2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

la renta básica

LA RENTA BÁSICAPostado por degregorio vie, abril 28, 2017 11:52:56

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Que este modelo de economía está llamado a desaparecer es una apreciación que ya están contemplando los que detentan el poder. Con independencia de la bravuconería proferida por uno de los iconos que más se han enriquecido a través de la especulación, en el santuario de los que utilizando este modelo expolian al pueblo han tenido que reconocer que con su manera de entender lo que debe ser la economía se ha generado una situación que cada día es más insostenible; una situación que para solventarla no les es dable seguir catequizando a la población con lo que ésta "debe ser". Y ante el hecho de que con medidas que teóricamente racionalicen las disfunciones que tienen lugar en este modelo no les ha sido posible conseguirlo (en función de que todas ellas dificultarían el deseado desarrollo del mismo), ya han empezado a ponderar sobre la necesidad de establecer una renta básica que sustituyendo, o en su caso complementando las válvulas de escape con las que hasta ahora trataron de perpetuarlo.

Considerando que antes de pasar a pormenorizar sobre la representatividad de esta ponderación, así como lo que la misma significaría para sus beneficiarios, es necesario describir los por qué el derrumbe de este modelo es algo inevitable. Y a pesar de que con ello me voy a desviar un tanto de los fines perseguidos a través de estas líneas, para no dejar en el aire lo que para los implicados en el caso esta premonición sería tan sólo una conjetura, voy a sacar a la palestra situaciones que aunque repetidamente denunciadas por economistas no enganchados a la noria podrían considerarse como algo extraño a lo que con ellas pretendo señalar.

Si nos retrotraemos a lo que Marx denominó como plusvalía, todos estaremos acuerdo (aunque habrá alguno que tratará de emborronar la situación recurriendo a razonamientos que tratarían de impedirlo), en que lo que como valor concertado se abona a las fuerzas del trabajo, no es posible adquirir lo que como producto del trabajo conlleva un valor de cambio. Esto es algo tan incuestionable como consecuente es que no se pueda llevar a cabo un proceso productivo si con él no se obtiene un beneficio. Lo que hay que analizar, y esto es un cometido de primaria en economía, es que si existe esta diferencia entre el valor contractual y el de cambio es porque entre ellos ha tenido lugar la existencia de un factor que aunque totalmente necesario, instituye una realidad que necesariamente es excluyente; una realidad que al plasmarse por medio de estos beneficios como acumulación, nos ha llevado a las diferencias que concurren entre el valor contractual y el valor de cambio.

Entre aquéllos que como emborronadores anteriormente hicimos referencia tenemos aquel sujeto que urdiendo lo que él, (entre otros) muchos consideraba una salida al atasco en el que se encuentra este modelo dijo aquello de "por desgracia tenemos que acostumbrarnos a trabajar más y cobrar menos". Entre los otros, el presidente de la IEE (el think tank de la CEOE); el que en su encubierta defensa de la tasa de ganancia profirió: "Subiendo el salario mínimo no se consigue mejorar la calidad del empleo, sino que se merman las oportunidades de los trabajadores que podrían conseguir empleo en otras condiciones". Con lo cual, si por una parte abogaba por una mejora de la calidad del empleo (con la cual este modelo busca incrementar la productividad y con ello la tasa de ganancia), se sentía preocupado porque de subirles el salario mínimo, (los que por razones ajenas a este modelo no hubieran adquirido una especialización), tendrían que seguir siendo lo que Marx denominó como lumpen del proletariado. Un estado del cual sólo ellos serían los culpables. ¿Es que este personaje cree que el tener que depender en el mejor de los casos de un salario mínimo constituye un antojo? ¿Es decente abogar por un incremento per se de lo que haya de ser la especialización del capital humano, cuando al igual que ocurre con la posesión de los medios de producción, se insta a aquéllos que no la hayan adquirido, a alcanzar lo que el modelo les hurtó?

Llegados a este punto no creo que sea preciso catalogar el desarrollo que sigue este modelo. Considero mucho más interesante concienciar a los que lo posibilitan que esta trayectoria no pueden mantenerla. Prácticamente ya han utilizado todas las opciones con las que expoliar a la mayor parte de la, población. Con la institución de una nobleza que por la fuerza de las armas y la exclusión de la cultura que patrocinó la religión, mantuvo a ese pueblo sumido en la miseria y en la inopia; con el establecimiento de un sistema de producción en cadena que incrementando las tasas de ganancia, con independencia de reducir los puestos de trabajo nos ha venido demostrando que los rendimientos obtenidos con un aumento de la productividad sigue el mismo camino que el que tiene lugar entre el valor contractual y el valor de cambio; con un proceso que, como el de las acreditaciones, ante la falta de demanda de lo producido, pospone ad futuro lo que no es dable pagar en el presente; y elevando el desafuero a su enésima potencia, incluso llegando a acreditar unos valores que no se corresponden con la riqueza que dicen estar representando. Pero además de todo eso, como penúltimo recurso, este modelo ha ideado un artificio con el que pretendiendo controlar todos los contratiempos con los que tropieza, es mucho más conminativo que todos los que hasta ahora ha venido ensayando. Me refiero a la desaparición del dinero en efectivo. Una argucia que denuncio en los artículos “Del dinero y de la trampa que se está forjando con la digitalización (l) y (ll), que por la importancia de las derivadas que de la misma se habrán de originar considero necesario concederle una atención que de prestársela en este momento me llevaría a posponer lo que como un análisis de las aberraciones que concurren en el capitalismo tenemos que afrontar. Esa atención con la que éste está tratando de metabolizar que para poder continuar de una forma más o menos consensuada lo que hubiera de ser su desarrollo, tendrá que asumir un inasumible que le permita poder seguir haciéndolo. La concesión de una distribución de unos rendimientos que al par de posibilitar el futuro desarrollo de sus actividades, constituya un componente marginal que en cierta forma aminore los rebalses que se crean por una falta de demanda. Lo cual nos lleva a tener que hacer un análisis de las diferentes formas con las que esta concesión de la distribución de rendimientos tendremos que abordarla.

SOBRE LA NATURALEZA DE LA RENTA BÁSICA

Dos de los conceptos que con mayor nitidez han de ser establecidos son los que se refieren a la necesidad de precisar por una parte la representatividad de su institucionalización; y por otra, si con ella habríamos resuelto la situación que ha desembocado a tener que instituirla.

Con respecto a la primera de estas precisiones, independientemente de que el mismo modelo esté empezando a contemplarla como un remiendo funcional, lo que en éste no se ha llegado aún a asumir es que la Renta Básica, por su naturaleza ha de tener el rango de lo privativamente universal; una universalidad que no se refiere a lo que se define como planetario, sino a lo que como inalienabilidad dimana de lo humano.

En lo que se refiere a la segunda, ser consciente que con ella sólo estaríamos reduciendo las extremas situaciones en las que se encuentra una parte de nuestra sociedad. Como ha sido dicho con anterioridad, la Renta Básica (independientemente de que solventara una parte substancial de estas situaciones extremas), sólo sería un recurso que le permitiera al capital seguir una trayectoria que prevé inviable. Un augurio que aunque presciente intentara combatir tanto con la refutación de su objetividad como con la obcecación con la que subjetivamente se recurre a soluciones de naturaleza extrema. Y entre ellas se encontraría aquella que seguiría a la que anteriormente definimos como penúltimo recurso.

SOBRE SU FINANCIACIÓN

Más allá de los estudios que se han llevado a cabo en diferentes comunidades españolas con respecto a la factibilidad de que la Renta Básica sea financiada a través de las imposiciones al IRPF, la cuestión está en si como consecuencia de las derivadas que se habrían de producir en este modelo (entre las cuales estarían un incremento desaforado de la elusión de beneficios en función de una estructura financiera, o simplemente a través de la fuga de las empresas y los capitales), sería dable conseguir que las imposiciones con las que se hubieran de grabar a los sujetos impositivos podrían llevarse a cabo, o si por el contrario, para evitar en cierta forma esta incidencia, además de un control exhaustivo de sus actividades, una parte substancial de esta financiación tendría que materializarse bien por medio de la Deuda Pública, bien con un incremento de la masa dineraria. Opciones que entiendo hasta ahora no han sido contempladas suficientemente y que por su relevancia no sólo determinan las decisiones con las que tengan que asumirlas los que se sientan más perjudicados, sino asimismo los que tratando de dejar de serlo tengan que ponderar las formas con las que superar la situación con la que se estén enfrentando.

Conociendo como conocemos la respuesta que habría de dar el capital a los gravámenes que se habrían de imponer para posibilitar la Renta Básica y conociendo que un control absoluto de sus actividades nos habría de llevar a un totalitarismo que ni el capital ni los poderes que medrando lo sustentan de buena gana habrían de aceptar, no parece que la opción con la que hasta ahora se ha pretendido financiar la Renta Básica sea muy hacedera. Sólo nos quedaría la calle. Y la calle es una opción que por múltiples razones, ni al capital ni a nosotros mismos, nos puede interesar. A mi entender será preciso instituir la Renta Básica de una manera gradual y al mismo tiempo acompañada por la presión que en otros lugares ejercieran aquéllos que hubieran asimismo decidido utilizar el potencial compromiso de la calle. Es en este caso dónde por ser la llave con la que liberarse, la Renta Básica habría adquirido no solo la connotación sino la categoría de Universal.

Una vez asumido que el capital tendría que colaborar en la financiación de esta renta, examinemos la incidencia que a groso modo nos habría de ocasionar la que hubiera de llevarse a cabo a través de la emisión de Deuda Pública y la creación de más medios de cambio. Esta última elección en el supuesto de que hubiéramos recuperado nuestra política monetaria y enviado a la Troika, al FMI y a la OMC a las sentinas de las que salieron,

En lo que se refiere a la primera hemos de distinguir si esta Deuda sería de naturaleza interior o exterior. Y esto, en función de las servidumbres que para nuestra economía habría de representar una deuda contraída con un agente externo que por su naturaleza utilizaría esta dependencia para incrementar los resultados económicos y políticos que con ella pudiera obtener.

En este contexto y asumiendo que ésta fuera mayoritariamente una deuda endógena y con independencias de las injerencias que estos acreedores pudieran ejercer en la política económica de nuestra economía, lo que necesariamente habría que hacerle asumir al capital sería, que en función de que con esta fórmula se estaría posibilitando que su participación en la financiación de la Renta Básica sería un algo que estaría aminorando la incidencia económica que éste tuviera que soportar para llevarla a cabo, no podría considerarlo como otra más de las actividades extractivas que acostumbra materializar. Y es que si contemplando que para asegurar sus pertenencias y seguir llevando a cabo su trayectoria como detentador de los medios de producción y de distribución necesita evitar lo que ya considera inevitable, lo que no puede hacer es tratar de alcanzar una rentabilidad a su participación en la Deuda Pública que lo único que haría sería dificultar el desarrollo que quizás un tanto ingenuamente compartiéramos con él. En este contexto, para asegurar y asegurarse del buen fin que le tendría que conceder a este proyecto, por una parte, el interés que esta participación hubiera de obtener tendría que ser inferior al IPC (un IPC en cuya conformación ya se habría tenido en cuenta la existencia de unos beneficios), mientras por otra, su adquisición de Deuda Pública tendría que tener una duración mínima de 30 años. Es cierto que en su innata inconsciencia, sin haber asumido que ésta sería la única vía en la que poder perpetuarse trataría de encontrar mejores rendimiento; y es entonces cuando tanto los gobiernos como la calle tendrían que obligarle a desistir de dicho empeño.

Una vez enunciadas de manera somera las disposiciones que a mi entender tendrían que ser aplicadas, considerando los esfuerzos que el capital tendría que hacer, creo necesario mencionar una serie de ventajas que derivadas de las disposiciones anteriormente mencionadas le harían superar muchas de las dificultades que hogaño encuentra en el desarrollo de esta economía de mercado.

En primer lugar tendríamos que con una renta que garantizara un consumo digno, se incrementarían las ventas y consecuentemente los beneficios de las empresas; con lo cual y como consecuencia de las imposiciones con las que éstos se hubieran de gravar, se estaría reduciendo en cierta forma las que se tuvieran que imponer a través del IRPF. Y aunque es cierto que los resultados obtenidos con este aumento de las ventas y de los beneficios siempre serían menores que las imposiciones que para promoverlos se hubieran tenido que aplicar, no es menos cierto que ante la existencia de un requerimiento que como el de la implantación de una renta básica ha sido contemplado como inevitable, lo que siendo menor contribuyera a reducir su incidencia ha de ser contemplado como algo positivo.

En segundo lugar al estar incrementándose el consumo, las ventas y el empleo, estaría disminuyendo las enormes cuantías que la Administración tiene que abonar por su prestación; unas cuantías que si fueran aplicadas al proceso productivo en función de su incapacidad para satisfacer el derecho al trabajo, el desempleo no existiría. En este contexto, sin tratar de justificar una procedencia que nos habría de llevar a un modelo económico rayano en el totalitarismo, tampoco podemos obviar que este modelo de economía de mercado hace uso de un ejército de desocupados que por las condiciones en las que se encuentra no es menos totalitario que aquél que no hemos tratado de justificar.

Y en tercer lugar tendríamos que debido a un incremento del bienestar social que habría de conllevar una mayor educación y especialización de los trabajadores, las empresas podrían ser mucho más competitivas especialmente en lo que se refiere a los mercados exteriores; es decir, lo utilizado en la conformación de una renta básica estaría sirviendo para romper el paradigma que como prioridad caracteriza a muchos de nuestro empresarios: conseguir la máxima rentabilidad con las menores inversiones en un mínimo de tiempo.

Con respecto a la parcial cobertura de la renta básica a través de un incremento de la masa que a pesar de incidir sobre el déficit presupuestario constituiría un incentivo a la actividad económica y consecuentemente a la reducción del paro, me remito a lo expresado en los artículos Sobre la teoría monetaria moderna (l) y (ll); artículos en los que con independencia de las consecuciones y limitaciones que se derivan de la imposición de una renta básica, se manifiestan una serie de incidencias marginales que como realidad y como aditamento nos muestran que tanto la TMM como la RB no son más que unos artificios con los que se intenta superar las contradicciones que concurren en el capitalismo. Y que por tanto es preciso ir más allá. Pero esto es algo que habiendo sido diseñado en la obra ¿Es posible otra economía de mercado?, al no haber podido ser publicitado solo poco a poco podremos ir forjándolo.



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la renta básica

LA RENTA BÁSICAPostado por degregorio vie, abril 28, 2017 11:49:03
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A Jordi Arcarons, Daniel Raventós, Lluís Torrens y todos aquéllos visionarios que, quizás sin ponderar suficientemente la naturaleza del endriago con el que se enfrentan, han venido defendiendo que los seres humanos están por encima de las ideologías y de las formas en las que se desarrolla el actual proceso económico.

El que se haya de considerar como necesaria la instauración de una Renta Básica es lo que se negaron asumir aquéllos que no previeron que en su búsqueda de un permanente incremento de la rentabilidad se iba a incrementar de tal manera las diferencias entre los poseedores y los desposeídos, que se ha considerado necesario solventar la situación a través de lo que con elaborada pertinacia han tratado de ignorar: el establecimiento de una Renta Básica que va más allá de las subvenciones con las que se quiere edulcorar las injusticias que dimanan de una proterva distribución de lo producido; una distribución que en función de ser una asignación asegurada, rompe todos los parámetros con los que se ha intentado enmascarar a través del socorro y la limosna las desigualdades que se producen en el capitalismo. Lo que ocurre es que el modelo de estos gestores, al par de irresponsable, es extremadamente tozudo. No pueden entender que con sus consecuciones se encuentran con haber parido un feto que no pueden socialmente bautizar. Tienen que conservarlo en formol. Eso sí, inscribiéndolo en sus Cartillas de Familia como el resultado natural de una concepción en la que el que se contempló a sí mismo como diferente había tenido que inscribirlo como un miembro de lo que no reconocía.

Una vez sacados a la palestra lo que este modelo ha pretendido mantener soterrado hemos de ponderar los que con el establecimiento de la Renta Básica tendremos que enfrentarnos. No sólo por la enorme cuantía de recursos materiales con los que este modelo acostumbra desaconsejar la procedencia de lo que se pretende modificar; ha de ser tenido en cuenta la ingente cantidad de personas que honesta o interesadamente, con razonamientos más o menos elaborados y consignas completamente discurridas, impugnan y desacreditan lo que pudiera poner en peligro una situación de privilegio.

No voy a detenerme en esa argucia liberal con la que, refutando las virtudes de la distribución de las riquezas, se pretende argumentar (como hace el señor Rallo), que en un mundo en el que todo fuera de todos, la libertad sólo podría manifestarse por licencia de la mayoría. Y no lo hago, porque la mayoría que él contempla, en función de las circunstancias que concurren en una economía de mercado, no es aquélla a la que se refirió Rousseau en su Contrato Social.

Tampoco voy a detenerme en lo que expone como Principio de Voluntariedad, o autonomía contractual. Y desisto de hacerlo porque esta voluntariedad contractual se encuentra sometida en los pactos por unas circunstancias asimismo derivadas de la existencia de un modelo que vulnera los derechos natural y positivo con los que razonadamente se debe regular la convivencia. Como dice el señor Raventós, en la relación entre ricos y pobres no existe libertad contractual.

No entiendo como el señor Rallo puede decir que la Renta Básica puede conculcar los derechos de las personas para realizarse vitalmente. A menos que esté obligado a conceder que para realizarse de una forma vital es requisito indispensable no haber sido receptor de aquellas armas con las que abrirse camino en la selva que ha conformado este modelo. No entiendo cómo si para alcanzar esta realización vital es necesario carecer de unos medios que podrían ayudarle a alcanzar este objetivo, no contempla asimismo que aquéllos que no precisan esta renta, para realizarse (entendiendo que esta realización conlleva el haber tenido que luchar para conseguirlo), deberían rehusar sus privilegios. Y no lo entiendo, porque a continuación arguye que con 625 euros se establece una relación en la que los que cobraran una renta básica se encontrarían determinados por los que obtuvieran unas mayores rentas.

Es cierto que con la renta básica no se solucionan las diferencias entre el valor contractual (entendido como el salario implicado en la elaboración de los bienes y servicios que han de ser utilizados), y el valor de cambio que se ha de pagar por esos bienes y servicios. Seguirían produciéndose acumulaciones. Lo que ocurriría es que con los gravámenes que se habrían de aplicar para posibilitarla se estarían reduciendo las diferencias que concurren entre ambos valores.

Como dice el señor Rallo, el capitalismo se basa en la acumulación. El capital es inversión. La inversión viene del ahorro. Y el ahorro viene de la reducción del consumo. Lo cual me lleva a pensar, si esto es así, ¿cómo se justifica una reflexión que como exhortación nos aconseja la reducción del consumo y el apego al ahorro cuando la actividad del capital esté prioritariamente fundamentada en inducirnos a un consumo compulsivo? Aunque ahora que lo pienso, olvidé que para el capitalismo nosotros somos algo extraño. Somos algo que hay que utilizar y esta utilización exige que seamos catequizados y utilizados como cosas. Somos exclusivamente células de un tejido que ni siquiera es social; células de las cuales se puede prescindir cuando en ese tejido han perdido su solo conjeturada representatividad. Y este modelo estima que el capital es algo más que un conjunto de células; y al entender que solamente constituyen un medio, se atribuye a sí mismo la interpretación de lo que debe ser el tejido social. Lo considera como un complemento necesario para que con su utilización, como juez, como diseñador y hasta como casero el capital pueda lucir en todo su esplendor. Y el capitalista se ha tomado tan en serio el papel que ha de representar, que ha transubstanciado su propia identidad en algo que necesitando un complemento considera que está exento de toda dependencia.

Teniendo en cuenta la enorme oposición que habrá de suscitar una R.B. que estaría obligando a este modelo a cotizar a sus decilas superiores unos gravámenes que el capital consideraría confiscatorios, a mi entender, lo primero que tenemos que hacer es ponderar de qué forma podemos obligar a quienes desde mucho antes de Espartaco sostienen por el mango la sartén en la que se cocina lo que se ha mantenido en la despensa. Sobre todo cuando es público y notorio que este modelo ha sodomizado a los gobiernos; y que por tanto, éstos, según sostiene el señor Rallo (aunque él lo dice por la existencia de unas regulaciones que a su entender importunan el deseado desarrollo del modelo neoliberal), no son más que una mafia organizada para apalear, secuestrar y robar a la gente.

La historia se ha venido inexorablemente repitiendo. Es como si no hubiéramos podido asimilar que con independencia de mantenernos eternamente vigilantes, todas las consecuciones que hemos podido arrancarle a este modelo, las hemos alcanzado a través de un toma y daca en el que se han venido ponderando las consecuencias que se habrían de derivar de un rechazo, que defendiendo algo puntual, podría estar poniendo en peligro la representatividad de lo global.

Pero es que además (y a esta adición hay que conferirle un énfasis elefantisíaco), no podemos olvidar la significación que para la ciudadanía habrá de tener una renta básica que al estar dirigida a todos los ciudadanos (incluidas las amas de casa, los parados y los estudiantes), en la lógica disposición a razonar sobre lo que hubiera de ser asignado se estaría sacando a la palestra aquéllas subvenciones que teniendo que cubrir los gastos de entidades tan transparentes y democráticas como son el ejército y la casa real, inexplicablemente podrían ser puestas en tela de juicio.

El mercado es el mercado. Incluso cuando ese mercado, como consecuencia del incremento de la tecnología cada vez demanda menos mano de obra. Porque esta disminución de los puestos de trabajo tendrá que ser cubierta con subsidios de paro…; y aunque es cierto que con subvenciones y con una buena dosis de mentiras y promesas se intenta remendar aquello de lo que se ha abusado, el mercado es el mercado; y sus principios (aunque quizás sería mejor decir, su abecedario) los ha expuesto con absoluta claridad el primer economista jefe del BCE, Omar Issing. El cual, al referirse a esta Europa de los mercaderes nos ha dicho:

"la actual falta de flexibilidad del mercado de trabajo unida a los incentivos “mal orientados” que proporciona la Seguridad Social y el Estado de Bienestar son incompatible con la moneda única”.

¡Pues que se vaya la moneda única al carajo!

Lo que este insigne primer economista jefe del BCE no ha llegado a digerir (quizás por su continua ingestión de las innumerables recomendaciones que le han proporcionado los lobbies que infestan Europa), es que si esta falta flexibilidad es incompatible con el desarrollo del euro, esta cuadrilla de facinerosos al servicio de los capitalistas hemos de mandarlos al lugar que por sus inmerecidos meritos les corresponde. Por ejemplo, al Tribunal de la Haya. Este insigne primer economista del BCE está bebiendo (y además lo esta haciendo hasta atiborrarse), en unas fuentes exclusivamente vinculadas con la consecución de unas riquezas dedicadas a la acumulación; unas riquezas que al no ser distribuidas entre todos los componentes de la sociedad son totalmente incompatibles con las funciones que debe desarrollar la economía. Este economista enganchado en la noria parece no entender que la flexibilización laboral que pretende el neoliberalismo (acompañada por la liberalización total de los mercados) conlleva la imposibilidad de que los trabajadores puedan cotizar y hacer posible sus jubilaciones. Y en lugar de asumir que en una economía cada vez más rica existen recursos suficientes, considera que es necesario que los trabajadores concierten con la banca (a semejanza de la mochila austriaca abanderada por el señor Rallo y un tal señor Linde), unos fondos con los que garantizar sus futuras pensiones. Utilizan el manido argumento de que la provisión de las pensiones está íntimamente vinculada con la disminución de la natalidad y no con la existencia de unas cotizaciones que debido a la nefasta legislación laboral de una tal Báñez, pasará a la posteridad como una muestra más de lo que es el elenco de este malgobierno. Utilizan el manoseado argumento de la natalidad y no se les cae la caras de vergüenza (será quizás porque por su dureza se encuentran firmemente ancladas en sus patéticas estructuras morfológicas), cuando alegando que en el futuro no habrá suficientes cotizantes, cínicamente no mencionan los cientos de miles, que al tener que emigrar, no pueden cotizar. No entienden (o quizás sería mejor decir, no han sopesado la importancia que tiene el entenderlo), que en la economía capitalista concurre una dicotomía entre los derechos y razonamiento que se adjudica el capital y los que racional y legislativamente tienen y deben ser adscritos a la ciudadanía.

Una vez asumida la situación en la que nos encontramos ¿es hacedero pretender (sin que esta pretensión sea secundada con unas rebeliones que hasta ahora sólo han conseguido la aparición de caras nuevas que con el tiempo se convirtieron en carátulas), que sólo con la convicción de que es preciso la instauración de una R.B. podremos alcanzar nuestro objetivo? A mi entender no es suficiente. Es necesario ir más allá. Y esto es algo que he tratado de desarrollar en la obra ¿Es posible otra economía de mercado? No obstante, con independencia de seguir acariciando la instauración de un proyecto como el de la renta básica, será preciso forjar una cultura en la que al individuo se le enseñe que como ente racional, ha de estar dispuesto a utilizar sus potencialidades conformando una estructura con la que independizarse de los sometimientos con los que le sojuzga el capital, los gobiernos y sus leyes. Un capital, unos gobiernos y unas leyes que a través de la culturización subjetivada que han tenido a bien imponernos, nos han convertido en algo que a tenor de nuestra actual incapacidad de comportarnos como lo que decimos somos, nos contemplan como algo que en nuestras manifestaciones sólo contamos como componentes demoscópicos. Hemos de concienciarnos que tenemos que conformar una estructura en la que nuestra capacidad de razonar nos permita establecer una forma de gobernar en la que sea el pueblo el actor y el objeto de lo que se decida; una estructura que ha de ser el fruto de un parto. Y este parto es tan doloroso para aquellos que evaden sus beneficios a través de una ingeniería financiera, que para darlo a luz, entre otras cosas será preciso interferir en las formas con las que la banca lleva a cabo sus mafiosas transacciones.

Últimamente (con independencias de las opugnaciones orquestadas por el señor Rallo) estamos viendo como, aunque de manera bien intencionada, se están manifestando unas refutaciones al establecimiento de la R.B. que a pesar de contener un germen que las justifican, en la mayor parte de los casos resultan infundadas. Con ello me refiero a que según éstos, la imposición de esta R.B. habría de provocar un efecto inflacionario impulsado por un mayor nivel de renta de las clases más desfavorecidas. Como si en contraposición al superior consumo que pudieran disfrutar estas inconsecuentes clases fueran un anatema que no se estaría produciendo como consecuencia del consumo de los mayores beneficios obtenidos por el capital. Como si con independencia de la existencia de una inflación provocada por una demanda marginal, el capital no hubiera sido el principal agente que la hubiera ocasionado al elevar los precios en la seguridad de obtener mayores beneficios. Se arguye que los autónomos y pequeñas empresas tendrían que desaparecer debido al establecimiento de una R.B. que estaría incrementando sus costos salariales; como si agobiados por la indefensión que estos pequeños empresarios estuvieran sufriendo con respecto a las grandes empresas la Administración no estuviera obligada a implementar los medios con los que mitigarla. Se podrá decir que esta orfandad constituye una realidad; pero si su vigencia es algo actual es porque a aquella indefensión hay que sumarle la nula oposición con la que estos pequeños empresarios defienden sus derechos. Todo lo que se deba de alcanzar ha de ser conseguido en función del derecho que haya de asistir a ese deber. El derecho se debe imponer. Aconsejablemente a tenor de esa actividad intelectiva que nos lleva a conocer de su existencia; marginalmente, haciendo uso de esa misma función, a través de coacciones que nos permitan materializarlo.

Mas allá de las situaciones que han sido contempladas, existen otras que la R. B., por ser ésta exclusivamente una medida adicional a las que para superar las disfunciones de este modelo se intenta aplicar, sólo puede conseguir una minoración de sus aberraciones. Entre ellas se encuentra la de que en multitud de casos, con el establecimiento de la R.B. muchos empresarios sopesarían la posibilidad de reducir salarios en función de los factores que pudieran concurrir con respecto a la situación en la que se encontraran los trabajadores. Una irrenunciable derivada que contemplo en la primera parte de la obra ¿Es posible otra economía de mercado? En ella se dice lo siguiente:

Si observamos en toda su gélida crudeza el comportamiento del mercado laboral, podremos contemplar que esta manera de actuar no es más que la expresión de todo lo bueno y de todo lo malo que los humanos podemos hacer. Advertiremos que las ofertas y demandas laborales solicitadas tanto por las empresas como por los trabajadores, no suelen estar determinadas sólo en función de un valor o una escasez; que existe todo un cúmulo de factores, tanto físicos como psíquicos, que hacen que la situación en la que cada uno de ellos se encuentre, sea el determinante que mediatice la postura del otro.

Sacando a colación la archiconocida ley de la Oferta y la Demanda, el oferente de un puesto de trabajo es consciente de la situación en la que se pueden encontrar tanto la mujer como el que por primera vez solicita un empleo. El mundo empresarial conoce que las necesidades de éstos, generalmente son menores que las de un padre de familia. Y aunque en teoría, esta menor dependencia hacia lo que las empresas les pudieran ofrecer, tendría que incrementar el precio de sus ofertas, la realidad es que al materializarse esta demanda de forma indefectible (ya sea debido a los deseos que unos pudieran tener para realizarse en el trabajo, ya sea en otros la aspiración de conseguir mejoras), las empresas pueden contar como un factor determinante de su oferta, el hecho de que debido a su falta de necesidad, aquéllos aceptarán una menor retribución.

Sabemos lo que ocurre; y deploramos que haya de ser así; pero si respetando las leyes de un mercado que ha sido el único que ha demostrado una eficiencia y una capacidad para que en él pueda desarrollarse la libre iniciativa, queremos modelar su cara más humana, tendremos, tanto que provisionalmente admitir sus desafueros, como tratar de corregirlos. Si nosotros sabemos que una demanda laboral, que en igualdad de capacitación, y habiendo sido en principio considerada como marginal, al ser incorporada en el puesto demandado debió perder su marginalidad y con ella la diferenciación retributiva que hubiera tenido con respecto al resto de las fuerzas laborales, el que nosotros tengamos que aceptarla en la manera en que lo hacemos, es tanto el fruto del uso de la fuerza de unos, como del de la debilidad de otros. De una fuerza y una debilidad que no caducan, porque al seguir vigente esa menor necesidad y al mantenerse las demandas de estos colectivos, la relación sigue siendo la misma: la de que los demandantes se contenten con menos, y la de que los oferentes no tengan necesidad de ofrecer tampoco más por ellas.



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la renta básica

LA RENTA BÁSICAPostado por degregorio mar, enero 24, 2017 19:00:18


...........................2015 + 2 El año del cambio........................

LA RENTA BÁSICA TIENE QUE SER RESULTADO DE UN PARTO (l)

degregorio.unaeconomiasocial.es

A Jordi Arcarons, Daniel Raventós, Lluís Torrens y todos aquéllos visionarios que, quizás sin ponderar suficientemente la naturaleza del endriago con el que se enfrentan, han venido defendiendo que los seres humanos están por encima de las ideologías y de las formas en las que se desarrolla el actual proceso económico.

El que se haya de considerar como necesaria la instauración de una Renta Básica es lo que se negaron asumir aquéllos que no previeron que en su búsqueda de un permanente incremento de la rentabilidad se iba a incrementar de tal manera las diferencias entre los poseedores y los desposeídos, que se ha considerado necesario solventar la situación a través de lo que con elaborada pertinacia han tratado de ignorar: el establecimiento de una Renta Básica que va más allá de las subvenciones con las que se quiere edulcorar las injusticias que dimanan de una proterva distribución de lo producido; una distribución que en función de ser una asignación asegurada, rompe todos los parámetros con los que se ha intentado enmascarar a través del socorro y la limosna las desigualdades que se producen en el capitalismo. Lo que ocurre es que el modelo de estos gestores, al par de irresponsable, es extremadamente tozudo. No pueden entender que con sus consecuciones se encuentran con haber parido un feto que no pueden socialmente bautizar. Tienen que conservarlo en formol. Eso sí, inscribiéndolo en sus Cartillas de Familia como el resultado natural de una concepción en la que el que se contempló a sí mismo como diferente había tenido que inscribirlo como un miembro de lo que no reconocía.

Una vez sacados a la palestra lo que este modelo ha pretendido mantener soterrado hemos de ponderar los que con el establecimiento de la Renta Básica tendremos que enfrentarnos. No sólo por la enorme cuantía de recursos materiales con los que este modelo acostumbra desaconsejar la procedencia de lo que se pretende modificar; ha de ser tenido en cuenta la ingente cantidad de personas que honesta o interesadamente, con razonamientos más o menos elaborados y consignas completamente discurridas, impugnan y desacreditan lo que pudiera poner en peligro una situación de privilegio.

No voy a detenerme en esa argucia liberal con la que, refutando las virtudes de la distribución de las riquezas, se pretende argumentar (como hace el señor Rallo), que en un mundo en el que todo fuera de todos, la libertad sólo podría manifestarse por licencia de la mayoría. Y no lo hago, porque la mayoría que él contempla, en función de las circunstancias que concurren en una economía de mercado, no es aquélla a la que se refirió Rousseau en su Contrato Social.

Tampoco voy a detenerme en lo que expone como Principio de Voluntariedad, o autonomía contractual. Y desisto de hacerlo porque esta voluntariedad contractual se encuentra sometida en los pactos por unas circunstancias asimismo derivadas de la existencia de un modelo que vulnera los derechos natural y positivo con los que razonadamente se debe regular la convivencia. Como dice el señor Raventós, en la relación entre ricos y pobres no existe libertad contractual.

No entiendo como el señor Rallo puede decir que la Renta Básica puede conculcar los derechos de las personas para realizarse vitalmente. A menos que esté obligado a conceder que para realizarse de una forma vital es requisito indispensable no haber sido receptor de aquellas armas con las que abrirse camino en la selva que ha conformado este modelo. No entiendo cómo si para alcanzar esta realización vital es necesario carecer de unos medios que podrían ayudarle a alcanzar este objetivo, no contempla asimismo que aquéllos que no precisan esta renta, para realizarse (entendiendo que esta realización conlleva el haber tenido que luchar para conseguirlo), deberían rehusar sus privilegios. Y no lo entiendo, porque a continuación arguye que con 625 euros se establece una relación en la que los que cobraran una renta básica se encontrarían determinados por los que obtuvieran unas mayores rentas.

Es cierto que con la renta básica no se solucionan las diferencias entre el valor contractual (entendido como el salario implicado en la elaboración de los bienes y servicios que han de ser utilizados), y el valor de cambio que se ha de pagar por esos bienes y servicios. Seguirían produciéndose acumulaciones. Lo que ocurriría es que con los gravámenes que se habrían de aplicar para posibilitarla se estarían reduciendo las diferencias que concurren entre ambos valores.

Como dice el señor Rallo, el capitalismo se basa en la acumulación. El capital es inversión. La inversión viene del ahorro. Y el ahorro viene de la reducción del consumo. Lo cual me lleva a pensar, si esto es así, ¿cómo se justifica una reflexión que como exhortación nos aconseja la reducción del consumo y el apego al ahorro cuando la actividad del capital esté prioritariamente fundamentada en inducirnos a un consumo compulsivo? Aunque ahora que lo pienso, olvidé que para el capitalismo nosotros somos algo extraño. Somos algo que hay que utilizar y esta utilización exige que seamos catequizados y utilizados como cosas. Somos exclusivamente células de un tejido que ni siquiera es social; células de las cuales se puede prescindir cuando en ese tejido han perdido su solo conjeturada representatividad. Y este modelo estima que el capital es algo más que un conjunto de células; y al entender que solamente constituyen un medio, se atribuye a sí mismo la interpretación de lo que debe ser el tejido social. Lo considera como un complemento necesario para que con su utilización, como juez, como diseñador y hasta como casero el capital pueda lucir en todo su esplendor. Y el capitalista se ha tomado tan en serio el papel que ha de representar, que ha transubstanciado su propia identidad en algo que necesitando un complemento considera que está exento de toda dependencia.

Teniendo en cuenta la enorme oposición que habrá de suscitar una R.B. que estaría obligando a este modelo a cotizar a sus decilas superiores unos gravámenes que el capital consideraría confiscatorios, a mi entender, lo primero que tenemos que hacer es ponderar de qué forma podemos obligar a quienes desde mucho antes de Espartaco sostienen por el mango la sartén en la que se cocina lo que se ha mantenido en la despensa. Sobre todo cuando es público y notorio que este modelo ha sodomizado a los gobiernos; y que por tanto, éstos, según sostiene el señor Rallo (aunque él lo dice por la existencia de unas regulaciones que a su entender importunan el deseado desarrollo del modelo neoliberal), no son más que una mafia organizada para apalear, secuestrar y robar a la gente.

La historia se ha venido inexorablemente repitiendo. Es como si no hubiéramos podido asimilar que con independencia de mantenernos eternamente vigilantes, todas las consecuciones que hemos podido arrancarle a este modelo, las hemos alcanzado a través de un toma y daca en el que se han venido ponderando las consecuencias que se habrían de derivar de un rechazo, que defendiendo algo puntual, podría estar poniendo en peligro la representatividad de lo global.

Pero es que además (y a esta adición hay que conferirle un énfasis elefantisíaco), no podemos olvidar la significación que para la ciudadanía habrá de tener una renta básica que al estar dirigida a todos los ciudadanos (incluidas las amas de casa, los parados y los estudiantes), en la lógica disposición a razonar sobre lo que hubiera de ser asignado se estaría sacando a la palestra aquéllas subvenciones que teniendo que cubrir los gastos de entidades tan transparentes y democráticas como son el ejército y la casa real, inexplicablemente podrían ser puestas en tela de juicio.

El mercado es el mercado. Incluso cuando ese mercado, como consecuencia del incremento de la tecnología cada vez demanda menos mano de obra. Porque esta disminución de los puestos de trabajo tendrá que ser cubierta con subsidios de paro…; y aunque es cierto que con subvenciones y con una buena dosis de mentiras y promesas se intenta remendar aquello de lo que se ha abusado, el mercado es el mercado; y sus principios (aunque quizás sería mejor decir, su abecedario) los ha expuesto con absoluta claridad el primer economista jefe del BCE, Omar Issing. El cual, al referirse a esta Europa de los mercaderes nos ha dicho:

"la actual falta de flexibilidad del mercado de trabajo unida a los incentivos “mal orientados” que proporciona la Seguridad Social y el Estado de Bienestar son incompatible con la moneda única”.

¡Pues que se vaya la moneda única al carajo!

Lo que este insigne primer economista jefe del BCE no ha llegado a digerir (quizás por su continua ingestión de las innumerables recomendaciones que le han proporcionado los lobbies que infestan Europa), es que si esta falta flexibilidad es incompatible con el desarrollo del euro, esta cuadrilla de facinerosos al servicio de los capitalistas hemos de mandarlos al lugar que por sus inmerecidos meritos les corresponde. Por ejemplo, al Tribunal de la Haya. Este insigne primer economista del BCE está bebiendo (y además lo esta haciendo hasta atiborrarse), en unas fuentes exclusivamente vinculadas con la consecución de unas riquezas dedicadas a la acumulación; unas riquezas que al no ser distribuidas entre todos los componentes de la sociedad son totalmente incompatibles con las funciones que debe desarrollar la economía. Este economista enganchado en la noria parece no entender que la flexibilización laboral que pretende el neoliberalismo (acompañada por la liberalización total de los mercados) conlleva la imposibilidad de que los trabajadores puedan cotizar y hacer posible sus jubilaciones. Y en lugar de asumir que en una economía cada vez más rica existen recursos suficientes, considera que es necesario que los trabajadores concierten con la banca (a semejanza de la mochila austriaca abanderada por el señor Rallo y un tal señor Linde), unos fondos con los que garantizar sus futuras pensiones. Utilizan el manido argumento de que la provisión de las pensiones está íntimamente vinculada con la disminución de la natalidad y no con la existencia de unas cotizaciones que debido a la nefasta legislación laboral de una tal Báñez, pasará a la posteridad como una muestra más de lo que es el elenco de este malgobierno. Utilizan el manoseado argumento de la natalidad y no se les cae la caras de vergüenza (será quizás porque por su dureza se encuentran firmemente ancladas en sus patéticas estructuras morfológicas), cuando alegando que en el futuro no habrá suficientes cotizantes, cínicamente no mencionan los cientos de miles, que al tener que emigrar, no pueden cotizar. No entienden (o quizás sería mejor decir, no han sopesado la importancia que tiene el entenderlo), que en la economía capitalista concurre una dicotomía entre los derechos y razonamiento que se adjudica el capital y los que racional y legislativamente tienen y deben ser adscritos a la ciudadanía.

Una vez asumida la situación en la que nos encontramos ¿es hacedero pretender (sin que esta pretensión sea secundada con unas rebeliones que hasta ahora sólo han conseguido la aparición de caras nuevas que con el tiempo se convirtieron en carátulas), que sólo con la convicción de que es preciso la instauración de una R.B. podremos alcanzar nuestro objetivo? A mi entender no es suficiente. Es necesario ir más allá. Y esto es algo que he tratado de desarrollar en la obra ¿Es posible otra economía de mercado? No obstante, con independencia de seguir acariciando la instauración de un proyecto como el de la renta básica, será preciso forjar una cultura en la que al individuo se le enseñe que como ente racional, ha de estar dispuesto a utilizar sus potencialidades conformando una estructura con la que independizarse de los sometimientos con los que le sojuzga el capital, los gobiernos y sus leyes. Un capital, unos gobiernos y unas leyes que a través de la culturización subjetivada que han tenido a bien imponernos, nos han convertido en algo que a tenor de nuestra actual incapacidad de comportarnos como lo que decimos somos, nos contemplan como algo que en nuestras manifestaciones sólo contamos como componentes demoscópicos. Hemos de concienciarnos que tenemos que conformar una estructura en la que nuestra capacidad de razonar nos permita establecer una forma de gobernar en la que sea el pueblo el actor y el objeto de lo que se decida; una estructura que ha de ser el fruto de un parto. Y este parto es tan doloroso para aquellos que evaden sus beneficios a través de una ingeniería financiera, que para darlo a luz, entre otras cosas será preciso interferir en las formas con las que la banca lleva a cabo sus mafiosas transacciones.

Últimamente (con independencias de las opugnaciones orquestadas por el señor Rallo) estamos viendo como, aunque de manera bien intencionada, se están manifestando unas refutaciones al establecimiento de la R.B. que a pesar de contener un germen que las justifican, en la mayor parte de los casos resultan infundadas. Con ello me refiero a que según éstos, la imposición de esta R.B. habría de provocar un efecto inflacionario impulsado por un mayor nivel de renta de las clases más desfavorecidas. Como si en contraposición al superior consumo que pudieran disfrutar estas inconsecuentes clases fueran un anatema que no se estaría produciendo como consecuencia del consumo de los mayores beneficios obtenidos por el capital. Como si con independencia de la existencia de una inflación provocada por una demanda marginal, el capital no hubiera sido el principal agente que la hubiera ocasionado al elevar los precios en la seguridad de obtener mayores beneficios. Se arguye que los autónomos y pequeñas empresas tendrían que desaparecer debido al establecimiento de una R.B. que estaría incrementando sus costos salariales; como si agobiados por la indefensión que estos pequeños empresarios estuvieran sufriendo con respecto a las grandes empresas la Administración no estuviera obligada a implementar los medios con los que mitigarla. Se podrá decir que esta orfandad constituye una realidad; pero si su vigencia es algo actual es porque a aquella indefensión hay que sumarle la nula oposición con la que estos pequeños empresarios defienden sus derechos. Todo lo que se deba de alcanzar ha de ser conseguido en función del derecho que haya de asistir a ese deber. El derecho se debe imponer. Aconsejablemente a tenor de esa actividad intelectiva que nos lleva a conocer de su existencia; marginalmente, haciendo uso de esa misma función, a través de coacciones que nos permitan materializarlo.

Mas allá de las situaciones que han sido contempladas, existen otras que la R. B., por ser ésta exclusivamente una medida adicional a las que para superar las disfunciones de este modelo se intenta aplicar, sólo puede conseguir una minoración de sus aberraciones. Entre ellas se encuentra la de que en multitud de casos, con el establecimiento de la R.B. muchos empresarios sopesarían la posibilidad de reducir salarios en función de los factores que pudieran concurrir con respecto a la situación en la que se encontraran los trabajadores. Una irrenunciable derivada que contemplo en la primera parte de la obra ¿Es posible otra economía de mercado? En ella se dice lo siguiente:

Si observamos en toda su gélida crudeza el comportamiento del mercado laboral, podremos contemplar que esta manera de actuar no es más que la expresión de todo lo bueno y de todo lo malo que los humanos podemos hacer. Advertiremos que las ofertas y demandas laborales solicitadas tanto por las empresas como por los trabajadores, no suelen estar determinadas sólo en función de un valor o una escasez; que existe todo un cúmulo de factores, tanto físicos como psíquicos, que hacen que la situación en la que cada uno de ellos se encuentre, sea el determinante que mediatice la postura del otro.

Sacando a colación la archiconocida ley de la Oferta y la Demanda, el oferente de un puesto de trabajo es consciente de la situación en la que se pueden encontrar tanto la mujer como el que por primera vez solicita un empleo. El mundo empresarial conoce que las necesidades de éstos, generalmente son menores que las de un padre de familia. Y aunque en teoría, esta menor dependencia hacia lo que las empresas les pudieran ofrecer, tendría que incrementar el precio de sus ofertas, la realidad es que al materializarse esta demanda de forma indefectible (ya sea debido a los deseos que unos pudieran tener para realizarse en el trabajo, ya sea en otros la aspiración de conseguir mejoras), las empresas pueden contar como un factor determinante de su oferta, el hecho de que debido a su falta de necesidad, aquéllos aceptarán una menor retribución.

Sabemos lo que ocurre; y deploramos que haya de ser así; pero si respetando las leyes de un mercado que ha sido el único que ha demostrado una eficiencia y una capacidad para que en él pueda desarrollarse la libre iniciativa, queremos modelar su cara más humana, tendremos, tanto que provisionalmente admitir sus desafueros, como tratar de corregirlos. Si nosotros sabemos que una demanda laboral, que en igualdad de capacitación, y habiendo sido en principio considerada como marginal, al ser incorporada en el puesto demandado debió perder su marginalidad y con ella la diferenciación retributiva que hubiera tenido con respecto al resto de las fuerzas laborales, el que nosotros tengamos que aceptarla en la manera en que lo hacemos, es tanto el fruto del uso de la fuerza de unos, como del de la debilidad de otros. De una fuerza y una debilidad que no caducan, porque al seguir vigente esa menor necesidad y al mantenerse las demandas de estos colectivos, la relación sigue siendo la misma: la de que los demandantes se contenten con menos, y la de que los oferentes no tengan necesidad de ofrecer tampoco más por ellas.



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