2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

Un camino sin retorno

Un camino sin retornoPostado por degregorio dom, junio 26, 2016 11:15:22


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UN CAMINO SIN RETORNO (II)

La trayectoria que sigue el capitalismo no es más que la expresión a la que está obligado en función de su naturaleza. Como Sísifo, no puede modificar su recorrido. Es la manifestación a la que nos lleva nuestra subjetividad. Y sin embargo, a diferencia de lo que éste tuvo que estar padeciendo en los infiernos, debido a una facultad que nos permitiría contemplar lo existente de una forma objetiva, potencialmente (y digo sólo de una forma potencial), podríamos liberarnos de tener que empujar una y otra vez la misma piedra. A través de una objetivación de nuestras subjetividades nos sería dable modificar la mencionada trayectoria; y con ella mantener en los infiernos al capitalismo. Desgraciadamente al ser ésta una objetivación que habría que conformarla por medio de la suma de unas subjetividades que como ya he señalado con anterioridad en otros artículos se habrían de decantar como objetividades, sólo podemos señalar los por qué nos encontramos sometidos a la gravedad con la que el capital nos mantiene atados a esa piedra.

El capitalismo, como trayectoria económica de los intereses subjetivos de unas élites hunde sus raíces en los más oscuros episodios de la historia. Las encontramos en el tráfico de esclavos con el que se enriquecieron los bastardos del momento; en los que intercambiaron cuentas de colores por temor e ingenuidad; en la reducción de los costos laborales que entrañaron los asesinatos de las trabajadoras en Chicago; en el fordismo y en el taylorismo; en la destrucción creativa de Shumpeter; en la obsolescencia programada; en la devastación del hábitat; en la busca de un incremento del consumo en función de la concesión de créditos; y últimamente en la globalización de los mercados, en la proliferaciones de unas acreditaciones no representativas del valor que las mismas deberían estar representando, en una libre circulación de capitales en la que no se contempla la libre circulación de personas y hasta en una subordinación de la soberanía nacional que subjetivamente utilizada no sólo nos está llevando a la Europa que no fue, sino que incluso la ha convertido en esta meretriz; como nos muestra la existencia de una cama en la que cohabitan los que están llevando a cabo un tratado como el TTIP.

El capitalismo no cabalga en un tigre; el capitalismo es el mismo tigre. Y el capitalista, que es el que lo ha creado, no puede bajarse de él porque al haber desarrollado una simbiosis con lo que éste representa, de pretender superar sus consecuencias sería devorado por aquello que forjó.

El capitalista aduce que para que una economía funcione es necesaria la existencia de un ahorro con el que hacer posible la inversión y por tanto la creación de puestos de trabajo. Sin asumir (y es por ello por lo que no puede bajarse del tigre) que una inversión que está determinada por la existencia de una plusvalía que detrae de la economía global una fracción de las riquezas producidas y las pone al servicio de una singularidad, como sujeto objeto de una consecución que ya ha sido diseñada tiene que seguir cabalgando. Sin asumir (y en realidad, sin pretender hacerlo), que cuando la sociedad que ha tenido que vender su fuerza de trabajo no le es dable consumir lo que ha producido (como consecuencia de las diferencia que concurren entre el valor de uso y el de cambio), la inversión se paraliza por falta de demanda. Sin entender que ha grabado en su propio cerebro; es decir en el obtuso cerebro del tigre, la determinación de que a pesar de todas las razones que se puedan derivar de una correcta utilización de la razón, en su mente subjetiva el fin justifica los medios. Sin aceptar lo axiomático de un fin que decantado como una concesión desmesurada del crédito se están posponiendo ad futuro los obstáculos que en el presente tiene que destripar el tigre. Sin ser consciente (o quizás incluso siéndolo), que con la financiarización, ya la inversión no está dirigida a la creación de riquezas reales, sino a la conformación de unas valoraciones de naturaleza ficticia con las cuales se pueden obtener unos beneficios que al igual que los alcanzados con las plusvalías se endeuda al resto de la ciudadanía; una financiarización con la que se establece una economía en la que lo intangible se apodera de lo real y manifiesto y como resultado de esta cabalgada se genera una situación en la que como lo tangible ha sido expropiado tiene que ser defendido por las garras que lo ha propiciado. Y esto ocurre porque debido a las contradicciones que concurren en el capitalismo, los objetivos que persigue no pueden mantenerse. En consecuencia necesita recurrir al imperio que le puedan facilitar unos gobiernos eufemísticamente denominados (en un alarde de cinismo sólo comparable con el de su desvergüenza) como democráticamente representativos; al que le procuran unas fuerzas del orden sometidas a lo que en función de dicho orden se considera como obediencia debida, a una estructura militar que en lo interior es extraña a lo que representa y en lo exterior diseña una estrategia geoestratégica con la que asegurar los merodeos del tigre. ¿Ante esta situación nos es dable pensar que esta trayectoria puede tener retorno?



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