2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

De la Deuda Privada

De la Deuda PrivadaPostado por degregorio mar, mayo 10, 2016 00:54:51
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Es por todos sabido que en cualquier economía el crédito entre los miembros que la estén conformando es absolutamente necesario para su desarrollo. Si tuviéramos que llevar a cabo todas nuestras operaciones comerciales con pago al contado, sólo podríamos hacerlo en aquellas ocasiones en las que habiendo sido cobrada la totalidad de nuestras ventas, dispusiéramos de efectivo suficiente para volver a producir y distribuir nuevos productos o servicios.

Con respecto a la naturaleza de las acreditaciones que en sus operaciones llevan a cabo las empresas con su propio patrimonio es necesario entender que debido a su auto-cancelación, este incremento de la capacidad adquisitiva no ejerce una injerencia demasiado significativa en lo que representaría la existente masa dineraria. Y es por ello por lo que tenemos que hacer una diferenciación entre esta manera de autofinanciarse y las que se derivan tanto en función de un aditamento de los medios de cambio, como de un endeudamiento con una banca que los crean de una forma virtual. Un endeudamiento que como consecuencia de la derogación del patrón oro, el único límite que lo determina es la hipotética injerencia con la que los gobiernos puedan hacerle frente a las disposiciones con las que les confina el Capital.

Asumiendo como algo natural el hecho de que un incremento de las acreditaciones propiciado tanto por un mayor volumen de la Masa como por las concesiones de unos créditos que por su naturaleza constituyen deuda, deberían –y hasta ahora lo han venido propiciando-, una mayor actividad económica y potencialmente un acrecentamiento de las contrataciones laborales no es fácil entender cómo en función de esta alternativa, en los últimos años la producción de acero en EE.UU pasara de 72 millones de toneladas a 105 millones, mientras que el número de empleados descendiera de 289.000 a 74.000. Sólo nos es dable hacerlo, entendiendo que lo que ha propiciado este descabellado incremento de las acreditaciones ha sido facilitar unas inversiones que al facilitar a las empresas una mayor competitividad a través de una mayor especialización, un factor que entendimos tendría que haber servido para promover una mayor demanda de puestos de trabajo ha sido utilizado para incrementar los niveles del paro.

No me voy a detener en el hecho de si moralmente este acaecimiento podemos considerarlo positivo o si como todos asumimos es una lacra más que tenemos que imputarle al capitalismo. Y no voy a hacerlo porque la economía con la que comulgan los que pretenden ser sus únicos exegetas está tan podrida, que para hacerlo hay que concederles una capacidad de valorar una moralidad que no conocen. Voy a ser tan “matter of fact” como lo fueron aquéllos que a través de su poder los pusieron a su servicio. Voy a ser expeditivo. Voy sólo a utilizar la frialdad que podemos encontrar en los números.

Resulta que más allá del hecho de que si el poseedor de los medios de producción remunerara en su totalidad el valor de los bienes producidos; es decir, si no obtuviera ningún beneficio, su creación (o quizás, para ser más literal, su elaboración), carecería de sentido, a pesar de que los enganchados en la noria pretendan ocultarlo, en este hecho se encierra una realidad que es incontestable.

Resulta que si como se dijo en el párrafo decimoquinto del apartado 6.1.1.3 de la obra ¿Es posible otra economía de mercado?, “el valor de uso que el empresario paga al obrero por las mercancías y los servicios producidos, y el valor de cambio que hay que pagar por ellas en el mercado (una vez se ha incluido en las mismas lo que Marx denominó plusvalía), determinan una realidad que ha de condicionar a los que tienen como renta los mencionados valores de uso y tienen que desembolsar por lo que se ha producido, valores de cambio”, necesariamente se tienen que producir una serie de desequilibrios funcionales que por muchas triquiñuelas que dando más vueltas y más vueltas distribuyendo el agua desde los cangilones no se pueden superar. Con lo cual, siendo justo y racional que en toda actividad deba tener lugar un beneficio, a tenor de la manera en la que éste, no sólo es racionalmente distribuido, sino también, en función de la pragmática con la que es utilizado, esa superación no es dable alcanzarla. Lo cual nos lleva a otro punto que trasciende al que el capitalismo utilizó hasta la llegada de esos dos inefables sujetos que promovieron la institucionalización del neoliberalismo. Aquél que mencionado con anterioridad y anteriormente denostado por su falta de moral nos llevó (a través de la desregulación del modelo fraccionario, la libre circulación de capitales y una globalización al servicio de las multinacionales), a una situación de imposible solución racional.

Resulta que más allá del incremento de la productividad que hasta los años 70 del pasado siglo dimanó de una plusvalía relativa relacionada con la reinversión de los beneficios obtenidos, con la utilización de una financiación exógena, fundamentadas en unas acreditaciones bancarias que no se corresponden con el valor real de lo que había sido acreditado, los rendimientos económicos alcanzados a través de ese incremento de la productividad, como se demuestra en el siguiente gráfico, no se han distribido de una manera racionalmente equitativa. Como queda demostrado al conocerse que en los últimos doce años, en las economías más desarrolladas la productividad ha sido más de dos veces superior al de los salarios. Hecho que marginalmente ha ocasionado que al no haber participado las fuerzas del trabajo en el mayor producto conquistado, lo que no ha sido consumido ha conducido a los rebalses marginales que están perpetuando la existencia de esta larga crisis.


Resulta que en esta no racional distribución de beneficios, en el último lustro, los salarios percibidos por los trabajadores han descendido 50.646 millones de euros.

Resulta que como consecuencia de la financiación en la que desde 1995 se endeudaron las empresas en la busca de una mayor plusvalía relativa se han dejado de pagar millones de horas extras, así como tener que aceptar puestos de trabajo peor retribuidos. Un mal endémico que actualmente se ha encargado de calificar una impresentable seguidora de la Virgen del Rocío como de “movilidad geográfica” Y es que contra mayor sea la rentabilidad relativa que puedan alcanzar las empresas a través de sus endeudamientos, menor necesidad de mano de habrá y consecuentemente mayor dependencia laboral. Pero eso no es todo. Mientras mayor sea estos endeudamientos, mayor será su necesidad de desapalancarse como consecuencia de la menor tasa de ganancia que se ha de obtener en un proceso en el que prácticamente se haya eliminado la existencia de la plusvalía absoluta.

Pero lo más curioso (aunque profundizando un poco más, lo más correcto sería decir, lo más repugnante), es que (como nos vuelve a mostrar otro gráfico,

cuando las empresas, debido a las contradicciones del capitalismo, precisaban mayores apoyos de la banca (es decir, cuando necesitaban endeudarse más para hacer frente a sus dificultades), esa banca les cortó radicalemnete el crédito. Y así lleva desde febrero de 2011 a febrero del 2016.

Y ahora, que vengan los que han utilizado a Juan de Mariana a explicarnos lo que son las monedas de vellón.



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