2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

Tenemos que evitarlo

Tenemos que evitarloPostado por degregorio lun, junio 13, 2016 10:58:09

.................. 2015+1 El año del cambio .............................

PORQUE LO QUE VIENE TENEMOS QUE EVITARLO

A pesar de la reluctancia con la que tengo que asumirlo, si no actuamos de inmediato y no nos bajamos de este tren que nos está llevando a un total sometimiento, el futuro que viene nos deparará la existencia de una tecnología que estando al servicio de los poderosos nos habrá de convertir en robots biológicos. O nos bajamos o nos habremos entregado con armas y bagajes.

Porque lo que viene es imparable.

Porque que ante un neoliberalismo que nos ha llevado a través de la financiarización a un deterioro de la economía productiva, los parámetros que actualmente rigen en nuestra economía son totalmente diferentes de los que hasta hace unos años estuvieron determinando la naturaleza de las crisis. En consecuencia éstas ya no responden a las medidas monetarias que establecen los gobiernos. En este contexto, los bancos centrales se encuentran en una situación en la que han perdido todo el poder con el que determinar su control y las formas de poder superarlas. Y esto implica que como la banca privada tiene que proseguir en la búsqueda de beneficios, las medidas que lo público está implementando están generando una serie de efectos que anteriormente no habíamos conocido.

Porque que como todo el dinero que está creando el BCE a tenor de su política de expansión cuantitativa tiene como receptor una banca que a tenor de la disminución de la tasa de ganancia y la inseguridad que se deriva de la crisis no lo está utilizando en acreditaciones, todo ese dinero marginal no sirve para complementar el escaso 5% de dinero físico que en gran medida es el factor que a través del consumo nos lleva al raquítico desarrollo que estamos experimentando.

Porque como consecuencia de este deterioro, la banca privada ya no recoge los inmensos beneficios que obtenía endeudando a los demás. En consecuencia esta banca necesita una reactivación de la economía; una reactivación que intensificando la demanda permita a las empresas adquirir una solvencia y unas expectativas que las lleven a solicitar nuevos y mayores créditos. Créditos que son el leit motiv con el que la banca privada puede al mismo tiempo incrementar el poder que les confiere la creación de dinero ficticio y la materialización del beneficio.

Porque para alcanzar este objetivo, esta banca necesita que se produzca un aumento de la inflación; ya que sin ella, no se puede generar una reactivación. El que ésta tenga que venir acompañada por un acrecentamiento del consumo constituye un desenlace que aunque contrario a sus intereses, por ser coyuntural, lo tiene que aceptar como algo accesorio.

Porque debido a las escandalosas acreditaciones que ha conferido, esta banca se encuentra ante una situación verdaderamente insólita. Y es que si por un lado necesita que la economía funcione para con ello incrementar solventemente el volumen de sus transacciones, por otra, como acreedora de las cuantías acreditadas precisa que éstas no se vean erosionadas por una inflación demasiado acentuada. Esto es lo que ha llevado a que mientras que la banca pública ha seguido una política monetaria extraordinariamente laxa, los gobiernos en los que sus bancos han traficado concediendo unas acreditaciones, por su falta de lógica y de método, completamente rechazables, hayan tenido que contrarrestar sus consecuencias a través del establecimiento de un control presupuestario a las economías que debido a esta política resultaron endeudadas; un estorbo que al reducir el gasto ha cercenado la mayor parte de las expectativas que se pudieran generar en la economía productiva. En este contexto, todo ese dinero sólo puede ser utilizado (a falta de operaciones especulativas que a tenor de la atonía y los riesgos que presenta el mercado no asegura un retorno aceptable), en la compra de Deuda del Estado; una adquisición que por las garantías que éste unilateralmente se ha conferido, acreditan tanto el principal como los intereses de lo acreditado.

Porque como consecuencia de la descomunal creación de dinero con la que el Banco Central ha pretendido reactivar la economía no ha llegado al proceso productivo en función de la atonía y los riegos que concurren en los mercados, a pesar de que para cumplimentar sus decisiones ese Banco Central ha impuesto una tasa negativa a los depósito que la banca privada mantiene en su sede, éstos superan actualmente los 460.000 millones de euros. En este contexto, incluso habiendo tenido que reducir drásticamente su actividad financiara e incurrir en la tasa anteriormente mencionada, los objetivos que la banca privada está tendiendo prioritariamente de metabolizar son los de recapitalizarse y refinanciar sus pasivos. En consecuencia, el Banco Central, como instrumento en manos del Estado perdido su capacidad de controlar la economía a través de una política monetaria.

Porque como esta economía está fundamentada prioritariamente en un consumo, unas inversiones y un ahorro que aunque hasta cierto punto dependen de la financiación que otrora se la adscribía al proceso productivo, esencialmente se desenvuelve a través de ese escaso 5% que constituye el dinero que en circulación está representando al flujo dinerario con el que ésta se está desenvolviendo, como penúltima parida ha llegado a prever que ese exiguo porcentaje de medios de cambio que en consumo, inversión y ahorro en cierta forma está determinando la actividad real debe ser integrado en su seno. Para lo cual se necesita la desaparición del dinero en efectivo. Al igual que hizo con ella el Banco Central, ha de llevar a cabo el insólito acaecimiento de penalizar el ahorro a través de imponerle una tasa de interés negativa a los depósitos. De esta manera, amparándose en la garantía de unos recursos que creados de la nada el gobierno tendría que avalar, incluso podría parir su propio dinero digital. Como de hecho ya ha comenzado a emplearse en el mercado con la utilización de las criptomonedas. No se encontraría amenazada por unas retiradas de fondos que la obligaran a reducir el volumen de su cartera, ni estaría sometida por la dictadura de unos coeficientes de caja. Todo sería ventajas. Se habría acabado el robo; y al estar todas las transacciones registradas, supuestamente el negocio de las drogas, de las armas, de la estafa y hasta el de la corrupción. Además, en función de que esta banca tendría necesidad de seguir obteniendo beneficios a través de sus renovadas concesiones de crédito, sería reguladora de las necesidades de inversión y del mejor desarrollo de la economía. Sería el feliz resultado que superando las nefastas situaciones que a lo largo de su ignominioso transcurso, como una flor surgida del lodo nos estaría brindando el capitalismo.

Sin embargo resulta que exceptuando Frankstein (y si atrás me dejo algún otro, conscientemente estoy tratando que olvidando su existencia su mención no me lastime lo que quiero decir), ningún monstruo ha demostrado sentimientos. Y el capital es el más infamante de todos.

Porque si con la desaparición del dinero en efectivo habríamos conjurado las actividades de los cacos que en los TBOs llevaban antifaz para que no los conociéramos y consecuentemente no fueran enviados a la cárcel, con su escamoteo nos encontraríamos con los que nos impondrían con sus comisiones y mantenimientos de cuenta los de cuello blanco por la utilización de nuestro propio dinero. Incluso, en el supuesto de una quiebra (algo muy natural en una economía financiarizada que no fuera rescatada con dinero público), habrían transmutado su potestad de crear dinero de la nada por la de haber hecho desaparecer lo que anteriormente fue creado.

Porque si el dinero digital que estas entidades de la banca tuvieran que crear habría de estar garantizado por un consorcio que por su volumen supuestamente las habría de dar unas supuestas garantías, el caso es que de constituirse un corporación que por su naturaleza no podrá ser global (y esto, porque además constituiría una aberración), se producirían unas disparidades de intereses como consecuencia del predominio que habría de concurrir entre las diferentes unidades dinerarias que cada una de estas entidades hubiera creado, que al estar respaldadas exclusivamente en la credibilidad que racionalmente hemos de concederle al humo, sumirían a las economías en un verdadero caos. A este respecto considero pertinente sacar a colación que aunque no se seguiría el mismo proceso, en la practica se produciría (según argumento en el artículo “The new ratholes”), la misma eventualidad que habría de acaecerle a los capitales ocultos en los paraísos fiscales.

Porque como el verdadero poder es el económico, los gobiernos sólo tendrían una representatividad testimonial. El legislativo, el judicial y hasta el ejecutivo (dando por descontadas las funciones ejercidas por el banco central), habrían desaparecido para quedar en manos de los que ostentaran los recursos. Con lo cual hemos de imaginarnos qué funciones les serían encomendadas (en el supuesto de tratar de lavar un poco la imagen) a lo que hasta ahora hemos conocido como Sector Público.

Porque debido al empoderamiento que hubiera alcanzado el sector privado y la práctica desaparición de los poderes del Estado, a tenor de los grandes beneficios que la banca podría seguir obteniendo del trafico de drogas, del de armas y del inacabable proceso delictivo que se practica en una economía desregulada y descontrolada, con esta potestad seguiría jalonando lo que hubiera de ser nuestras vidas.

De todos estos por qué hemos de deducir una obligada conclusión. Si no impugnamos la contrastada connivencia que existe entre unos gobiernos etiquetadamente estampillados como democráticos y un poder económico que es el que verdaderamente determina el proceso a seguir, este proceso no podrá ser democrático. El Estado y con él los gobiernos habrán desaparecido para dejarle paso a un Morlock que nos contemplará como a los Elois en los que nos habremos convertido. De no tomar el poder en nuestras manos (y esto representa que la democracia tiene que ser participativa), el futuro carecerá completamente de futuro. Tenemos que participar en lo que haya de ser hecho. Y esto sólo podremos lograrlo a través de nuestra participación en una serie gradada de asambleas en las que se decante la Voluntad General que Rousseau inacabadamente describió en El Contrato Social. De dejarnos llevar por lo que nos depare nuestra abulia mereceremos que el día sea una eterna noche para el Morlock.



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