2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

El Rincón Austriapithecus

El Rincon AustriapithecusPostado por degregorio sáb, marzo 12, 2016 00:31:46
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Sobre el artículo “El salario mínimo empobrece a la mayoría de pobres”

Cuando en el inicio del artículo de referencia su autor nos dice:

Gracias a décadas de investigación económica, hasta la fecha sabíamos que las subidas del salario mínimo tienden a generar desempleo, reducir la jornada laboral, ralentizar el ritmo de contratación, mecanizar la plaza e incrementar la pobreza entre aquellos trabajadores afectados por la misma”,

hemos de concederle cuan consecuente es con la realidad; o al menos con la realidad con la que nos ha determinado el capitalismo. Lo que no parece haber sido consiguiente es que en esas décadas no se haya vulgarizado de una manera generalizada lo que en función de la gnosis de lo que debiera de haber sido esta investigación, lo que empíricamente es asimismo evidente. Y con ello me refiero al hecho de que si el salario hemos de contemplarlo como un factor de producción, en el capitalismo el asalariado no es más que un elemento utilizable no sólo a tenor de lo que como coste pueda representar en el proceso productivo; si a través de la acumulación el empresario pone en marcha un sistema productivo en el que no se requiera la mano de obra, el asalariado no sólo ha dejado de ser un factor de producción utilizable; la sociedad que se a forjado a través de ese capitalismo ha convertido a los seres humanos en unos entes que han perdido su propia hominidad.

No se trata de que con la subida de un salario el empresario reduzca la contratación debido a la necesidad de ser competitivo; no se trata ni siquiera de que con la disminución de la capacidad adquisitiva de los trabajadores se genera un rebalse que al no ser factible consumirlo es necesario volver a reducir esa contratación; se trata de que como en el capitalismo lo que no ha podido ser consumido constituye un posesionamiento que detraído de la sociedad como conjunto se va incrementando indefectiblemente a lo largo del tiempo (¿recordáis aquello del 1%?), su desarrollo tiende a conformar una sociedad intolerablemente radicalizada.

A efectos de recordar el número de perdices mareadas que pululan en el artículo de referencia, os sugiero que no echéis en saco roto aquello de que:

Sin embargo, es verdad que todos estos efectos (se refiere a los que se derivan del aumento del SMI), sólo tienden a darse en aquellas industrias con una demanda lo suficientemente elástica como para no poder repercutir los mayores costes salariales en aumentos de precios.

Para seguir diciendo:

Según MaCurdy, el incremento del SMI se tradujo en aumentos de precios especialmente en sectores como bares y restaurantes, educación, alimentos o consumo personal: encarecimientos que, según la industria, fueron equivalentes a repuntes del IVA de entre el 0,04% y el 2,8%.

No obstante, lo importante aquí no es contabilizar la existencia de una de una perdiz que vaga mareada a lo largo de este artículo. Lo trascendente es si ese incremento del gasto que se haya derivado de la recaudación del IVA es equiparable al incremento que se le haya aplicado al SMI. Algo que `parece habérsele escapado entre sus argumentos cuando de una manera un tanto descuidada dice:

Por consiguiente, si el reparto de beneficios derivados del alza del SMI había que entenderlo como una redistribución aleatoria del gasto público dentro de la sociedad, ¿cómo debemos entender el reparto de su coste? Pues como un aumento regresivo del IVA: las alzas de precios se concentran en torno a aquellos bienes sobreconsumidos por las rentas más bajas sin posibilidad de aplicar un tipo superreducido a los productos de primera necesidad (COMO SÍ SUCEDE CON EL IVA).

Comoquiera que el contenido del artículo de referencia es dable conseguirlo en Internet, no considero necesario detenerme en sacar a la palestra la serie de gráficos con los que por medio de quintiles trata de justificar la improcedencia de este incremento del SMI. Y no lo considero necesario porque en lugar de establecer las incidencias que este incremento habría de producir en todos ellos, en la conformación de estos quintiles (incluso en aquéllos con mayores rentas), incluye asalariados con el SMI. Asalariados que a pesar de no estar compartiendo esas mayores rentas, al considerarlos como componentes de dichos quintiles le permite introducir la perdiz de que una subida del SMI estaría beneficiando a los quintiles más favorecidos.

Por lo que a su entender:

“Extrapolando con cautela los resultados del caso estadounidense, cuando el salario mínimo no destruye empleo equivale a una subida indiscriminada del IVA dirigida a financiar un aumento del gasto público repartido cuasi uniformemente entre menos del 25% de la población (con independencia de sus niveles de renta).

Es decir, un gasto que a diferencia de lo establecido en el `principio de la creación y destrucción de la materia, en el 75% de su masa ha adquirido la naturaleza de lo inexistente. Por lo que en consecuencia se pregunta y nos pregunta:

¿Apoyaría usted una política fiscal de este tipo? ¿Subiría el IVA a toda la población para repartir un aguinaldo entre uno de cada cuatro ciudadanos, incluyendo entre ellos a los más ricos? Si la respuesta es que no, entonces tampoco debería defender muy probablemente los aumentos de salario mínimo.

Y a la perdiz, ante el hecho de haber sido utilizada con la misma técnica empleada por los encantadores de serpientes, aterrorizada le dio un patatús.



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El Rincón Austriapithecus

El Rincon AustriapithecusPostado por degregorio sáb, marzo 12, 2016 00:27:53

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Sobre el artículo “Austriacas mochilas”

Acabo de leer el artículo de referencia y considerando necesario reponerme de la indisposición que su lectura me ha causado, antes de proceder a ponderar lo que en el mismo se explicita he tenido que levantarme de la mesa para tratar de superar lo que como respuesta pudiera ir más allá de lo que fuera un repudio. Y esto, no sólo porque con independencia de considerar que la implementación de estas “mochilas” constituye un expolio a los que dependen de un salario. A esto se auna el hecho de que su autor, al decirnos:

“se trata de que, para los nuevos contratos de trabajo, el empresario constituya un fondo de capitalización en favor del trabajador mediante una aportación anual equivalente a ocho días de su salario; a cambio, la indemnización que tendrá que sufragar el empresario en caso de despido se reducirá simultáneamente (por ejemplo, en el caso del despido improcedente, bajaría desde los 33 días por año trabajado hasta un máximo de 25 días por año)

pretenda establecer una metodología que reduciendo los condicionamientos con los que la legislación laboral trata de regular las irregularidades que pudieran concurrir en un despido improcedente nos toma por memos.

Pero es que esto no es todo. Además, con independencia de lo que potencialmente le pudiera acaecer a ese BBVA, al que tan apegado se muestra el autor del artículo de referencia, si literalmente tenemos que asumir que las empresas tendrían que depositar en esta (llamémoslas instituciones), una aportación anual equivalente a ocho días de su salario, habría que preguntarse cuánto se habría cotizado a lo largo de su trayectoria laboral por este asalariado y cuanto habría disfrutado el beneficiario de estos depósitos en el supuesto de que éste no hubiera alcanzado la fecha de su jubilación.

En la conformación de estas “mochilas” se podrían contemplar una serie de situaciones bien diferenciadas: que lo depositado y no disfrutado por el fallecido revirtiera en un posible dependiente (hecho que habría sido ejecutado sin la autorización expresa de aquéllos a los que arbitrariamente se las hubieran colgado en sus espaldas; que esta reversión tuviera a la Administración como beneficiaria; o que, en el supuesto que con lo depositado no hubiera suficiente para cubrir los ocho días que como reducción de la indemnización conllevarían estas mochilas, la diferencia la tuvieran que afrontar estas instituciones (con lo cual se habrían constituido como aseguradoras), o en su defecto las empresas involucradas en un despido improcedente. Dicho lo cual, ninguna de estas situaciones habrían sido diseñadas en beneficio de los asalariados. Por una parte contribuirían a facilitar la proliferación de este tipo de despido; por otra, poner en manos del sector privado un incremento de las cotizaciones que como este autor y los gestores de las mismas han reconocido induciría una reducción de los salarios. Todo lo cual nos lleva a tener que formular las siguientes consideraciones:

En primer lugar hemos de contemplar la potencialidad de que estas mal denominadas instituciones quebrase como consecuencia de no poder hacer honor a sus obligaciones debido a la naturaleza de las operaciones de financiarización a las que tan acostumbrada está la banca. Porque lo que no podemos aceptar es que sea el sector público el que tenga que garantizar la solvencia de este conjunto de espurios constructos.

En segundo lugar ha de ser tenido en cuenta el valor adquisitivo que tuvieran estos fondos de capitalización en el momento de su utilización por parte de sus beneficiarios. Esta es una evidencia que en el supuesto de ser impugnada a buen seguro podrían aclarárnosla aquéllos que han visto cómo entre estas instituciones y las que están insertas en la Administración han saqueado lo que como provisiones habían confiado a los Fondos de Pensiones.

En tercer lugar, el autor del artículo de referencia, como un dilecto seguidor de los artificios con los que Sócrates justificaba sus puntos de vista tergiversando en muchos casos la verdad, debe ser un experto de la caza con reclamo. De otra forma no se entiende sus gustos y su maestría por marear la perdiz. Porque en realidad, cuando dice:

“dado que el fondo dotado por el empresario es propiedad del trabajador, lo único que sucedería es que el cobro de una fracción del salario se diferiría en el tiempo, no que se volatilizaría sin más; justo lo contrario de lo que sucede en el sistema actual, donde el trabajador no despedido jamás recupera la parte del salario que le ha sido rebajada para costear su eventual indemnización”

Es decir, asume que aunque no se llevara a cabo la implantación de esta mochila, el empresario, teniendo en mente que habría de llevar a cabo futuros despidos improcedentes, como un excelente previsor de sus perversos augurios debe considerar una reducción de los salarios que en el futuro le compensen de las consecuencias de sus malas artes.

En cuarto lugar ¿cuándo este autor nos pronostica que el porcentaje que se habría de abonar por esta mochila sería el 2,2% del salario bruto, ingenuamente lo contempla como una disposición imperativa? ¿Sinceramente cree que ese 2,2% que ha señalado como el peaje a pagar por la instauración de la mochila austriaca iba a ser respetado? Habiendo puesto la banca a su servicio las medidas que socialmente deberían ser establecidas por los gobiernos ¿cómo podrían estos mandados evitar las disposiciones de sus amos? O es que nos ha pasado inadvertido aquello de que si el asno no coopera en las rotaciones de la noria, el agua no sube por los cangilones.

En quinto lugar, ¿es consecuente con la realidad cuando abomina de lo que él denomina como una mordida de un 29,9% que él considera como un expolio de la Seguridad Social, cuando con las cotizaciones que por este concepto se han de aportar no se cubren los gastos que en sus diversas formas reciben tanto los asalariados como los no asalariados? ¿Es sinceramente honesto cuando propone una metodología que a efectos inmediatos estaría beneficiando a las empresas y a efectos diferidos, a aquéllos que, como dice el refrán, “quien parte y reparte se lleva la mejor parte? ¿Más allá de entender lo que esto significa es capaz de compatibilizar lo que arguye con el hecho de que siguiendo sus parámetros, ese 29,9% que él califica como mordida de la Seguridad Social podría ser utilizados como un factor de reducción salarial? ¿Un factor que evitaría lo que el califica como “el fraude piramidal de las pensiones públicas y que sabiamente administrado podría ser utilizado en inversiones más rentables”? ¿Cuándo como experto en asuntos bancarios sabe sobradamente que esa banca constituye un consorcio de instituciones que han sido rescatadas con el dinero público y que no obstante, como entes privados, la mayor parte de ellas han establecido filiales matrices en paraísos fiscales?



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El Rincón Austriapithecus

El Rincon AustriapithecusPostado por degregorio vie, marzo 11, 2016 20:06:35
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Sobre el artículo “El irreemplazable papel del capitalista (II)

Continuando con el artículo que su autor informalmente ha bautizado como “El irreemplazable papel del capitalista” que sobrepasa el absurdo y entra de lleno en lo que podría ser calificado como el esperpento. Me refiero a cuando dice: “el trabajador, a diferencia del capitalista, puede consumir el 100% de sus ingresos, no necesita dedicar nada de su tiempo a juzgar el acierto o desacierto de la línea de negocio en la que está ocupado y en caso de que quiebre la unidad productiva en la que trabaja, pierde su empleo pero no su patrimonio (imaginen qué sucedería si cada vez que quiebra la empresa donde uno trabaja, también perdiera el dinero ahorrado en su cuenta corriente o incluso su casa totalmente pagada). Es decir, aquí se asume que como aquél que tiene posesiones está representando la existencia de un hecho consumado, el que tras haberlas perdido se tenga que integrar en el grupo de los que nada tienen, justifica que este desenlace constituye un riesgo que no tienen que asumir los que no habiéndolas tenido nunca estarían determinados por lo que sería su propio hecho consumado. Lo cual me hace recordar los espejos cóncavo y convexo que como publicidad nos narró Valle Inclán que existían en la fachada de un comercio del callejón del gato. Dos representaciones que hay que respetar. Sobre todo cuando estamos obligados a tener que asumir que estos dos espejos fueron instalados y constituían un patrimonio del dueño del comercio.

En lo que estoy totalmente de acuerdo con este autor (aunque él lo utiliza como un requerimiento excluyente), es cuando dice: “Bajo el socialismo, es el conjunto de trabajadores el que debe asumir en sus propias carnes el coste de sus actividades. Son ellos los que deben ahorrar forzosamente; son ellos los que han de soportar el riesgo patrimonial de equivocarse.” Y estoy de acuerdo porque en la asunción de éstos hubieran podido ahorrar no podrían ser considerados como los que no tuvieran nada. Habrían adquirido la categoría de los que hubieran podido perderlo todo. Pero todo esto trasciende al hecho que fue contemplado en el artículo anterior; al hecho de que la posesión, para que no seamos nosotros los que estemos poseídos por ella, precisa que asegurando nuestra existencia a lo largo del tiempo, no sea un obstáculo para que ésta condicione la existencia de los que no hayan conocido su imperio. A este respecto paso a transcribir unos pasajes de la obra ¿Es posible otra economía de mercado? En ellos se recoge lo siguiente:

“Si los animales no pueden valorar es porque forman parte de las cosas; porque son incapaces de valorarla de una forma consciente; porque al no advertir la existencia de los vínculos que los están condicionando, difícilmente pueden sentir la necesidad de asumirlos o impugnarlos.

Pero es que si nosotros -independientemente de la potencialidad instintiva que podemos sentir hacia lo que nos puede proporcionar placer o la satisfacción de una necesidad biológica-, con nuestra capacidad de reflexión podemos ver las cosas como algo diferente de nosotros mismos, al tomarles medida y valorarlas, estamos intentando incorporar a nuestro propio ser algo que no es incorporable. Es decir, cuando los hombres evaluamos una cosa, en nuestra reflexión, “extrañamos” lo externo y (en función de nuestras dependencias instintivas), pretendemos resolverlo considerándola como algo fusionable.

Entiendo que la actividad racional del individuo se mueve por la identificación que en él suscita lo que puede ser aprehendido. Sin embargo, esta racionalización, al pretender trascender en el tiempo, incorpora al proceso un componente que perturbando la interinidad que debiéramos asociar a dicha identificación, va más allá de lo que ésta debería estar representando. Se está ejerciendo sobre ella una injerencia de naturaleza posesiva. A mi entender, de la misma manera que somos capaces de considerar un bien y, reflexivamente pretender resolver su bondad “anexionándonoslo”, es dable conseguir que esa concienciación que nos identifica con el mismo podemos despejarla, si la proyección que en el espacio y en el tiempo representa, la sabemos encauzar de forma que en sus efectos desempeñe una influencia exclusivamente temporal. Estimo que la tendencia hacia la posesión, esa sempiterna inclinación en la que todos estamos implicados, podemos controlarla, siempre que la tengamos que asumir como algo utilizable; algo que al fundirse en nosotros en su uso, unifique y armonice nuestra realidad con la realidad en la que tengamos que desenvolvernos.

Actualmente estamos escuchando una serie de premisas que según todos los economistas son fundamentales para ponerle un fin a la crisis. Con ello me refiero a la necesidad de que la banca conceda créditos a las empresas para que éstas puedan volver a retomar sus actividades, reactivar la economía, y consecuentemente reducir el paro. Y yo, naturalmente, ante unas fórmulas prescritas por los especialistas en el ramo y mundialmente aceptadas por los que precisando resultados inmediatos no pueden detenerse a analizar las consecuencias que se han de derivar de estas prescripciones, por una parte tengo que aceptar la existencia de lo evidente y por otra contemplar que esta evidencia constituye un engendro mal parido.

Porque veamos…

Es cierto que con una apertura del crédito, las empresas pueden volver a retomar proyectos que dejaron aparcados e incluso otear nuevas expectativas; posibilitar una reducción del paro; facilitar un incremento de la recaudación impositiva; y en su compendio, mejorar la situación económica y social de la comunidad. Esto es algo que empíricamente hemos llegado a considerar como incuestionable. Lo que ocurre es que este tipo de conocimiento asimismo nos muestra que esta situación (que está fundamentada en una metodología a la que, por su evidencia, así como por sus resultados inmediatos, tenemos que adscribirnos), no puede mantenerse a largo plazo. Ocurre algo que, a pesar de seguir empleándose la misma receta, la sitúa de nuevo en su anterior estado crítico. Y este algo lo conocen todos los economistas. Aunque pretendan aparentar que no es una realidad incontestable. Este algo (como menciono en esta obra) ya fue señalado por David Ricardo, para posteriormente ser mucho más explicitado por el más denostado de los economistas. Se trataba de la situación que se genera como consecuencia de las irregularidades que acaecen (por no llamarlo de otra forma) en el sistema de producción y distribución de las economías capitalistas. Lo que Marx denominó como plusvalía. Un término satánico que fue necesario exorcizar, ya que su contenido conllevaba y sostiene una concienciación a todas luces completamente inoportuna. Asumiendo esta realidad, a menos que se recurra a transferir al Exterior los problemas inherentes en este modelo económico, una apertura del crédito y por tanto una expansión del proceso productivo no puede ser absorbido por las demandas de un mercado del que se ha detraído de la circulación una parte significativa de lo que como ahorro honesta siendo consumido; un mercado que en función de los argumentos que se encuentran en la base de esta “irreemplazabilidad” está inexorablemente condenado a sufrir cíclicamente nuevas crisis. En este contexto, los incentivos que puedan recibir las empresas para reactivar la economía son exclusivamente parches con los que temporalmente continuar su inconsistente trayectoria. Tanto si son empleados para adquirir tecnología que las hagan más competitivas (las que generan plusvalía relativa), como si los aprovechan para aligerar las plantillas que tengan sus empresas, los resultados vuelven a llevarlas a la misma sima. A la existencia de una producción que no podrá ser consumida; y que por tanto se ha de materializar en un incremento del paro.

Todo esto es sobradamente conocido. De la misma manera que se sabe que los resultados provocados por estas “irregularidades” generan una disparidad en la cuantía de las riquezas con las que unos configuran el poder y otros están en él configurados. Una anormalidad que se retroalimenta a sí misma por el hecho de que la razón de todo proceso económico es la de obtener un beneficio que no será consumido en su totalidad y que por tanto ha de ralentizar el propio proceso en el que éste se engendró.

Sobre la plusvalía (aunque no sobre las incidencias negativas que ejerce en la distribución de las riquezas) se han vertido ríos de tinta. Una de las exégesis más representativas de la forma en la que se ha contemplado ésta se la debemos al inefable Eugen Böhn Bawerk.

Según él, “El stock preexistente de capital, que en el fondo no es sino un agregado de bienes de consumo en estado de transición, detrae cada año cierta cantidad de sus existencias. Las que han alcanzado el fin del proceso transformándose en bienes de consumo, y las pone a disposición del período económico corriente. Cuanto mayor sea el stock de capital, tanto más participan las fuerzas productivas de períodos anteriores en la provisión actual de bienes de consumo y en tanto menor medida es necesario utilizar para este fin las nuevas fuerzas productivas del período corriente. Queda pues libre al servicio del futuro, para la inversión en rodeos de producción más o menos largos, una mayor cuota de las mismas.” (1 )Es decir, con su teoría de la formación de capital mediante el famoso esquema de anillos, lo único que consiguió redondear fue que para que lo que él denominó como fuerzas productivas (en la que, en una increíble pirueta, ahora incluía a las fuerzas del trabajo) pudieran disfrutar en el futuro de una mayor cuota de bienes, era preciso haber detraído del consumo una parte significativa de lo que se hubiera producido.

Pero en lo que indiscutiblemente rizó el rizo, fue cuando dijo que puesto que todos los medios de producción se han obtenido en última instancia del trabajo y de la tierra, “el capital no constituye un tercer factor autónomo de producción”. (2) Es decir, asumió que el capital es un factor con connotaciones diferenciadas de las que les conferimos a los bienes que encontramos en la naturaleza. De lo que se deduce que él fue un ferviente defensor de la teoría de Locke, según la cual, a través del trabajo se hace de lo transformado algo propio.

Si continúo diciendo que el beneficio (para no emplear un término que muchos de los que temieron las secuelas inmanentes en lo que Marx denominó salario no abonado, se encargaron de vilipendiar), es un elemento imprescindible en cualquier economía, creo que no me encontraré muy distanciado incluso de los más refractarios. Lo que ocurre es que –con independencia de la manera en la que se consiga-, si el beneficio adquiere nombres y apellidos en detrimento de los que sólo tienen como activo su carencia, al cristalizarse como una acumulación de las riquezas (especialmente si no es empleado en un proceso productivo), está detrayendo del consumo la savia que requiere cualquier economía. Y éste no es un hecho en el que incurra exclusivamente el empresario. Cuando el obrero emplea una parte de su salario en la adquisición de unos bienes duraderos que van a seguir siendo ostentados como una pertenencia, también detrae del conjunto de la sociedad una parte de lo que en la economía habría de revertir como consumo continuado. Lo que ocurre es que en esta adquisición concurre un factor que la diferencia de la que le hemos imputado a las adquisiciones que dimanan de los beneficios obtenidos por los empresarios. Algo demasiado complejo para ser explicitado en este artículo, pero que podríamos sintetizar diciendo que con ellos no se estaría haciendo uso de ningún tipo de alienación.

1 Positive Theorie des Capitales, pág. 130

Ibidém pág. 106



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El Rincón Austriapithecus

El Rincon AustriapithecusPostado por degregorio mié, marzo 09, 2016 18:38:12

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Sobre el artículo “El irremplazable papel del capitalista” (I)

Hay veces que nos encontramos ante una situación que (haciendo uso de un error gramatical con el que trato de identificarla), “rallo” en lo absurdo. En este caso, el contenido del artículo al que me refiero en el encabezamiento del que en éste inicio.

Dice su autor “La literatura marxista ha divulgado la idea de que el valor de cambio procede del trabajo y que, por tanto, es imposible que el capitalista genere valor sin trabajar.” Para seguir diciendo: “Sucede que la premisa de partida es errónea: la actividad económica del capitalista sí genera valor y su rol no puede ser simplemente eliminado. Si elimináramos a los apitalistas, alguien debería concentrar todas las funciones que hoy desempeñan, y ese alguien sería quien merecería la remuneración (plusvalor) que actualmente obtienen ellos.”

A pesar de que debiera, no voy a decir que el absurdo se encuentre en la falacia de composición existente entre lo que por una parte se contempla como una divulgación que por estar sosteniendo que el valor de cambio está fundamentado en el trabajo no es más que un aserto incoherente y por otra la asunción con la que se confirma que en el proceso productivo concurre un plusvalor que más allá de los razonamientos que pudieran justificar su génesis constituye la remuneración que justificadamente obtienen los capitalistas. Y no voy a hacerlo, porque en este artículo hay tantas apelaciones a lo absurdo que solo con analizar lo que entre otras cosas como ejemplo se expone en el mismo, estaremos desmontando lo que hemos sostenido como una falacia.

Procediendo a analizar el absurdo que en este artículo se contempla es preciso detenerse a contemplar el ejemplo que este auto aduce para justificar sus alegatos.

Cuando dice “Supongamos que vivimos en una sociedad donde todas las personas son trabajadores autónomos (no existe trabajo asalariado) y todos ellos cuentan con unos medios de producción valorados en 100.000 euros (a saber, cuentan con tierras, edificios, maquinaria o materias primas valorados en 100.000 euros y adaptados a la actividad profesional que realizan). La distribución de la riqueza es perfectamente igualitaria en esta sociedad, de manera que ni existen grandes capitalistas acaparadores ni tampoco desposeídos que se vean obligados a vender su fuerza de trabajo: simplemente existe división del trabajo en el sentido de que cada persona se especializa en producir unos pocos bienes que, ulteriormente, intercambia por los bienes que han producido otros autónomos.”

Y se concreta cuando continúa diciendo “Empecemos por constatar el hecho de que, para mantener el patrimonio, es necesario reinvertir recurrentemente una porción de nuestros ingresos” Con lo cual “cada autónomo deberá ahorrar una parte de lo que ingresa y dedicarlo a la renovación de su propio equipo de capital. En tal caso, nos encontraremos con tres grandes grupos de personas: aquellas que ahorran estrictamente lo necesario para reponer su capital; aquellas que ahorran más de lo estrictamente necesario y aquellas que ahorran menos de lo necesario. El primer grupo de personas logrará conservar su capital. El segundo grupo tenderá a incrementar su capital (dispondrá de un mayor número de bienes de capital con los que será capaz de fabricar una mayor cantidad de bienes de consumo en el futuro). Y el tercer grupo verá cómo su patrimonio se hunde”

De todo lo cual, lo único que nos es dable deducir es que por su naturaleza existen diferentes tipos de personas, pero nunca que en función de tener que asumir la existencia de estas diferencias, las que supuestamente tuviéramos que conferirle la categoría de la excelencia tuvieran que ser utilizadas para con ellas determinar la existencia de aquéllos que por una u otra causa (y aquí es donde se encuentra el quid de la cuestión) no la hubieran adquirido. El que tenga que ser considerado como irreemplazable el papel del capitalista está fundamentado en que este autor considera la situación como un hecho consumado que ha adquirido la categoría de lo que no debe ser cuestionado. Un hecho similar a aquél que en el siglo XVII llevó a Hobbes a justificar la existencia de un soberano, en orden a que hubiera alguien que al menos pudiera asegurar las vidas de sus súbditos a tenor de que el Estado era incapaz de controlar las ruindades a las que podían llegar los que detentaban el poder económico.

Sigue el autor diciendo “La verdadera fuerza que explica los grandes movimientos patrimoniales no son las distintas predisposiciones a ahorrar o a consumir, sino el acierto o el error con el que se reinvierte el capital” Con lo cual ya ha dejado atrás aquello de la capacidad de invertir en función del ahorro. Ahora lo cardinal es el acierto o el error con el que se pueda hacer uso de esas inversiones. En consecuencia afirma: “Así, en una economía caracterizada por la división del trabajo y los intercambios voluntarios, una de las tareas más complicadas que existe es justamente la de seleccionar los proyectos de inversión exitosos” Y como muestra con la que patentizarlo nos exhibe la imagen del Ford modelo “T” puesto en el mercado en 1909. Con lo cual está reincidiendo exclusivamente en destacar las excelencias que concurren en algunos individuos. Aquéllas con las que Ortega contemplo la conformación de una comunidad vertebrada como una derivada de la existencia de los excelentes. Sin tener en cuenta que en el caso que estamos contemplando, con independencia de las consecuencias que una vertebración de esta naturaleza ha de conllevar, con la especialización que es posible adscribirle a la utilización de la inversión de capital, el creador de este “modelo” instituyó una cadena de montaje que en función de su “excelencia” fue precursora de un proceso productivo que al no ser en sus resultados compartido por aquéllos que participaran en su conformación está determinando no sólo el futuro, sino incluso la existencia de éstos.

La irreenplazabilidad del capitalista se sustenta en el hecho de que debido a la permisividad con la que en este modelo económico es dable utilizar lo que en principio sería una excelencia, en su desarrollo se forja otro “hecho” que socialmente cuestiona su vigencia . Y digo “vigencia” porque con los conocimientos que tenemos en la actualidad, esa categoría de lo irreemplazable podemos superarla taxativamente. Hogaño existen formas con las que lograr que la relación entre la producción y la distribución no tengan que seguir los parámetros que hasta ahora han venido caracterizándolas. A través de esas excelencias hemos logrado una tecnología que sin desdecir en absoluto la que rigen el desarrollo de la economía de mercado nos permite que lo que se produzca y lo que se distribuya no esté determinada por la existencia de esta irreemplazabilidad. Existen formas que al igual que aquel “e pur si muove” nos llevan a cuestionar lo que hasta ahora hemos considerado como incuestionable; formas con las que impugnar que muchas de nuestras actividades tengan que seguir los parámetros que llevaron a Hobbes a catalogar al hombre como “homo homini lupus” Pero éste es un tema que tanto por su complejidad como por la necesidad de que su materialización necesita ser justificada a tenor de la contemplación de las razones que nos lleven a tener que implementarla, por ahora considero que hemos de contentarnos con oponernos a las ruedas de molino con las que algunos pretenden que sigamos comulgando; una predisposición que me propongo utilizar para que poco a poco podamos ir desarrollándolo.



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