totalmente necesario alcanzar una unidad en la cual podamos encontrarnos y entendernos. Esa unidad tendrá que ser aquélla en la que estando todos, ni nos hayamos excluido, ni hayamos excluido a otros. Y esto es algo que la raza humana aún no ha sabido metabolizar.

En la esfera de los que estiman necesario salirse de ella se nos ha dicho que recuperado nuestra autonomía, a través de las devaluaciones volveríamos a ser más competitivos. Sin haber columbrado que en el perpetuo recorrido de este proceso (con independencia de la incidencia que en nuestra economía habría de tener nuestras dependencias energéticas) concurre un algo que a mi entender no ha sido suficientemente analizado.

Si observando lo que ha acaecido en esta yuxtapuesta que no real unión comparamos con un valor de 100 los precios entre los años 1999 y 2008; en Alemania se incrementaron en un 17,42%; en España llegaron al 34,28%; en Grecia, al 35,55% y en Irlanda al 35,72%, constataremos que estas diferencias porcentuales dentro de un mercado en el que ha estado imperando una moneda única ha representado que en los que menos inflación se ha producido, sus habitantes se han podido apoderar de una parte de los bienes reales que por el mismo porcentaje de estas diferencias han perdido los países más inflacionarios.

Es cierto que aunque saliéramos de la U.E. y volviéramos a adquirir nuestra autonomía en lo que se refiere a una política monetaria, para compensar las deficiencias de nuestra economía tendríamos que devaluar nuestra moneda. Lo cual conllevaría que tanto si permaneciéramos dentro de ella como si nos saliéramos, desde aquellos países que no lo hubieran hecho podrían llevar a cabo la misma apropiación que la que fue anteriormente mencionada. Sencillamente habríamos eliminados tanto nuestros déficits por Cuenta Corriente como incrementado la Cuenta de Capitales de nuestra Balanza de Pagos con el Exterior. Pero el resultado no sería tampoco demasiado halagüeño. Lo que pudiera representar la eliminación de dicho déficit no podría ocultar que una mayor entrada en nuestra Cuenta de Capitales se habría efectuado en función de una degradación relativa de unos medios de cambio que comparativamente tendría que ser compensada con un mayor aporte de bienes reales. Habría algo sin embargo que de producirse esta salida modificaría la situación. Y es que, de producirse, la mayor parte de lo que se hubiera producido de una forma marginal podría ser utilizado para establecer una estructura que a la larga fuera mucho más sólida, más funcional y por tanto más competitiva. Lo que al menos nos sería dable conseguir sería que con esta salida, con el aumento de las exportaciones se estaría reactivando nuestra economía.

A tenor de los condicionantes que tanto en uno como en el otro caso inciden en nuestro desarrollo, hemos de preguntarnos ¿deberíamos salir de una UE en la que, si nos atenemos a lo que ha sido comentado no podríamos resolver nuestros problemas, o si en la busca de superarlos tendríamos que decirle adiós; o mejor dicho, aufwiedersehen?

Abundando en lo que anteriormente se ha expresado sería preciso reestructurar tanto a nuestros empresarios como a nuestros gobernantes. Como queda demostrado cuando defienden con tanta desmesura el inmovilismo que asegura su mantenimiento. Como queda ampliamente demostrado cuando observamos que las obligaciones con las que nos han hipotecado las estamos pagando con bajadas de salarios, con subidas de impuestos y recortes a las clases más desfavorecidas; cuando de producirse una salida ésta la afrontaríamos a través del desarrollo de nuestra economía. Y esto es algo que ni la CEOE, ni el gobierno actual ni el venidero contemplan como hacedero y deseable. En este contexto, la modificaciones que necesitaremos llevar a cabo no sólo deberán estar dirigidas hacia lo material; sobre todo deberemos procurar que los que por su comportamiento antisocial se consideran superiores, los que rechazan que provienen de los antropoides, tengan en cuenta (como demuestran con su manera de pensar y de actuar) que la evolución no siempre es positiva. Que hay veces que en ésta, con modificaciones substanciales que degradan a ciertos especímenes, los rasgos más visibles, los que los sigue identificando como simios permanecen inalterados en la Naturaleza.

Hoy me he encontrado con un artículo publicado por Daniel Tanuro en Viento Sur que con el título “Frente a la dictadura de la UE: ¿habéis dicho… “revolución”, que con mucha más intensidad que la que yo he sabido imprimir en esta crónica refleja la situación en la que estos impresentables que dicen estar gobernándonos nos han embarcado. Comoquiera que de no ser censurado podréis analizarlo en toda su amplitud, para motivaros sólo voy a transcribir algunos de sus párrafos. Son los siguientes:

La arrogancia, la obstinación y la brutalidad de los responsables de la Unión Europea ponen de manifiesto que habrá que ir hacia la confrontación para desembarazarse de ellos y de su política.

Se negocian a espaldas de la ciudadanía tratados que otorgan a las multinacionales el derecho de pasar por encima de los parlamentos

Cuando se descubre el pastel y la movilización popular hace que un parlamento diga democráticamente que "no", salen en tromba los poderes políticos, mediáticos y económicos. Comienzan a hablar de "vergüenza", ponen el grito de "escándalo" por el cielo, culpabilizan, ridiculizan y amenazan y cuando los pueblos logran despachar un proyecto europeo por la puerta, los eurócratas se las ingenian para volverlo a introducir por la ventana.

Esto nos trae a la memoria el referéndum de 2005 cuando el 55 % del censo electoral francés rechazó el proyecto de Tratado Constitucional: se retiró el texto, pero su contenido se traspasó al Tratado de Lisboa. O el referéndum irlandés sobre el Tratado de Lisboa: el 53 % se opuso al mismo, tras lo cual la UE les otorgó algunas derogaciones para lograr que la población, bien condicionada por los media, revote mayoritariamente a favor del "si". Y, sobre todo, nos trae a la memoria la forma como la Unión Europea esquilmó al pueblo griego en beneficio de los bancos alemanes, franceses y belgas, y después se sirvió del cambio de posición de Tsipras para arrojar a la basura el "no" del 61 % al nuevo plan de austeridad europeo

En la UE todos los poderes emanan en última instancia del mundo empresarial

Para evitar que el escenario del "no valón" se repita en relación al TTIP, el ex comisario de comercio, Peter Mandelson, quiere que los tratados comerciales estén bajo la competencia exclusiva de la Unión: los Estados miembro no tendrían nada que decir. Esa era ya la posición de Jean-Claude Juncker (el besucón que por su comportamiento emula a Judas), al inicio de las negociaciones del CETA. Guy Verhofstadt sube la apuesta: quiere que esta regla se aplique de inmediato para sortear Valonia. Se diría que asistimos a una competición sobre quién tendrá la mayor desfachatez para pasarse por el arco del triunfo la expresión democrática de un parlamento electo, mostrando sin tapujos que la legalidad le importa un bledo.

En plena crisis greca, el presidente de la Comisión osó declarar "no hay recurso democrático contra los tratados europeos ratificados"… que ¡jamán fueron sometidos a refrendo popular! Ningún Estado miembro, ningún jefe de Estado protestó ante esta declaración. (es más, el gobierno español mostró una vergonzosa postura con Grecia). Traducida en lenguaje cotidiano viene a decir: "Se acabó la democracia. Uds., a quienes sus gobernantes les embarcaron en este barco, abandonen toda esperanza y remen, pobres idiotas."

Todo lo cual me reafirma en lo que aseveré en el último párrafo de este artículo. Aquello de que con nuestra indolencia estamos haciendo una realidad lo que como fantasía vimos en El Planeta de los Simios.




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El miedo

El miedoPostado por degregorio lun, febrero 01, 2016 17:54:42
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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (V)

Como me comprometí en el primer artículo de esta serie analizar los problemas que tenemos que enfrentarnos como consecuencia del paro, de las pensiones y la deuda que nos está ahogando, con respecto a esta última tengo que preguntaros ¿sois conscientes de lo que representa que la Deuda Pública Española que tendrán que pagar nuestros descendientes habrá de ser mucho mayor de ese 100% de nuestro PIB que hemos alcanzado debido a no ir más allá de lo que soportamos con nuestros balidos?

Sin que nos hayamos dado por enterados nos han endeudado a cada españolito en más de 21000 euros. Y lo han hecho a nuestro nombre unos impresentables que dicen estar representándonos. ¿Quién de vosotros cree que vamos a poder pagarla? ¿Vamos a permanecer sentados a la espera que estos miserables que están gobernándonos resuelvan los problemas que ellos mismos han creado? ¿Nos ponemos a analizar las tropelías que han hecho, o admitiendo el calificativo, por conocidas y por toleradas no es necesario relatarlas? ¿Hemos de consentir que en función de la progresión geométrica con la que desde que comenzó la crisis ésta se ha incrementado, en aras a mantener la estabilidad de un modelo económico puesto al servicio de los más poderosos, se haya proveído a la banca con miles de millones que han sido sustraídos de los sectores más desvalidos e indefensos de nuestra sociedad? ¿Hemos de hacerlo porque si no lo hiciéramos se desmoronarían las instituciones que hacen posible el desarrollo de nuestra economía? ¿Hemos con ello logrado estabilizarla? Y si a pesar de los abusos que se están cometiendo con los más débiles no lo han conseguido ¿no sería más correcto decir que lo único que se ha logrado ha sido prolongar sine die la agonía de un modelo económico y de unos supuestos gobernantes que han convertido a la sociedad en una antonimia de lo que con este término recoge el diccionario? Lo que está acaeciendo es un auténtico latrocinio. Una depredación que sólo le es dable soportarla a un pueblo memo. De seguir en el limbo, estos usuarios de las puertas giratorias, con las mentiras que tanto ellos como sus canes nos ilustran seguirán haciéndonos creer que tras el limbo se encuentra la gloria. Mientras tanto seguirán incrementándose las diferencias entre pobres y ricos. Mientras tanto seguiremos dormitando.

Si como axioma tenemos que asumir que la economía debe de estar al servicio de los ciudadanos hemos de buscar las formas con las que establecer qué medidas tenemos que tomar. Lo que no es dable hacer es permanecer adormecidos viendo cómo cientos de miles de establecimiento están echando el cierre, y cómo el declarado 26% de criaturas en edad de trabajar se tiene que poner en fila en las colas del paro o recurrir a la “movilidad exterior” que en colmo de la desfachatez nos ha anunciado como solución la ínclita Fátima Báñez. Mientras tanto, más de seis millones de ciudadanos tendrán que seguir soportando que lo que está ocurriendo es debido, según estos miserables, a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.

Cuando sin consulta previa nos metieron en una Europa en la que priman las nacionalidades, fueron tan insensatos que en su analfabetismo (o sería más justo decir, en su megalomanía), ignoraron que la estructura de nuestra industria no podía estar mediatizada por la existencia de un medio de cambio común que como patrón con el que valorar la producción de dichas nacionalidades estaría dando resultados diferentes. Sin unos medios que compensen las diferencias en productividad que existen entre ellas, usando un símil que espero sea suficientemente descriptivo ¿cómo podemos esperar que la distancia que es preciso recorrer para alcanzar un objetivo que ha de ser común se haga equipando las facultades de un atleta con la de uno que por una u otra causa nunca haya ido a un gimnasio? ¿No ocurriría, como en realidad ha acaecido, que esa falta de músculo entre las diversas nacionalidades iba a provocar un déficit en las cuentas corrientes de la diferenciadas balanzas de pago, que o bien se compensaba con un aumento de la productividad (imposible de alcanzar por falta de músculo), o bien tenía que ser llevado a cabo a través de reducciones salariales, privatizaciones de las empresas públicas o endeudamientos con el Exterior? Como consecuencia tanto de una estructura industrial infinitamente superior a la nuestra, como de ese “volksgeist” con el que el pueblo alemán se identifica con lo que ha denominado como su “vaterland”, la realidad nos ha mostrado que su país es mucho más competitivo que el nuestro; y que por tanto el euro nos iba a patentizar estas diferencias. Mientras que la masa alemana, por enésima vez se prestó a sacrificarse soportando la congelación de unos salarios en aras a reconquistar la exclusiva grandeza de su unidad nacional, los más mediterráneos seguimos sin identificarnos con un “vaterland” que ha sido el “vater” y el “land” de todas nuestras desgracias como seres humanos; un modelo que al estar determinado por lo que acaeciera en aquél en el cual lo hubieran insertado, al no tenerse en cuenta que la oferta tiene que ser equiparable a la demanda se trató de solventar haciendo uso a través de acreditaciones del ahorro que como resultado de la contracción del consumo interior se estaba practicando en países norteños; con lo cual, en función de las diferencias que separan a nuestros modelos productivos, con la institución de una moneda única, lo que no podamos alcanzar a través de la productividad tenemos que enjugarlo con un continuo incremento de la deuda que se haya de reflejar en nuestra Balanza de Capitales.

Con la caída del régimen soviético, en Alemania se produjo algo parecido a lo que acaeció en la antigua URRS. Se encontraron con un bocado que si el Estado socialmente no podía digerir de una sentada, el Capital sí estaba preparado para deglutirlo. No podemos olvidar que una parte substancial de su competitividad se debe a una cuasi completa contracción salarial que como consecuencia de su menor y relativa industrialización aún rige en la antigua DDR? ¿O es que no conocemos de la existencia de los “minijobs”, ni el enriquecimiento y la pobreza que nos muestra su índice Gini? Lo que ocurrió fue que en este país (a diferencia de lo que acostumbra ocurrir en los más mediterráneos), este esfuerzo fue utilizado por sus empresarios en forjar una estructura de la nada. Hay que reconocer que sus empresarios nada tienen que ver con los nuestros; pero cuando asumiendo esta desventaja tenemos asimismo que soportar que nuestros políticos sean unos monigotes que en función de su megalomanía nos hayan convertido en un país en el que prioritariamente predominen los servicios, lo que no es dable soportar es que seamos infiltrados con las mentiras con las que nos adormecen unos medios que, como otra manifestación de lo que asimismo son servicios se encuentran al servicio de los mencionados monigotes.

Cómo es posible que a pesar de las diferencias que estructuralmente están separándonos estos hiperbólicos estafadores encaramados en el podio (y con ellos, aquéllos que institucionalmente comparten posadero) ni llegaron ni llegan a entender que con una moneda que no puede ser devaluada (a pesar de que interiormente, en cada lugar tenga un valor adquisitivo distinto) es imposible compensar las disparidades que concurren entre nuestras estructuras productivas? Es más ¿cómo fueron tan lerdos (aunque asevero que subjetivamente no lo fueron), que por un plato de lentejas como son unos Fondos de Cohesión que han sido corruptamente utilizados, permitieran una desindustrialización y una brutal destrucción del sector lácteo en lugar de hacer que esta estructura industrial y comercial fuera más competitiva? ¿No advirtieron que con esta moneda los países más industrializados iban a aprovecharse de las valoraciones que adquirieran los bienes en aquellos que se hubieran convertido en proveedores del sector primario y de servicios?

Si nos remontamos a su cierre en 2012, la deuda pública española alcanzó la suma de 882.339 millones de euros. 145.871 millones más en tan solo un año. Es decir, unos 400 millones cada día. Lo cual nos ha llevado a que a pesar de haberse subido los impuestos y establecido unos recortes que han hundido el consumo, no se ha podido evitar que ésta siga incrementándose.

Esto, en lo que se refiere a 2012; pero es que en lo últimos cinco años, la Deuda se ha incrementado en más de 500.000 millones. En el primer trimestre de este año se ha acrecentado en 39.438 millones, alcanzando una cuantía de 923.311 millones, lo cual equivale al 87,8 % de nuestro PIB. Y según datos fehacientes, a finales de años habremos superado el 100% de dicho PIB. Algo que en función de las causas que lo están generando tenemos inmediatamente que solucionar. Sobre todo si tenemos en cuenta que al cierre del 2007 nuestro endeudamiento era el 36,3 % del PIB.

Mientras que la economía creció a un ritmo del 4% y los fondos estructurales y de cohesión procedentes de Europa contribuyeron a este crecimiento, presumimos del milagro español; pero en el momento en el que a la vaca no se le pudo sacar más leche, a los que participaron en el diseño de su nuevo establo sólo se les ocurrió el recurso de ponerla a dieta. Entretanto ese famoso toro con el que el capitalismo español llego a simbolizar nuestro país sufrió una operación quirúrgica. Prescindido de sus atributos, ese símbolo que el capitalismo elaboró y sobre el que se edificó tanta mentira, lo único que estos burocratizados y asimismo reconvertidos cirujanos consiguieron fue transformarlo en un emblema que resiste los embates del viento en nuestros campos. A esta España nuestra la han llevado a un estatismo que además de enfrentarse pasivamente a los vendavales, curiosamente está plagada de parásitos. En lugar de haber utilizado unos fondos estructurales y de cohesión que hubieran modernizado nuestra industria (y en esto Europa se preocupó de que no fueran empleados a tal fin), los aprovechamos paran crear una vasta red de aeropuertos que aunque no llegaron nunca a ser operativos proporcionaron a sus promotores sustanciosos dividendos; se conformó una red de alta velocidad que a mayor velocidad se tuvo que contemplar como inoperante; y sobre todo se incrementó de tal forma el número de los agarrados a la teta de lo que habían convertido en una vaca a dieta, que no es de extrañar que este ser que por su naturaleza es tan solo un rumiante tienda a salir del establo y emigrar a otros lugares.

Como dicen que los males, cuando llegan nunca vienen solos (aunque en este caso el que los acompaña no es más que una secuela), el incremento de la Deuda y la progresión que está experimentando conlleva una carga de intereses que constituye el gasto más improductivo de todos los que se llevan a cabo en esta antaño piel de toro. Su pago representa una parte tremendamente significativa de los Presupuestos Generales del Estado. Tan solo en este año se prevé gastar 38.660 millones de euros (859 euros por persona). Algo que si no despertamos es porque a nosotros también nos han sometido a una operación quirúrgica.

En lo que se refiere a estos intereses saco a colación el siguiente apartado de la segunda parte de la obra “¿Es posible otra economía de mercado?”

7.16.5.8.3. Otra de las coyunturas que hay que tener en cuenta en lo que se refiere a la masa dineraria es la que se genera como consecuencia de la participación del interés en el contenido de las operaciones llevadas a cabo a través de las acreditaciones.

Es por todos conocido que el rendimiento que es preciso pagar por la utilización del crédito constituye una entidad que se encuentra más allá de lo que como disponible existe en el mercado. Ésta es una situación que acostumbra resolverse generando más bienes y servicios (obligando con ello a tener que a poner en circulación un mayor número de medios de cambio. Lo cual representa que al haber retribuido al Capital los requerimientos que son preciso soportar para el desarrollo de la economía, con el incremento de las riquezas (que es lo que intrínsicamente ha generado la necesidad de tener que pagar un interés), el Capital se ha apoderado a través de su utilización de una parte substancial de las que se ha producido en cualquier economía.”

Fin de la cita

Más allá de lo que ha sido comentado en esta cita, tenemos además que enfrentarnos con el hecho de que en una situación en la que nuestra economía es incapaz de superar su necesidad de endeudamiento, sólo para pagar la Deuda hemos de contraer aún más Deuda. Con lo cual, el sistema financiero (y con él el modelo económico que nos caracteriza), más tarde, o mejor aún, más pronto tendrá que estallar. Repitiéndolo hasta la saciedad, el incremento desorbitado de la Deuda durante estos últimos años está fundamentado, por una parte, en los intereses que tenemos que abonar por algo que ha beneficiado a otros; en la necesidad de compensar los déficits de nuestra Balanza de Pagos en función de los que se producen en nuestras Cuentas Corrientes; en el rescate de una banca corrupta; en la utilización de una parte substancial de este endeudamiento en estructuras y proyectos totalmente carentes de rentabilidad, y por último (aunque con ello no se ha cerrado el grifo), en el mantenimiento de una Administración y unas Autonomías que se han convertido, la primera en una agencia de colocación y las segundas en una hidra con diecisiete cabezas; diecisiete testas que a través de la defensa subjetivas de sus identidades se han convertido en algo que excede a lo que hemos venido contemplando como mitológico. A mi entender, si lo que está ocurriendo tendría que ser catalogado como algo quimérico, el despertar va a ser de fábula. En un siglo en el que supuestamente hemos desarrollado un cierto nivel cultural, Minerva se ha convertido en una alegoría que está siendo utilizada para compatibilizar el enriquecimiento con el aumento de las injusticias.

Las últimas noticias son que simultaneando la universalización de una charada como la de “un pago diferido en forma de...” se ha tratado asimismo universalizar como algo consumible que aceptemos que el pago que tendremos que abonar por los medicamentos no constituye un repago, sino tan solo una aportación con la que subvenir el alto costo de nuestra Sanidad. Yo entiendo que no es tolerable que desde el Poder se nos diga cuan sabio es el pueblo y que al mismo tiempo se nos siga tratando como imbéciles. Aquí ni dimite nadie, ni existe un poder que los obligue a dimitir. Porque todo es verdad. Salvo alguna cosa. Y estamos en la Champions League. Y vamos a volver a asombrar al mundo. Y los temores sobre los efectos radiactivos en Fukushima son infundados. A mi entender, Gepeto, el carpintero que dio forma a Pinocho debería de haber sido español. De otra manera no se entiende como pueden existir en este país tantos especímenes de su obra.



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El miedo

El miedoPostado por degregorio mar, enero 26, 2016 18:45:32
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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (IV)

Como me comprometí al iniciar esta serie de artículos, en éste toca desarrollar el relativo al futuro de nuestras pensiones. Un tema que se nos ha pretendido vender como un problema irreductible y que a mi entender nos es más que otra de las incoherencias que se derivan de un modelo económico en el que la distribución de lo que se ha producido es acaparada por un sector minoritario de la población.

Sobre esta cuestión se han vertido ríos de tinta. Se nos ha señalado que como consecuencia de un descenso de la natalidad que conlleva que la relación entre una población activa y otra que ya no es activa está decreciendo, las cotizaciones realizadas por los que se encuentran en una edad de trabajar no serán suficientes para cubrir los egresos implicados en la cobertura de las necesidades de nuestros mayores. Algo que en lo que se refiere a esta situación de desequilibrio (y sólo en una situación de desequilibrio inducido), a mi entender es cumplidamente cierto. Por la evidencia conocemos que nuestro índice de natalidad está bajando y que en función de los avances de la medicina, la esperanza de vida sigue prolongándose. En este contexto, el coeficiente intergeneracional que los gobiernos de todos los colores pretenden validar para establecer lo que en el futuro hayan de ser las pensiones es totalmente coherente con lo que éstos juzgan “su” realidad. Y para certificarla “consideran” que es necesario dilatar el ciclo laboral. Lo que ocurre es que en aquel “su” y en esta “consideración” no tienen en cuenta que la coherencia de estos alegatos están fundamentados en la existencia de un modelo económico en el que no habiéndose distribuido las riquezas durante el tiempo en el que el trabajador fue considerado un factor productivo, cuando éste ha dejado de serlo resulta una carga para la economía. Ocurre que lo que se ha creado tiene dueño; que para que ésta provea de bienes con los que subvenir las necesidades de los que sólo dispongan de su fuerza de trabajo se precisa crear lo que haya de cubrirlas. Lo cual nos lleva a preguntarnos ¿si existe un desfase intergeneracional que está dificultando el pago de las pensiones (con lo cual se está demandando que es necesaria la colaboración de más cotizantes no sólo en el sector activo, sino también en el pasivo), por qué, incluso aquéllos que se encuentran en edad de trabajar sufren una tasa de paro superior al 20%? ¿No será porque con esta ampliación del ciclo laboral lo que verdaderamente se pretende es reducir el periodo de jubilación? Es cierto que como consecuencia de nuestro ciclo vivencial podríamos dedicar más tiempo al trabajo, pero no es menos cierto que como consecuencia de que es este modelo el que nos impide materializarlo, el proponerlo no es más que una hipocresía con la que se pretende ocultar las contradicciones que concurren en el mismo. ¿No será mucho más cierto que debido al incremento de la productividad y las innovaciones tecnológicas sería preciso reducir la jornada laboral para pagando los mismos salarios, en función de ese incremento obtener los mismos beneficios? ¿Y si no se reduce, no será porque con independencia de ese real aumento de la productividad, sin reducir la plantilla de trabajadores, con el mismo salario ha de ser superior tanto la cuantía de lo producido como de los beneficios? Esta es la realidad que han asumido nuestros empresarios. Una realidad que es el producto de una racionalidad subjetivada; es decir, puesta a su servicio. Porque se podrá alegar que reduciendo las plantillas perdemos competitividad ¿pero no hemos de colegir que como consecuencia de una mayor productividad y una igualdad en los beneficios el valor de cambio, es decir, el precio de lo que se hubiera producido tendría que ser también el mismo?

Esto es algo que conoce una supuesta ministra de empleo que en sus funciones de instruir al personal tiene que seguir las directrices que personalmente le han impartido los que provienen de un Arriba que pretendió hacernos grandes y libres. Es una labor ingrata, pero que la compensa tanto a ella como los que dicen gobernarnos. Los que en el Parlamento se están asegurando su futuro. Los que no necesitarán prolongar su jornada laboral cuando les llegue la hora de su jubilación. Y es que como nos dijo Albert Einstein, “no se puede resolver (yo diría decentemente) un problema haciendo uso de la mentalidad de aquéllos que lo generaron.” O al menos los que siguen sus pautas.

En una tierra en la que los recursos son finitos, los países ubicado en el Primer Mundo no pueden seguir creciendo indefinidamente porque la extracción, comercialización y utilización de materias primas (así como la deposición de los residuos) nos llevarían a una situación de enfrentamiento con el resto de los países menos desarrollados; una situación que si durante un cierto tiempo se ha mantenido en función de haber comprado voluntades corruptas no podrá ser soportada indefinidamente. Al parecer nos encontramos enfrentados a un problema de muy difícil solución. Será preciso compatibilizar una rentabilidad que hiciera posible una reducción de la jornada laboral con un descenso de la población. La solución con la que se trata de justificar que l tierra puede alimentar 12.000 M. de habitantes es una solución que el tiempo se habría de encargar de mostrarnos como insostenible.

El problema no está en que no haya recursos con los que subvenir las necesidades de nuestros pensionistas. Está en que los recursos que se están obteniendo (entre otros factores debido a un incremento programado del paro) no son utilizados para cubrir las necesidades presente y futuras de nuestra población. El problema es estructural. Cuando las imposiciones al mundo empresarial por unas aportaciones al PIB de un 53% no superan por término medio el 19% ¿cómo es posible que las imposiciones que entre impuestos directos e indirectos se hayan de aportar por el 47% restante de dicho PIB lo tengan que sufragar los trabajadores? Asumiendo un modelo económico con el que estoy en total oposición, entre los problemas que aquejan a esta economía, los relativos al sistema público de pensiones dimanan de una estructura productiva en la que el trabajador es tan solo una cosa; un elemento del que se puede prescindir sin que se alteren las funciones que ha de desarrollar la economía en toda sociedad; una cuasi entidad que con independencia de haber sido utilizada durante el tiempo que se le embridó a un trabajo, una vez que ha perdido toda utilidad sólo le queda lo que estudiadamente no puedan negarle. Estos problemas trascienden a un incremento de la natalidad y a una prolongación del ciclo vital. Se originan en unas estructuras productivas y distributivas en las que la mayor parte de la población ve cómo su futuro se encuentra hipotecado por las exigencias que en cada momento demanda la bestia. No importa que se produzca un incremento de la producción. A fuer de insaciable, de no existir un contrapoder que contenga sus saqueos, el objetivo de los capitalistas es seguir medrando con respecto a otros. En el pasado, a través de ese contrapoder se consiguió que dejaran de hacerlo sobre los esclavos; en cierta forma llegó a eliminarse la relación con la que el que ostentó el poder forjó los términos nobleza y populacho; pero esa bestia es insaciable y cuando en nuestros días ha desaparecido ese contrapoder que la tuvo embridada durante varias décadas, está volviendo a reclamar lo que de siempre ha considerado como suyo. Al rumiar como obsoleto un incremento de nuestras pensiones vinculado al IPC, estas mentes preclaras que dicen están gobernándonos, no consideran suficiente que el obrero sólo perciba una fracción del valor de lo que con su trabajo ha estado produciendo; es necesario que lo que en el futuro haya de percibir como salario (en función de esa mano repleta de alfileres que fue la alegoría con la que se le dio sentido y letra al laissez faire), deje de estar relacionado con aquello que estuvo percibiendo en el pasado y se adapte a lo que el monstruo considere que es el mundo real; es decir, su propio mundo.

Se nos ha dicho que para que en esta economía se generen recursos con los que posibilitar el mantenimiento de las coberturas sociales, es necesario producir más y mejor.

Con este “más” entiendo que lo que entienden los que están defendiendo este argumento se nos trata de vender entre otras cosas que los recursos que existen en la Tierra son inagotables. Con el “mejor”, es difícil de entenderlo. ¿Tenemos que entender como mejor, producir de una forma más competitiva? Y si esto es lo que se nos recomienda ¿mejor para quién? Porque en los últimos doce años, en las economías más desarrolladas, la productividad ha sido más de dos veces superior al de los salarios. Y si son los salarios lo que soportan la mayor parte de las imposiciones ¿no resulta indecente que se nos esté alegando que el mantenimiento de las coberturas sociales depende de que produzcamos más y mejor? Si este incremento de la productividad se ha producido (e incluso se ha intensificado a lo largo de todo este período recesivo), ¿cómo tienen la desvergüenza los que sólo deberían hacer constar en sus currículums el tener que avergonzarse de sus actos, tratar de imponernos un 10% de recorte en los salarios? ¿En aras a una competitividad que en lo que se refiere a este 10% se vería reducida a tan solo un 4% en función de la participación de los salarios en el costo final de los productos y servicios? ¿Son estúpidos? ¿No sería más ajustado decir, recordando aquella frase de Sánchez Gordillo, que “los que están gobernándonos obedecen como putos mamporreros?

Se nos ha dicho, sin decirnos como se justifica, que como consecuencia de lo que tenemos que considerar como real, deberíamos suscribir unos Fondos de Pensiones con los que superar unas carencias de seguridad que estamos obligados a evitar. Lo que se nos ha tratado de ocultar es que en esta economía de mis pesares, las pensiones públicas superan los 117.000 millones de euros anuales; y que por tanto se considera necesario gestionar el producto con el que se ha de elaborar este pastel. El que las prestaciones por jubilación que se hayan de abonar sean puestas en tela de juicio es tan solo un alegato. Lo cardinal es que lo privado participe en el banquete. Una vez que lo particular se encuentre sentado a la mesa (lo mismo que está ocurriendo con la Educación y con la Sanidad), con el cuchillo y con el tenedor se podrá defender lo que tenga que llevar a cabo la cuchara.

Pero es que además, los dividendos que se habrían de producir como consecuencia de esta suscripción de un fondo de pensiones no estarían circunscritos a la participación de ese banquete. Como todos sabemos (y a los que no lo hayan observado tendremos que hacérselo saber), debido a la naturaleza de una economía que a tenor de las dificultades que encuentra en el modelo productivo y el rendimiento que descubre en una estructura financiera, la gestión de estos Fondos las habríamos dejado en manos de una cuadrilla de facinerosos. Y el que no crea lo que estoy diciendo sólo tiene que indagar en lo que les ha ocurrido en Chile a los que estafaron con los Fondos de Pensiones. Por otra parte hemos de tener en cuenta que en una economía en la que tanto los beneficios como los salarios y otras retribuciones han conseguido que en nuestra sociedad existan ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, lo que unos y otros pudieran consignar en un fondo de pensiones sería tan dispar, que en el mejor de los casos generaría en el futuro unas diferencias tan profundas como las que se están sufriendo en el presente. Y esto es algo que aun admitiendo que lo que uno haya destinado a cubrir un fin determinado es algo que ha de estar intrínsicamente vinculado con el que lo materializó, antes de sancionar como correspondiente el disfrute de esta consignación es preciso ponderar si como consecuencia de las irregularidades que tienen lugar en nuestra economía es procedente transferir al futuro lo que se haya hecho mal en el presente. Es decir las razones por las que unos pudieron consignar ciertas cuantías a sus fondos de pensiones y otros no pudieron traspasar un nivel de subsistencia.

Al iniciar este artículo dije que sobre el tema de las pensiones se han vertido ríos de tinta. Lo que a mi entender ocurre es que siendo muy copiosa la tinta derramada, lo que se ha escrito no refleja el caudal que en estos ríos discurre. Ocurre que lo que la Ministra del Embeleco presento el pasado lunes 2 de Septiembre a los interlocutores sociales como su propuesta para una nueva reforma del sistema público de pensiones tiene que ser considerado como una nueva fórmula ideada por la Administración para apropiarse -emulando al Capital-, de otra fracción del poder adquisitivo que en su versión pasiva le quedaba al sector laboral. Una fórmula que se ha tratado de justificar en función de lo que últimamente ha sido beatíficamente bautizado con el pomposo título de Factor de Sostenibilidad.

Es cierto que si asumimos las disfunciones que concurren en este modelo tenemos que aceptar esta reforma del sistema público de pensiones. Lo que ocurre es que aun teniendo que asumirlas en función de que sólo las puedo denunciar, las censuro con todas mis fuerzas.

Entre las fórmulas más conocidas con las que el Capital se ha estado apoderando de parte de las rentas del trabajo podemos citar la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa. Entre aquéllas que por su aparente levedad les hemos prestado menor atención se encuentra en primer lugar la inflación generada por esas concesiones de crédito en las que se ha incurrido para incrementar la demanda; una apreciación de los productos y servicios que se origina en el proceso productivo en función de que el incremento de los medios de cambio tiende a ser siempre mayor que el de los productos y servicios que se ponen a la venta en los mercados; en segundo lugar, la que en función de lo que se conoce como Ley de Okun, laxa, pero no menos firmemente nos señala como tasa natural de paro; es decir, la existencia de un ejército de desocupados que por su representatividad determina los derechos de aquéllos que estuvieran trabajando. Y en tercer lugar, esa fórmula esperpéntica con la que se nos trata de disciplinar amenazándonos de que una subida salarial tiene que estar directamente relacionada con un incremento de la productividad. Lo que ocurre es que con independencia de que con estas fórmulas se transfieren rentas desde el sector laboral al Capital, para mantener estas transferencias es necesario involucrar a la Administración en el banquete. Porque esto es lo que ocurre tanto con esta reforma del sistema público de pensiones, como con los recortes que se están prodigando en Educación y Sanidad. Esta es la razón por la que nuestro desgobierno se ha visto constreñido a supuestamente validar que la degradación de las prestaciones de la Administración se debe a esa disminución de la natalidad y a considerar como completamente necesario ese aumento del ciclo vital a los que nos referimos con anterioridad. Nos ha tenido que catequizar no sólo sobre lo inevitable de tener que elaborar las variables con las que tengan que ser establecidas las pensiones y la procedencia de prolongar el ciclo laboral; en el fango en el que este desgobierno se halla inmerso nos dice que como las cotizaciones relacionadas con el trabajo efectuado no son suficientes (sin decir que no lo son debido a la existencia del ejército al que nos referimos con anterioridad), lo que se haya de facilitar está condicionado por las posibilidades que para proveerlo disponga el Estado. Con lo cual, las prestaciones que entre otras se hayan de impartir a los trabajadores por jubilación, educación y sanidad estarán determinadas por la naturaleza y por las formas con las que los Gobiernos desarrollen sus actividades administrativas y gubernamentales. Unas actividades en las que los que hayamos de sufrir las consecuencias, al ser considerados los tontos del pueblo, estamos identificándonos con la democracia que nos merecemos. Unos necios a los que como consecuencia del adjetivo con el que nosotros mismos tenemos que identificamos, no sólo se nos ha ocultado que si esta situación se ha producido ha sido debido a que estos gravámenes han sido discrecionalmente utilizados por la Administración en subvenir gastos no relacionados con las prestaciones que se hubieran de proporcionar,

En la asunción de que los Gobiernos tienen que establecer una legislación con la que controlar los derechos y la seguridad futura del pueblo, no entiendo cómo los que nos otean desde sus posaderos (en su depredadora manera de darnos consejos), nos recomiendan poner en manos de lo privado lo que por constituir una competencia de lo común debe de ser protegido por lo Público. Aunque ahora que lo pienso (aunque en realidad lo he venido pensando desde siempre), sus razones son palmarias. Tan evidentes como esclarecedoras. Es por ello por lo que entiendo (y esta vez utilizo este verbo en su más estricta acepción), cómo alguien tan profundo y tan formado como Hegel llegó a decir que “el pueblo es la parte del Estado que no sabe lo que quiere”; cuyo “movimiento y acción serían elementales, carentes de razón, violentos y terribles” Conscientemente hemos llegado a convivir con la evidencia de esta aseveración. ¿Os suena lo que se llevó a cabo en Grecia; lo que están tratando de sancionar para resolver el latrocinio de las Participaciones Preferentes? ¿Os suena que han sido los Estados los que con sus connivencias han participado en que estas situaciones se hayan producido? Pues si os suena, ya sabéis lo que les espera a aquéllos que por su candidez aguardan a que sus derechos sean respetados por aquéllos que nos utilizan. Como representantes han elaborado una legislación con la que nos sojuzgan. Sin embargo, lo que no les ha sido dable subyugar (en función de la naturaleza del modelo productivo) ha sido el enorme poder que tenemos como consumidores. Si aprendemos a usarlo, ni el Capital ni los Estados pueden esclavizarnos. Pero es que aún hay más. Lo que haya de ser ha de ser hecho. Y este hacer es patrimonio exclusivo del trabajo. Parafraseando a Christian Felber (a pesar de que no comulgo con su manera de enfocar el problema) “mientras la gente no tome la responsabilidad completa de sus propias vidas, mientras no reclamen sus derechos, los demás harán con nosotros lo que les dé la gana, que es lo que precisamente está ocurriendo.”

Imaginemos una economía en la que el trabajador no fuera un factor de producción, sino una parte alícuota de lo que fuera la empresa en la que desarrollara sus actividades. Imaginemos que las cotizaciones que ese copropietario hubiera de aportar a la Seguridad Social para su jubilación, en lugar de ser utilizadas por el Estado para unas coberturas ajenas a la finalidad para las que fueron abonadas (y que por tanto serían extrañas a la sostenibilidad que el cotizante trató de asegurar), permanecieran en la empresa como una inversión adicional sometida a una caución con la que se asegurara la representatividad de su vigencia. ¿No se estaría contribuyendo con ellas al desarrollo de las mismas?

En el supuesto de que esto pudiera ser llevado a cabo, lo que hubiera de percibir el jubilado al concluir su etapa laboral (con independencia de lo que en el peor de los casos pudiera ocurrirle a su empresa), estaría garantizado en función de configurar una caución. Seguiría constituyendo un fondo que podría reasegurarse consignándolo (conjuntamente con los rendimientos económicos que hubiera que adscribirle al capital caucionado) en el activo de otras empresas. Los beneficios (y en su caso, las pérdidas) habrían adquirido sentido. Se habrían incorporado al mundo del trabajo. Y el trabajador no dependería más que de aquello que a través de su esfuerzo se hubiera procurado. Su bienestar futuro estaría vinculado a lo privado; pero esta privatización estaría directamente relacionada con una peculiaridad de lo común que es la que nos permite conciliar lo subjetivo con la pluralidad que individualizadamente caracteriza a la Generalidad. En una simbiosis en la que su futuro no tendría que ser protegido por lo Público, lo privado y lo común se habrían amalgamado.

Sé que si me aventuro a sugerir que compartamos lo que a continuación voy a exponer, en vez de compartir me estaré introduciendo en un avispero. Que si en el derroche de imaginación que me he atrevido a utilizar, proclamara que el Estado es un pésimo gestor de las riquezas presentes y futuras, estaré generando una confrontación que obligatoriamente habrá de generar unas desagradables disonancias; que si en sintonía con lo que se explicita en “La Riqueza de las Naciones”, me inclino a creer que, “con la defensa del interés de lo individual se está defendiendo el de la pluralidad” soy uno más de los insignes defensores de la Escuela Austriaca. Y sin embargo, de la misma manera que sostengo lo dicho, tengo que discrepar con las inferencias con las que Adam Smith fundamentó la formulación de dicho aserto. A mi entender lo común debe de ser una proyección de lo individual. Lo que ocurre es que si en lo individual se producen disfunciones, lo común se convierte en una prolongación de los desencuentros. Y en el siglo XVIII era imposible concebir un modelo que no fuera el que a él le tocó vivir.

El Estado fue y es el dueño del caballo. Pero lo más que se puede esperar de esta posesión es que el primero alcance con sus ojos contemplarlo como un animal al que puede uncir al carro; y en el peor de los casos, un espécimen irracional que puede cocearle. El Estado es en realidad un simple empleado que al haber sido contratado a través de las argucias de los más poderosos, no podemos exigirle, por poner un ejemplo, que lo que se haya recaudado, en lugar de emplearse en salvar a los bancos sea utilizado para cubrir las necesidades de la sociedad. Y no podemos exigírselo porque en nombre de la fiebre que habría de ocasionarle a su patrón la extirpación de un tumor maligno, mientras siga la fiesta y el cuerpo lo resista, lo más importante no es que este absceso siga reproduciéndose. En este contexto y aun siendo consciente que la propiedad privada; tal como la sufrimos en esta economía de mercado, es más eficiente que la pública, los resultados que se generan en su forma de materializar la producción y la distribución conllevan una serie de secuelas que necesitan ser reparadas con la participación del Estado. De ahí que las estructuras del Estado tengan que ser reformadas. Existen productos, y sobre todo, servicios, que por no ser económicamente rentables, tienen que ser facilitados por lo Público y en consecuencia estar subvencionados. Es en este contexto por lo que no podemos prescindir de una recaudación impositiva que haga posible la materialización de unas demandas que al no ser económicamente viables tienen que ser facilitadas por las empresas públicas. Lo que no sólo hemos de imaginar sino además procurar que se cumpla es que la existencia de estas empresas de lo Público, en cierta forma debería estar determinada por la anuencia con la que la ciudadanía contemplara su mantenimiento; un asenso que habrá de conseguirse como una resulta de su rentabilidad social. Por otra parte y en este contexto, no podemos olvidar que si las subvencionáramos sin ninguna cortapisa, su rentabilidad jamás podría llegar a conseguirse. Sus miembros se acostumbrarían a aceptar unos rendimientos, que aunque fueran un tanto menores que los obtenidos en la empresa privada, les eximirían de tener que aplicar a sus actividades un mayor grado de eficiencia y sacrificio. Las empresas públicas se convertirían en unos centros de ineficacia y de apatía. Es cierto que para llevar a cabo la transformación de este modelo se necesita una estructura extremadamente compleja, Lo que ocurre es que si con la imaginación es dable concebir un mundo mejor, plasmarlo no es dable conseguirlo haciendo nada. A veces lo más lógico es no anatemizar a la locura.



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El miedo

El miedoPostado por degregorio mar, enero 26, 2016 18:41:17
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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (III)

En cumplimentación de lo que dejé apartado en mis dos anteriores artículos, en primer lugar retomo el relativo al problema del paro; un paro que como consecuencia de lo complejo de las situaciones en las que se origina, aunque no se utilicen tecnicismos, precisa ser afrontado haciendo uso de una descriptiva que no es todo lo amena que yo desearía lo fuera. A este respecto y atendiendo a la importancia que tiene en nuestra sociedad, voy a reproducir aquí parte de un artículo que publiqué en esta bitácora hace más de un año; y que en función de la abulia con la que esperamos que nuestros problemas se resuelvan solos, no obtuvo ni siquiera un comentario. Decía lo siguiente:

“El factor fundamental que distorsiona nuestra convivencia se encuentra principalmente en las diferencias económicas en las que tenemos que desenvolvernos. Diferencias que se ven incrementadas, si con independencia de éstas, en nuestras relaciones concurren esas disparidades culturales que se generan en función de las religiones y las lenguas.”

Centrándonos en las primeras (por no ser las segundas el objetivo perseguido en este artículo), lo primero que a mi entender hemos de hacer, es analizar las causas por las cuales las mismas se producen. Y para ello, y a pesar del empacho que en algunos se habrá de producir, lo más indicado es volver a examinar lo que Marx describió en sus distintas formas como plusvalía.

Si asumimos como cierta la existencia de una valoración que como la de “valor de cambio” Marx identificó con aquello que había que pagar para adquirir en el mercado lo que se hubiera producido y admitimos aquel “valor de uso” que contempló como la valoración no mensurable a efectos estadísticos que le damos a un bien; es decir, más allá del precio que como valor de cambio éste pudiera o no pudiera tener en el mercado en el supuesto de habernos apropiado de un elemento de la Naturaleza, nos encontramos ante una realidad que con independencia de la que se describe con la plusvalía no nos llega a mostrar la representatividad que en todo lo que existe ha tenido el trabajo. Para ello, a mi entender es necesario hacer uso de otra valoración que como “valor intrínseco” nos demuestra que siendo el trabajo el único que verdaderamente está personificando todo lo que como producto y existencia tangible elaborada (o simplemente virtual) nos rodea, éste es totalmente extraño a la representatividad que éste debería de tener con respecto a lo que como hacedor hubiera creado. La plusvalía (sean éstas absoluta o relativa), se refiere a aquella parte de lo producido por el que con respecto a su valor de cambio el obrero no ha sido pagado. El valor intrínseco, el relativo a un valor de uso al que se le ha incorporado una labor que lo ha convertido en valor de cambio final o transitorio. Y este aditamento es a mi entender consubstancial, porque al incorporar en su evaluación un valor continuamente añadido como el trabajo, la situación en la que el trabajador se encuentra (con independencia de que éste no haya sido pagado en su totalidad por su labor), nos viene a mostrar que con respecto a las riquezas existente este impago ha sido absoluto. Se le ha pagado para que siga produciendo. Si con la plusvalía tenemos constancia que no ha sido pagada por la totalidad de lo que hemos producido, con el valor intrínseco nos es dable conocer que con este impago se va generando una situación en la que los que se han apoderado de esta detracción detentan un creación que en realidad nos pertenece.

Cuando nos referimos a la plusvalía estamos dando por sentado la existencia de un déficit de consumo que al no poder ser absorbido obliga al empresario a reducir la producción. Y este desenlace es totalmente comprensible al constatar que los que perciben como renta unos salarios que constituyen tan solo una parte de los valores intrínsecos que se han utilizado en la producción tienen que desembolsar por lo que han producido, valores de cambio. De lo cual hemos de constatar que si las contradicciones que se derivan de un modelo de producción y de distribución no pueden ser resueltas de una manera racional, la única manera de poder superarlas (y con ello seguir ostentando el Poder), es recurriendo a la irracionalidad de hacer uso del Poder para (mientras que ese Poder siga en manos de los detractores), seguir incrementando la exacción de plusvalías.

No podemos dejar de advertir que esa inversión y ese ahorro que se ha conseguido detraer con la aplicación de plusvalías son los agentes que permanentemente han de reproducir las disfunciones de un modelo en el que el proceso de producción y de distribución dan fe de sus propias y naturales contradicciones. Cuando se postula que un incremento de las inversiones y una propensión hacia el ahorro son las formas de salir de los rebalses que se generan en las crisis, lo que en realidad se está postulando es la posibilidad de que se pueda salvar un modelo que para subsistir necesita renovar la continuidad de esas contradicciones.

Pero dejemos por un momento lo que hasta ahora ha sido dicho con respecto a la plusvalía absoluta y abundando en el hecho de que con los bienes que no se hubieran consumido, se estaría generando la formación de un capital que estaría condicionando la existencia de los que no dispusieran de medios con los que desarrollar una labor, detengámonos en el hecho de que al ser esta acumulación utilizada para modernizar el proceso productivo, para producir la misma cantidad de bienes sería necesario, o bien utilizar un número inferior de obreros, o bien reducir la jornada laboral; con lo cual, a la plusvalía absoluta tenemos que aunarle lo que conocemos como plusvalía relativa; una amalgama que al ser el alma matter de la economía capitalista, en el mercado interior es imposible superarla con medidas macroeconómicas.” Es necesario endilgar sus disfunciones a otros mercados. Lo que con independencia de los aspectos positivos que subjetivamente afecten al mercado interior es conocido como “empobrecer al vecino”

Si nos retrotraemos al siglo XIX vemos cómo debido a las secuelas que se produjeron con la Revolución Industrial, (sin entrar por ahora en los fundamentos en los que se originaron), los países involucrados en este proceso se vieron obligados a tener que aceptar una reducción de su jornada laboral; así como progresivamente acceder a un incremento salarial de los trabajadores; una reducción y un incremento que fueron posibles, debido a que durante un relativamente prolongado espacio de tiempo, las relaciones que mantuvieron los países que alcanzaron este desarrollo, se caracterizaron por unas exportaciones de bienes y servicios con un elevado valor añadido y unas importaciones procedentes de los menos industrializados que consistieron principalmente en materias primas y productos del sector primario. En este contexto, el empobrecimiento de vecino sirvió para compensar las concesiones hechas por el capitalismo.

En tanto en cuanto las relaciones entre estos países tuvo esta naturaleza, las consecuencias derivadas de estas transacciones (con independencia del expolio que con las mismas se llevó a cabo), no afectaron de manera directa a sus diferentes mercados laborales. Sin embargo, esta situación no podía mantenerse indefinidamente. Para reducir el latrocinio de que estaban siendo objeto, estos vecinos recurrieron al mismo proceso de industrialización que utilizaron los que adquirieron un mayor desarrollo; con lo que, con el tiempo, al producirse en ellos manufacturas con un precio menor que el que, debido a sus condicionamientos laborales caracterizaban a los más industrializados, las transacciones comerciales entre países con unas diferencias salariales abismales incidieron directa y negativamente en las condiciones y retribuciones de los trabajadores de este primer mundo.”

Ocurre que (en contraposición a la desfasada Ley Say), la oferta no crea su propia demanda. Sólo la crea como consecuencia de las incompatibilidades que concurren entre la oferta y la demanda. En función de que lo producido tiende generalmente a ser superior a lo que de él se pueda consumir de manera efectiva en concordancia con los fines que debe perseguir la economía. A lo cual tenemos que aunarle las consecuencias que se generan debido a unos procesos de exportación/importación que al conllevar una función de relación entre mercados laborales totalmente dispares, no sólo nos demuestra que los trabajadores somos el eslabón más débil; sino que en aras a la estabilidad de este modelo de producción y de distribución tenemos que seguir tirando de un carro que ni siquiera es nuestro. Y si esto ocurre es porque una fracción ínfima de la población se empoderó de una parte substancial de una economía que debería haber estado al servicio de los intereses de la generalidad.”

Una vez constatada la naturaleza de la situación en la que nos encontramos, me vienen a la cabeza dos situaciones que dimanando de todo lo que anteriormente ha sido dicho, ratifican las asimetrías que se producen en este modelo de economía de mercado. La primera está fundamentada en una observación empírica, según la cual, entre la tasa de desempleo y el crecimiento de la economía, existe una correlación que conocemos como ley de Okun. La segunda, la que últimamente se está pretendiendo establecer como un axioma que por su evidencia no necesita demostración. Me refiero a que una subida salarial tiene que estar directamente relacionada con un incremento de la productividad.

En lo que se refiere a la primera, esta ley nos documenta, en función de lo que ha sido asumido como empírico, que para mantener los niveles de empleo se necesita que el PIB crezca cada año entre un 2,6% y un 3%.; es decir, éste es un punto de inflexión en el que para que el mismo número de trabajadores pueda seguir desempeñando sus funciones, es necesario que la producción se incremente en los mencionados porcentajes. Con lo cual, en la ausencia de un incremento salarial que supuestamente incidiría sobre este PIB, este incremento de las riquezas es la cuota que el capital exige para que esos niveles de empleo se mantengan. Si eliminamos factores tangenciales que razonadamente carecerían de fundamento, esta ley nos viene a decir que para que los trabajadores puedan seguir percibiendo el monto salarial que recibieron el año anterior, es necesario que en la economía se produzca un incremento marginal de los bienes. Un incremento que al no estar relacionado con las retribuciones que se hubieran de abonar a ese estático número de trabajadores, nos retrotrae nuevamente a la plusvalía. Es como si la plusvalía no quisiera darnos tregua y constantemente siguiera apareciendo en todas nuestras disquisiciones.

Es cierto que en función de haber sido constatada de una manera empírica, esta definición no puede ser considerada como un ley estricta; que en función de los factores que concurren en el paro, sus injerencias en nuestra economía; así como la complejidad de las imbricaciones con las que se originan los niveles de empleo, estas indefinidas incidencias han sido utilizadas por algunos economistas enganchados en la noria, para con ellas tratar de invalidarla. Y para ello han alegado que una vez alcanzado un nivel de crecimiento como consecuencia de un determinado incremento del PIB, para disminuir en un punto el nivel de desempleo se precisa crecer en dos puntos lo que marginalmente se hubiera de acrecentar el PIB. Sin embargo, con este alegato no están haciendo más que demostrar que los incrementos marginales de la producción que se generen a partir de ese punto de inflexión están estrechamente relacionados con el hecho de que al tener que abonarse unos salarios superiores y en la mayor parte de los caso incrementarse el beneficio empresarial, a través de la mayor demanda que se genera en ambas partes se produce una dislocación de los factores que vinieron incidiendo en el establecimiento de lo que conocemos como tasa natural de paro (Nairu); una tasa que obligatoriamente lleva a la economía a tener que moderar su crecimiento. Con su argumento nos demuestran que para reducir una fracción adicional los niveles de un paro que dimana de una producción y una distribución improcedentes se necesita incrementar las diferencias que lo ocasionaron.

Últimamente estamos viendo cómo lo creadores de opinión afectos a las políticas económicas del Gobierno, nos están anegando conque la prima de riesgo se ha reducido a más de la mitad; conque la Bolsa sigue ascendiendo de una forma imparable. Y yo me pregunto ¿son estas las señales que nos muestran que la economía va mejor? ¿No será ésta la economía de los que tienen intereses económicos? Y no me vale decir que con estas mejoras se está asegurando la economía futura de los que menos tienen. Porque como todos los datos nos demuestran, estas mejoras se producen como consecuencia de la reducción de las condiciones laborales de los que no participan en esos intereses. No me vale, porque si está entrando capital exterior en nuestra economía y la Bolsa sigue ascendiendo, es porque con estas reducciones del poder adquisitivo de los asalariados (mientras que no se reproduzca una nueva crisis), los beneficios de las grandes empresas siguen ascendiendo. No me vale, porque en tanto en cuanto los trabajadores no sean conscientes y por tanto decidan que tienen que sacrificarse para forjar un modelo económico con el que contrarrestar los sacrificios que les impone el Capital, en la ausencia de una oposición que condicione nuestro sometimiento, el futuro de los que mayoritariamente constituyen la base de esta economía será el de encontrarse en una situación cada vez más precaria.

En lo que se refiere a la segunda, es decir, a que una subida salarial tiene que estar directamente relacionada con un incremento de la productividad hemos de preguntarnos… Si en función de lo que ha sido mencionado con anterioridad, lo que se considera como beneficios obtenidos en ese PIB han revertido necesariamente en un segmento de la población ajeno al sector laboral ¿cómo podemos conciliar (a menos que asumamos las disparidades que concurren entre lo producido y lo distribuido) que un incremento de la productividad que tendría que ser medido por su valor de cambio sea compatible con unos agregados que como los salarios tan solo constituyen una parte de lo que hemos denominado como “valor inserto”? El intento de armonizar términos que en si mismos conllevan unas disparidades tan significativas resulta tan rocambolesco como tratar de conciliar las subidas salariales con el IPC. Pero en este modelo el Capital exige más. Con independencia de las martingalas con las que se acostumbra elaborar el incremento de precios al consumo, el Capital exige relacionarlas con la productividad. Con lo cual, el trabajador siempre tiene que pagar por unos beneficios incorporados a sus adquisiciones que aunque completamente lógicos, nos dan fe de las lagunas procedimentales del sistema. El relacionar los incrementos salariales con la productividad , con independencia de tratarse de un intento de articular un componente que es considerado como un factor de producción, con los resultados obtenidos por empresas de las cuales los trabajadores no estarían formando parte, aparte de ser un subterfugio con el que condicionarlos de una manera adicional, persigue tres objetivos: vincular el trabajador con la empresa; conseguir una mayor competitividad sin tener que recurrir a una reinversión estructural y reducir de una manera significativa las contribuciones que relacionadas con un incremento de la producción hubieran de abonarse a la Seguridad Social.

Como en economía dos más dos no siempre es cuatro, a pesar de que una subida salarial no tiene que estar directamente relacionada con un incremento de la productividad, lo que por no estar empíricamente demostrado en si mismo constituye una falacia no es suficiente para el Capital. Como dijo el principal director ejecutivo de General Electric, “para competir es necesario exprimir los limones” Y la competencia que ha de dimanar de un aumento de la productividad sólo puede conseguirse (una teoría muy del gusto de nuestros empresarios), por medio de una reducción de los salarios. Una proposición que en este país se ha llevado hasta la saciedad, y que nos muestra el por qué de la baja industrialización que hemos desarrollado. En contraposición con lo que se conoce como Paradoja de Kaldor argumentan que un incremento de los costos laborales unitarios no puede llevar a una mayor competitividad de las empresas. Consideran, como lo viene haciendo este Gobierno, que para ser más competitivos es necesario recurrir a los recortes. Prefieren reducir los salarios a aumentar la productividad a través de una racional industrialización. Prefieren los resultados inmediatos.

Considerando que la naturaleza y las derivaciones generadas por esta relativa insuficiencia estructural es un tema lo suficientemente complejo como para tener que abordarse cuando tengan que ser analizadas las consecuencias que se derivan de nuestra entrada en la UE., temporalmente lo pospongo para entretanto preguntarme, si para mantener la tasa de empleo en los países industrializados es necesario incrementar el PIB entre un 2,6% a un 3% ¿cómo podemos deglutir que en un país, que como España, ha estado creciendo a un ritmo cercano al 4%, la tasa de desempleo no bajara del 7%? ¿Es ésta nuestra tasa natural de paro? ¿Es consecuencia de la entrada masiva de unos trabajadores procedentes del Exterior, que por estar escasamente cualificados, no fueron demandados por la España industrial? Y si esto ocurrió ¿fue debido a que la estructura de nuestra economía (con independencia de que nunca estuvo suficientemente industrializada), ha quedado reducida al sector primario, al de servicios y a un conjunto de polígonos industriales en los que sólo se trafica con productos ya elaborados? Y si esta es nuestra tasa natural ¿a qué ritmo tendríamos que crecer para equipararnos en el desempleo con el resto de Europa? ¿No hay en España demasiados Díazferranes? Con independencia del vergonzoso porcentaje de desempleados que hay en España ¿cómo podemos conciliar que con un paro entre nuestros universitarios que alcanza el 54%; y con una ministra en extremo devota de la Virgen del Rocío que nos cuenta la milonga de que eso de tener que ir a lavar platos y servir copas en el extranjero es “movilidad geográfica” se pueda incrementar la productividad de nuestras empresas?

En España, especialmente en Andalucía y Extremadura, los señoritos, en un denodado esfuerzo mental, “descubrieron” que para mantener sometido al personal en sus reivindicaciones laborales, lo más indicado era transferir a otras regiones tanto los beneficios obtenidos en sus inmensos predios como aquellos bienes que no siendo utilizados les pudieran generar un rendimiento no relacionado con la creación de riquezas. Y esto, con independencia de las consecuencias y las disparidades regionales que han ocasionado, al mismo tiempo ha generado una cultura de que en el ámbito de la economía lo mejor es obtener el beneficio con el menor riesgo posible; y si es posible, en el menor tiempo.

No voy a entrar aquí en la procedencia o improcedencia de que en la creación de las riquezas se produzcan unos beneficios y una acumulación que son el resultado de lo que conocemos como plusvalía absoluta. Y no voy a hacerlo, porque si el empresario no obtuviera un beneficio a través de la colaboración de un trabajo enajenado, como sujeto empleador no llevaría a cabo una actividad económica. No voy a hacerlo, porque si el beneficio no existiera, ni existiría el empresario empleador ni el empresario autónomo. Habríamos conformado una economía que ni siquiera podría ser catalogada como de subsistencia. Lo que sí es necesario enfatizar es que con independencia de tener que aceptar la defensa de la búsqueda del beneficio, de la acumulación y de la propiedad privada tenga que existir una ciudadanía cuya labor esté alienada

Si bien es cierto que la explotación es un factor que racionalmente tiene que ser aceptado en esta economía de mercado, no es menos cierto que éste tiene que estar al servicio de la ciudadanía. Y no al revés. En lo que se refiere a contemplar a los trabajadores como un factor de producción nos encontramos a la cabeza de muchos países. Y mientras que esta manera de pensar no logremos superarla (y para ello será preciso transformar nuestro modelo de producción y de distribución), todas las medidas macroeconómicas que nuestro eruditos enganchados a la noria pretendan inculcarnos jamás podrán resolver nuestros problemas.

No obstante, este problema, con los conocimientos que hogaño tenemos podemos superarlos Ya han sido descritos metodológicamente en la obra ¿Es posible otra economía de mercado?



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El miedo

El miedoPostado por degregorio mar, enero 26, 2016 18:28:04
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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (II)

Una vez expresado en mi anterior artículo que antes de abordar el problema del paro, las pensiones, y los problemas que se derivan de nuestra entrada en la UE era preciso dirigirme a vosotros al objeto de que nos concienciáramos que es preciso despertar, me encuentro obligado nuevamente a posponer asuntos tan urgentes, en función de que antes de planteárnoslos, tenemos que asumir que estos problemas se generan como consecuencia de un sistema de relaciones económico/sociales que constituye un auténtico desbarro. Ante esta tesitura considero que es necesario, cuando menos, esbozar el prototipo de un modelo en el que las disfunciones que se producen en el que estamos padeciendo, sean minimizadas a través del concurso que nos pueda brindar el control informático.

Hasta el momento y en casi todas la culturas hemos venido conformado una estructuración social y política en la que hemos permitido y se han desarrollado unos poderes, que al contemplarnos como números, somos algo, que aunque sumen, (debido a la propiedad conmutativa de la suma) pueden ser utilizados sin que con ello se altere el resultado; somos dígitos a los que, teniendo en cuenta que lo que esté representando al minuendo siempre será una suma del sustraendo y de la diferencia que exista entre ambos, como la representación de un todo en el que se está llevando a cabo la existencia de una sustracción, el que se nos despoje de una parte de nuestro contenido sólo puede ser considerado como una operación asépticamente aritmética; una función totalmente compatible con la naturaleza de la resta; como conjunto, somos una magnitud que en el caso de que no sea deseable su multiplicación, sencillamente se puede dividir reduciéndola a un cociente que con respecto a la cuantía que sea preciso atribuirle al resto, no cuestione la significación y la vigencia de aquéllos que puedan hacer uso de las cuatro reglas; somos un resultado en el que la democracia; es decir el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, nunca llegó a existir; un resultado al que con nuestra falta de participación hemos de atribuirle aquello de que, como pueblo, no nos merecemos más que los alcaldes que tenemos.

Hemos de perseguir que el Estado sea una conformación en la que su gobierno sea llevado a cabo por aquéllos que no tengan como su único objetivo el gobernar. Hemos de perseguir que el Estado (rememorando a Webber), no sea la coacción legítima que haciendo uso de la fuerza que como Poder se ha conferido, ejerza el monopolio de la violencia. Y es que al haberlo permitido, hemos consolidado la tiranía de los que se consideran excelentes.

Abundando en este razonamiento estimo pertinente sacar a colación las opiniones que en relación a la utilización con la que nos determinan los Estados Norberto Boobio le atribuyó a Carlos Marx:

“El Estado (tal como lo conocemos), no es el reino de la razón, sino de la fuerza" Actualmente, el Estado moderno, como tal, está concebido única y exclusivamente como una herramienta coercitiva que se dedica a extraer todos los recursos posibles de sus miembros hasta dejarlos agónicos, pero sin llegar a matarlos completamente. Esto es lo que se denomina desde algunos frentes del pensamiento como el socialismo vegetariano. ¿Para qué queremos pensar si ya tenemos un control superior que lo haga por nosotros; o para qué queremos ejercer la libertad, si es preferible vivir bajo la huella de una violencia legitimada?”

Más allá del Derecho, deben de existir los derechos. Son éstos los que fundamentan la vigencia de aquél. Eran éstos los que a través de la palabra exponían los atenienses en las Eklessias. Serán éstos los que en el futuro podrán conformar un “gobierno de todos” Es decir, un gobierno en el que las decisiones que se hayan de adoptar, al ser verdaderamente democráticas, no estén determinadas por los intereses de unas élites y unos poderes económicos que, con su manera de interpretar lo que debe ser la democracia, sólo están garantizando la continuidad de su existencia.

Hemos de ser conscientes de las razones por las que la democracia, como consecuencia de la subjetivación con la que prostituimos casi todas las buenas intenciones que a veces solemos rumiar los humanos, llego a ser calificada como el peor sistema político, exceptuando todos los demás. Ni la democracia fue patrimonio de una Atenas en la que no se contemplaban los derechos de las mujeres ni se rechazaba la existencia de la esclavitud, ni en función de los excesos que se cometieron, ser asumida como procedente tanto por Aristóteles como por Platón. A lo largo de los siglos y hasta el XVIII y XIX, la democracia se consideró como un modelo decadente. Un régimen en el que, debido a la tiranía que acostumbra ejercitar el pueblo inculto, se originaba la inestabilidad y la anarquía. Incluso Montesquieu consideró que el pueblo debía ser dirigido por aquéllos, que demostrando su valía, obtuvieran la representatividad que les concedieran las urnas. Lo que ocurre es que, de la misma manera que las pasiones que se suscitan en las masas acostumbran degenerar en un caos generalizado, las subjetividades de los excelentes (en contraposición a Ortega), la mayor parte de las veces no hacen más que racionalizar la vigencia de la degeneración racionalmente subjetivada. Como nos viene a demostrar el gobierno de los tecnócratas.

Una democracia real no es un plato de buen gusto para aquéllos que se consideran superiores. Una democracia real, debido a que en ella se ha de sintetizar una voluntad general, ha de ser estructurada a través de una ponderación y un compromiso por parte de la generalidad; una ponderación y un compromiso que estarían condicionando las megalomanías de los excelentes. Yo opino que lo que haya de ser, lo han de decidir aquéllos que tengan que sufrirlo o disfrutarlo. No unas excelencias que se lo hayan de dar hecho. A mi entender, las funciones que estas excelencias deberán desarrollar, se tendrán que ceñir a mostrarnos la procedencia o en su caso inconveniencias que se pudieran derivar de los supuestos contemplados por la ciudadanía; y una vez decantado y asumido lo que se hubiera considerado como más aconsejable, dejar que sea la ciudadanía la que emita la palabra.

Imaginemos que las reivindicaciones, las denuncias, las propuestas e incluso las ideas, fueran canalizadas a través de unos cauces informáticos, a unas Asambleas de Base locales, en las que sus operadores, en contacto recíproco con aquéllos que las hubieran emitido, se ponderaran sus pros y sus contras. Imaginemos que esta comunicación se hubiera producido -como de hecho tenemos que asumir como consecuencia de su naturaleza informática-, sin que en ella concurrieran los factores coactivos que tan frecuentemente encontramos en la representatividad o preeminencia de aquéllos con los que tenemos que contrastar opiniones. ¿No serían los resultados que se pudieran alcanzar los que verdaderamente estarían sintetizando la voluntad y las expectativas de la generalidad? Con esta participación activa y continuada del pueblo (una participación con la que a través del concurso de los participantes se habrían analizado contrastado y ponderado los intereses perseguidos por las individualidades), se habría superado aquel conflicto que Rousseau encontró en la imposibilidad de mantener a la ciudadanía permanentemente sometida a un proceso constituyente.

Es cierto que esta voluntad general, en multitud de casos no estaría coincidiendo con las voluntades de las individualidades comunidades y consorcios; pero al constituirse como el fruto de un consenso en el que la mayoría de la sociedad habría asumido la necesidad de alcanzar objetivos que trascendieran a los que subjetivamente pudieran demandar algunas individualidades, lo que en estas asambleas se adoptara, aunque fuera contrario a los intereses de éstos, socialmente no se podría contestar. El interés general primaría sobre el de las singularidades.

A este respecto considero oportuno sacar a colación un pasaje de la obra ¿Es posible otra economía de mercado? Dice lo siguiente:

“Parece por tanto natural, como ya hemos señalado, que para evitar que esta constante agresión pueda producirse, no basta con un decálogo, con una educación, ni con un buen corazón. Se precisa algo más tangible de lo que el hombre en sus demandas subjetivas está capacitado a utilizar. Se necesita de un control, que siendo material y estando universalmente aceptado por todos, impida que lo que haya sido establecido por consenso pueda ser invalidado por los deseos interesados que de una forma natural tengan las singularidades.” “Para que una sociedad funcione son necesarios dos fundamentos. El primero es que exista una concienciación colectiva de cuáles son las reglas de conducta a seguir. Normas que lógicamente tienen que ir modificándose en función de la transformación evolutiva a la que dicha sociedad se ha de ver sometida, pero que en todo momento tienen que plasmar una metodología que, fundamentada en una legislación, han de llenar de contenido las expectativas que todo ser humano tiende a considerar como esenciales. En segundo lugar, los condicionamientos físicos que como consecuencia de esta concienciación hayan sido establecidos, tienen que estar completamente emancipados de la segura injerencia que sobre ellos se habrá de efectuar. Es necesaria la convicción de que esto tiene que ser así; pero asimismo se precisa que la capacidad de justificación y de transformación a las que nos puede llevar nuestro intelecto, se encuentren determinadas por unos condicionamientos que, siendo físicos, sólo sea factible modificarlos a través del consenso de la comunidad; unos impedimentos que al ser instituidos con un carácter de universalidad, se pueda poner en tela de juicio la procedencia de su establecimiento por las individualidades, pero nunca su validez en el ámbito de lo colectivo; que al igual de lo que ocurre con la existencia de una pendiente, sea enjuiciable que de acuerdo con nuestra manifiesta voluntad y asumiendo los riesgos que conlleva, podamos ascenderla a la carrera, pero que lo que es determinante es que este tipo de ascensión constituye un condicionamiento incuestionable.”

Fin de la cita

Por otra parte habrá de ser tenido en cuenta que lo que se hubiera debatido y adoptado en unas Asambleas de Base locales no podría ser considerado como unas conclusiones que tuvieran que ser aceptadas de manera universal. Para ser universales sería preciso universalizarlas. Y para ello, de la misma manera que en las Asambleas de Base sus conclusiones habrían sido asumidas a través de un debate asambleario de naturaleza informática, para reconciliar las diferencias que entre ellas se habrían de producir, sería preciso decantarlas a través de unas de Notables, en las que lo individualizado colectivamente se sedimentara y se interpretara en función de la pluralidad a la que estaba dirigida. Unas Asambleas de Notables en las que, siguiendo el mismo proceso de comunicación que se hubiera mantenido entre la ciudadanía y las Asambleas de Base locales, se habría de ponderar (con la participación de un personal más especializado), lo que a través de la Generalidad se hubiera contemplado como más procedente. Para posteriormente hacer llegar a la Asamblea Legislativa la sanción de las actividades que hubieran de ser desarrolladas por los diferentes Ministerios.

Como es lógico entender, el desarrollo de este modelo requiere una serie de pautas mucho más pormenorizadas que las que como fundamentos han sido descritas en esta exposición. Necesita el acompañamiento de toda una serie de normativas que irían desde el establecimiento de unos medios de cambio que estuvieran relacionados con aquéllos que los poseyeran, como una estructura informática con la que controlar las actividades fraudulentas que se producen en esta mal llamada economía de libre mercado. Y todo esto lo tenemos al alcance de la mano. Sólo hemos de ejercer unos derechos que nos permitan recuperar nuestra perdida hominidad. Un “sólo” que sin materializarlo de una manera violenta, sea lo suficientemente expeditivo como para que no pueda ser obviado por esta canalla que nos viene utilizando. No podemos olvidar que la mayor parte de las diferencias que nos separan son económicas. Y es en el desarrollo de lo que económicamente haya de ser, donde se encuentra el talón de Aquiles de un endriago, que como el Capital es aparentemente invulnerable. Según Marx (y esto es lo que muchos no quieren entender) “No puede esperarse que el Estado (y en realidad la estructura económica que lo posibilita desaparezca a través de aquel wither away” “A la dictadura burguesa sucedería la dictadura del proletariado. En tanto que los dos serían formas de Estado, ambos seguirían constituyendo una dictadura” Pero es que además su desaparición no podemos llevarla a cabo a través de otra revolución que hunda sus raíces en una emotividad irracional que volvería a ser manejada por los que se hubieran consolidado como promotores y gestores de la misma. Si lo hiciéramos lo único que lograríamos sería una reposición de caras nuevas, así como de siglas, que en función de nuestra naturaleza subjetiva, con el tiempo se convertirían en caras viejas y en símbolos tan ajados como aquéllos que los representaran. Es el pueblo el que ha de gobernar. Ni sindicatos ni partidos políticos. Ya nos han demostrado que no sólo son incapaces de garantizarnos el derecho universal; son una suerte de parásitos que tienen la desvergüenza de negar el hambre y la malnutrición que están padeciendo nuestros escolares, y el descaro de echarles la culpa a sus padres. Son unos crápulas que despreciando lo que se recoge en el artículo 21 de una Constitución (en el que se garantiza el derecho de reunión política, sin que se necesite autorización previa), han sancionado unas leyes orgánicas con las que no sólo se obliga a la ciudadanía comunicarlas con 10 días de antelación; sino que para disuadir a los que hay que mantener sometidos, se les imponen unas multas tan despóticas y tan inconstitucionales como lo son los que hacen uso de esta Carta Magna. ¿Para qué necesitamos mantener y soportar a esta jauría?

Y ahora, una vez concienciados que no podemos soportar por más tiempo este modelo y despejada la naturaleza del camino que a mi entender hemos de seguir, paso a abordar los problemas que por dos veces he tenido que dejar aparcados. Me refiero a la supuestamente irresoluble charada del paro; al no menos jeroglífico planteamiento con el que se nos ha tratado de vender el futuro de nuestras pensiones; así como los conflictos que tenemos que afrontar como consecuencia de nuestra entrada en la U.E.



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El miedo

El miedoPostado por degregorio lun, enero 25, 2016 23:23:27

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Llega un momento en el que a uno se le acaba el miedo (I)

Antes de introducirme en los problemas que nos ocasiona el paro, el futuro de nuestras pensiones, el pago de una Deuda que no hemos contraído y los conflictos que tenemos que afrontar como consecuencia de nuestra entrada en la UE., he de dirigirme a vosotros para deciros que el objetivo que persigo con estos artículos es concienciaros que nuestros problemas no vendrán a resolvérnoslo aquéllos que desde el Poder no se encuentran afectados por sus consecuencias. Es más, desde ese Poder se tratará de mantener a raya a todo aquél que intente trastocar lo que en función de su dominio se considera como institucionalizado. Hemos llegado a un punto en la degradación, que hasta los que sufren sus efectos consideran que el revelarse contra lo establecido constituye una locura que no conduce a nada. Seguir drogados con las mentiras que nos están convirtiendo en marionetas es renunciar a nuestra hominidad. No podemos soportar por más tiempo los abusos y los embustes que esta lacra de políticos nos está imponiendo. Con el escepticismo, la apatía e incluso con el miedo es imposible que podamos superar un modelo que por estar podrido sólo es necesario retirarle nuestro apoyo para que termine derrumbándose. Hace días leí un artículo de Arcadi Olivere en el que más o menos se afirmaba: Los que rigen los destinos del mundo son unos delincuentes. A mi entender se quedó corto. Estimo que además tendría que haber añadido, que lo que desde el poder se está haciendo con los más indefensos, sólo puede ser obra de unos canallas. Para aquéllos que puedan acusarme que los estoy difamando, les ruego que lo hagan. Me encantaría tener la ocasión de fundamentar un hecho que por otra parte es compartido por la mayor parte de la ciudadanía.

Es cierto que los que políticamente rigen el mundo de la economía global constituyen una proyección de los poderes que a nivel nacional hemos dejado en manos de nuestras clases dirigentes. Y que por tanto, no podemos imputar a aquéllos sin criminalizar a los que hemos tenido la desgracia de no saber donde mandarlos. La cuestión por tanto es empezar por éstos, para que con su desaparición, aquéllos no tengan ni siquiera la pretensión de llamar con sus sucias garras a nuestras puertas. La cuestión está en que los que se encaramaron, lo hicieron y siguen ahí, debido a nuestra falta de cultura política. Desde ahí nos consideran como una multitud maleable. Hemos consentido que nos lavaran el cerebro con un fútbol que no es más que una moderna manifestación de aquel pan y circo con el que durante siglos se mantuvieron ocupadas las mentes del Imperio Romano. (Lo cual me lleva a recordar un artículo que publiqué hace meses titulado “Coma pienso y no piense”). Hemos sido amamantados por unos medios de comunicación vendidos a las clases dominantes; y por último, como consecuencia de haber tolerado la conformación de una democracia que no ha sido más que otra manera de, a través del engaño, tratar de justificar lo injustificable, hemos dado por buena la existencia y la continuidad de un estamento ejecutivo y legislativo, que al sustraer del judicial su independencia, configuran un poder que no es dable cuestionar; un poder en el que se puede ejercer la represión, ya que al poner a su servicio la judicatura, cuenta con los tres componentes con los que eludir y justificar la procedencia o improcedencia de sus actos. ¿No recordáis nuestra entrada en la OTAN por la puerta de atrás de la mano de uno de los que después de haberse cambiado su chaqueta de pana la había catalogado como una perversión? Me refiero a ambas cosas. ¿Y cuando el Gobierno de turno nos metió en el euro sin que el pueblo fuera informado de los condicionamientos que se nos imponían en función de las disposiciones acordadas en los tratados de Maastrich y Lisboa? ¿Sois conscientes de las secuelas que tendremos que pagar como consecuencia de ese nuevo invento denominado Mecanismo Europeo De Estabilidad, MEDE? ¿Sois tan inconscientes que no os atrevéis a impugnar el pago de una deuda odiosa que no habéis contraído vosotros y que se la estamos dejando a nuestra eventual y sin futuro descendencia?

En concordancia con la evidencia en la que obligatoriamente tenemos que desenvolvernos y consecuentemente constreñidos a tener que efectuar una innoble pirueta, parece lógico entender que el llamar delincuentes a los que se han encaramado es una insensatez que el Sr. Olivere no debería haber cometido. En primer lugar, porque como ha sido mencionado con anterioridad, con independencia de que éstos disponen de unas fuerzas represivas, financian y administran unos medios de comunicación que nos catequizan y nos muestran el camino que debemos seguir. Por lo que en función de esta catequización tenemos que entender como desestabilizadoras las impugnaciones de aquéllos que pretendan denunciarlos. Sirve incluso para que dirigentes manchados de barro hasta la nuca vuelvan a ser elegidos con amplia mayoría por una sociedad tan despolitizada como clientelar. Sirve para que el pueblo llegue a considerar que esa dignidad prefabricada con la que nos identificamos con el grupo, se encuentra por encima de cualquier ejercicio de racionalidad; que en función de nuestro derecho a comulgar con lo que visceralmente asumimos como procedente debido a su generalización, estamos validando aquel “Vivan las cadenas” con la que el pueblo quitó a los caballos y arrastró la carroza real de aquel Fernando VII. En segundo lugar, porque al estar estos encaramados representando -de una manera que ellos llaman democrática-, las actividades que democráticamente deberían ser ejercidas por el pueblo, no sólo usurpan los derechos de éste, sino que además, en connivencia con el Capital (que es en última instancia el fuste que sostiene el pedestal), están utilizando al pueblo como si de un instrumento se tratara. En tercer lugar, porque si resultara demasiado evidente que a esta dama que está representando a La Justicia la han despojado del pañuelo que cubría sus ojos y le han colocado unas gafas meticulosamente elaboradas por prescripción facultativa de aquéllos que le facilitaron la visión, se ha convertido en una meretriz de sus mentores. En una adorable y experimentada amante, que al haber perdido su anterior predicamento, carecería de autoridad para oponerse a aquéllos con los que, compartiendo cama, entre otras cosas se atribuyeron la pernada de poder ejercer indultos subjetivizados. Si nos tenemos que rendir a lo evidente es mucho más sensato callarnos. A lo más que debemos esperar es a emitir balidos. Eso sí, sin que se alteren los perros que cuidan del rebaño. El llamar delincuentes a los que están rigiendo los destinos del mundo no es recomendable practicarlo en un país civilizado. Porque éste es un país civilizado. No hay más que ver que todos aceptamos una Constitución, que aunque no fue elegida a través de una Asamblea Constituyente, sino que fue urdida por unos procuradores en Corte que dieron su anuencia y su complicidad a un rey, que impuesto, juró defender hasta la última gota de su sangre las Leyes Fundamentales y los Principios del Movimiento, la realidad es que (al igual que está ocurriendo con el actual Gobierno), el pueblo fue y es tremendamente sabio; y consecuentemente supo y sabe qué es lo que se debe hacer para no desestabilizar lo instituido. En consecuencia, éste es un país civilizado. A pesar de que haya muchos que consideren inocentemente que con ser mayoría ya tienen suficiente. Porque se ha dicho que son mayoría. Pero constituyen una mayoría amorfa. No tienen ni siquiera la consistencia y el ímpetu de la manada. Y la consistencia y el ímpetu sólo deben residir en el Estado. Recordemos que Hegel nos dijo “El Estado “es”. “Y esto es definitivo”. Por otra parte, aquí cada uno denuncia balando. Y se quedan tan satisfechos con la profusión de los balidos que se generan en el hato, que incluso llegan a considerar -eso sí, tan solo como una consideración-, que es preciso hacer algo.

Cuando en este modelo constitucional los partidos acaparan el poder ejecutivo y el legislativo, están condicionando no sólo al judicial. Están determinando tanto la política a seguir por el Banco de España, por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, por la que puedan desarrollar los Sindicatos arraigados al pesebre, e incluso derogar con la sanción de la corona un artículo como el 135 de la Constitución. Una enmienda en la que se establece que el pago de los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones gozará de prioridad absoluta. ¿Recordáis aquello de que son unos canallas? Pues al dar prioridad al pago de la Deuda, en detrimento de la Educación, la Sanidad, y entre otros, el derecho a no ser desprovistos de un techo, se nos está mostrando no sólo que esta Constitución fue y sigue siendo una chapuza, sino que muertos la mayor parte de los que la fraguaron, los que aún nos siguen jodiendo se felicitan al haber logrado conformar una comunidad estúpida y creyente.

Hace ya varios días convoqué a través de una serie de anuncios y correos electrónicos una conferencia interactiva con la que se pretendía analizar las causas y en su caso buscar soluciones al problema del paro y al futuro de nuestras pensiones. Asistieron tres personas. Y por supuesto, las tres se comportaron como convidados de piedra. No sé si por apatía, o porque, por escepticismo, en su fuero interno consideraban que no podemos hacer nada. Y entonces me vino a la memoria aquel espíritu de libertad sin miedo y sin ira que nos invadió a todos con la llegada de aquel espécimen con una chaqueta de pana para los días festivos; de aquél que coreando al del arbusto se dedicó a graznar sobre las armas de destrucción masiva; de cómo aquél “si no hay libertad sin duda la habrá”, se fue diluyendo en un continuado proceso de corrupción, sometimiento al Capital y desindustrialización; de cómo la Derecha y la Izquierda (al igual que los idearios republicanos y demócratas en otros países) han sido fagocitadas por el poder del 1 %. ¿La Derecha, la Izquierda? ¿Podemos depositar nuestras expectativas en algo que no sea nosotros mismos? Y si esto es así ¿no resulta patético que más allá de que ese 99% sea de derechas o de izquierdas no hayamos asumido la importancia de los porcentajes? ¿No nos causa sonrojo constatar que constituimos un conjunto de unidades que como consecuencia de los esfuerzos que ocasiona pensar se ha acomodado a que piensen por nosotros? ¿No nos hemos todavía enterado que pensando no sólo podremos superar nuestros problemas, sino que al hacerlo estaremos concienciándonos de las canalladas que estamos padeciendo?

Y lo curioso del caso es que podemos liberarnos sin recurrir a la violencia. Pero esto es algo que poco a poco iremos devanando a lo largo de otras intervenciones. Por ahora me basta y me sobra, conque vayamos despertándonos. Una vez concienciados que somos nosotros los que hemos de regir nuestros destinos y analizadas las razones por las cuales la expulsión laboral se produce y las jubilaciones están siendo puestas en tela de juicio podremos pasar a decidir, como pueblo (y no a los dictados que nos impongan los que rigen los destinos del mundo), si estamos dispuestos a afrontar las medidas que tengamos que tomar para, en lo posible, reducir el paro y asegurar nuestra jubilación a través de una reestructuración de nuestro modelo de economía de mercado. Es necesario concienciarse que este neoliberalismo con el que se están incrementando las desigualdades es una bestia insaciable. Que este modelo neoliberal, que es el hijo bastardo de lo que otrora fue un capitalismo embridado, está proliferando en otros enclaves. En lugares en los que en épocas pasadas, en función del arribo de una concienciación de clases, a pesar de sus defectos fue mucho más social. En el pasado hemos visto cómo el resurgimiento económico que tiene lugar en ciertas partes del planeta (especialmente en China, pero también en otros países), ha sido utilizado para la compra de bonos y activos financieros que al no estar respaldando riquezas reales han generado unas obligaciones que a las economías occidentales les resultan insoportables. Unas obligaciones que hogaño estamos viendo cómo ante la imposibilidad de pagar las deudas incurridas, estas economías están barajando cancelarlas a través de medidas tenebrosamente “selectivas” Con lo cual hemos llegado a un punto en el que por razones derivadas de un predominio geoestratágico, está empezando a resurgir una nueva guerra fría. Un conflicto que sólo podrá resolverse con la desaparición de las motivaciones que lo generaron. Bien a través del eclipse de una de las partes, bien (o mejor dicho, desgraciadamente mal), con la extinción de los dos perros en los que se incubó la rabia. En consecuencia y en concordancia con lo que dijo Jean Paul Sartre “Cuando los ricos se declaran la guerra, son los pobres los que mueren”

Lo cual me lleva a sacar a colación la siguiente cita de Rodian Romanovich:

El gran empresario llevó de su mano a políticos y agentes sociales, hasta las afueras de la ciudad. Allí, les invitó a mirar un gigantesco descampado y, solemne, les dijo:

- “¿Lo veis? Él nos sacará de la crisis.”

Si no fuera tan trágico podríamos contemplarlo como la solución.

Lo que ocurre es que lo que como desenlace esta solución nos está avisando es que no podemos dejar en manos de otros lo que constituiría un holocausto. Tenemos que enfrentarnos no sólo con los poderes que nos están utilizando, sino incluso con aquéllos que habiendo tirado la toalla y pretendido conformar un modo de “vivir” que, contemporizando, consideran puede ser proyectado en el futuro. De no hacerlo habremos renunciado a nuestra propia identidad. Inducidos por la inmoralidad y las injusticias que hemos de sufrir en nuestra sociedad llegaríamos a contemplar que ese “vivir” es compatible con la estructuración de la familia, de la moral, del esfuerzo y de las obligaciones. Si es cierto que lo económico en cierta forma determina lo que haya de ser lo social, este modelo tenemos que cambiarlo. No hay otra alternativa.




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