2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

La indecencia

La indecenciaPostado por degregorio jue, febrero 09, 2017 13:36:57
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LA INDECENCIA QUE SE OCULTA TRAS EL DISFRAZ DE UNOS DATOS BARNIZADOS

No acostumbro dedicar demasiado tiempo a la televisión. Y es que, a mi entender (y creo que a la mayor parte de nosotros), más allá de ciertos programas de divulgación, prácticamente el resto de lo que en ella se nos muestra es una manipulación con la que, desde ciertas instancias se estructura lo que haya de ser nuestra cultura. No obstante, hoy, en uno de esos momentos en los que me he dejado llevar por la improvisación, o quizás sería mejor decir, por ese incomprensible masoquismo que nos obliga a sentir en nuestras carnes lo que como desgracia están sintiendo otras, me detuve a contemplar lo que como realidad, que no como noticia, se estaba divulgando en las ondas. Vi cómo una pobre madre, superando sus vergüenzas, le contaba a la audiencia, que su hijo, la mayor parte de los días tenía que ir a la escuela sin haber tomado ni siquiera un vaso de leche. Que ante la posibilidad de encontrar un trabajo, se debatía en la angustia de no saber si cuando regresara podría ofrecerle algo de comer. No se preocupaba por ella, se acongojaba por su hijo. Con esa indescriptible proyección con la que los humanos (e incluso aquellos que por no pertenecer a este género desconocen el significado de lo que representa la inhumanidad), solemos identificarnos con aquello que se encuentra más allá de nuestro propio ser. Y como humano, vi cómo una serie de televidentes se ofrecieron a ayudar a esta madre angustiada. Ví cómo algunos de ellos se brindaron ¡ojo al dato! a mandarle durante varios meses la increíble suma de cincuenta euros. Y he dicho increíble, porque estimo que las posibilidades de los que se implicaban eran directamente proporcionales al tiempo en el que creían que se podrían comprometer a enviarle dicha ayuda. No voy a sacar a colación que algunos otros contribuyeran con mayor cuantía. Lo que pretendo reseñar es que, salvo raras excepciones (y en ellas, las auxilios, o bien son una forma de encumbrarse, o un a manera de justificarse ante uno mismo), los que menos están determinados por esta necesidad de aplazamientos son los que menos inclinados se encuentran a prestarle atención a estas vivencias. Es la razón del por qué estamos como estamos. Porque en vez de dedicar todos nuestros esfuerzos en alcanzar la justicia social, nos conformamos con la beneficencia. Es lo que nos demuestra que en una economía en la que lo detentado sólo conlleva la pretensión de posibilitar un estado de cosas en el que dicha situación continúe crónicamente incrementándose, la solidaridad acostumbran a ejercerla los que verdaderamente sintieron su inclemencia. El que tiene más de lo que necesita, necesita más de lo que tiene. Lo que no es asumido como inevitable (y esto es lo que pretendo patentizar en estas líneas) es que con independencia de generar desigualdades e injusticias, este desarrollo está determinado por una proyección que Marx auguró hace ya siglo y medio: la de que las injusticias y las desigualdades irremisiblemente tienen que provocar el espectro que se cierne sobre el capitalismo. Y para patentizar la evidencia de esta conjetura, nada mejor observar la trayectoria que desde que tenemos datos fehacientes ha seguido este modelo que conocemos como economía de libre mercado.

No podemos negar las bondades que adornaron a un modelo en el que la propiedad privada, a través del sedentarismo que conllevaba el trabajo de la tierra, fue generalizándose; una propiedad y una acumulación que hizo posible el desarrollo de la iniciativa privada. Lo que acaece es que la propiedad y la acumulación son dos conceptos tan elásticos y tan acomodaticios, que cuando condicionados por el subjetivismo dejan atrás esa seguridad que permitió ejercer la iniciativa, el esquema se rompe; y lo que anteriormente había sido bondad se convierte en perversión. Esto es lo que ocurrió cuando como consecuencia de la Revolución Industrial, el poder económico se concentró en un sector muy reducido de la población. Debido a las resultas que dimanan de una propiedad y una acumulación con las que se establece lo que debe producirse (sin asumir como determinante lo que se debe consumir), se generaron una serie de disturbios que obligaron a los que habían acumulado a tener que aceptar la jornada laboral de ocho horas. Es decir, tuvieron que admitir que para reducir la inestabilidad era preciso hacer una distribución más generalizada de lo que hubieran de ser los beneficios. Algo que en el presente parece que el capitalismo ha olvidado; y que inevitablemente le ha de pasar factura. Y esto ocurre no sólo porque en el presente, las fuerzas represoras y el cuarto poder nos condicionan de una forma científicamente elaborada, sino también porque además, acostumbrados al bienestar social que mientras pudimos imponérselo le arrancamos al capitalismo, el temor a perder lo adquirido nos impide luchar por defenderlo.

Es cierto que en el modelo de economía que espuriamente denominamos de libre mercado hemos tenido personajes que entendiendo lo que representan la desigualdad en la distribución y consecuentemente la pobreza, han tratado de conferirle un rostro más humano. Y entre ellos voy a citar a uno que siendo defensor de la economía convencional, por tratar de viabilizarla recurrió a una serie de premisas que por ser consideradas anatema, ni fueron del agrado de los poderosos, ni como solución han sido efectivas. En consecuencia no voy a defender como absolutas las ventajas y virtudes que concurren en el keynesianismo. Y no voy a hacerlo porque ante el hecho de que lo que verdaderamente puede mantener boyante una economía es que su sistema de producción y de distribución sean un todo eficiente, el hecho de que las disfunciones que acaecen en ella tengan que ser subvenidas con los impuestos que colecte el Estado nos dan fe de su falta de eficiencia.

Keynes fue un excelso economista; pero ante todo, como conservador que conocía las arbitrariedades que se producen en las economías, su celo estuvo dirigido a "racionalizarlas". Y el hecho de que no lo consiguiera lo tenemos en que hasta que no se desencadenó la Segunda Guerra (y con ella una producción masiva que lógicamente tenía que estar fundamentada en un incremento de la Deuda), no pudieron subsanarse los niveles del paro. Lo cual, sin desdecir un ápice la importancia de una "racionalización" que no podía ser considerada cien por cien efectiva, proporcionó a nuestra sociedad los mejores treinta años de la historia.

Es cierto que para que esta economía se desarrolle de una forma optima necesita de las expectativas que les pueda brindar la obtención de marginales beneficios. Con lo cual, aquello de que la administración intervenga en el mercado (especialmente el laboral). Según las tesis de los empresarios, en las actividades económicas la utilización del keynesianismo resulta una fórmula fallida. Con ella se violan los sacrosantos fundamentos que figuran en la base de la economía. Ocurre que con los impuestos que se detraigan de los beneficios y sean consumidos sin que con su consumo se genere una nueva creación, se produce una disminución de las posibilidades de invertir; y en consecuencia la economía tiene que resentirse. Como la inversión sólo puede materializarse a través de la consecución del beneficio; y para que éste se produzca ha de salir de la diferencia entre el valor contractual y el de compra, según ellos, con el keynesianismo se reduce la actividad inversora. y con ella las ofertas de trabajo .Y para reafirmar este discernimiento, aducen (en la más descarada falacia de composición que le es dable formular a los que utilizan su capacidad de razonar exclusivamente de una manera subjetiva), que como las cuantías que se han de destinar a cubrir las necesidades que no pueden ser cubiertas por la existencia de un paro estructural siempre son inferiores a lo que se hubiera de abonar por los salarios no abonados como consecuencia de esta falta de inversión, el consumo también ha de ser inferior a lo que en la ausencia de gravámenes se pudiera conseguir. Olvidando decir, en una muestra más de la indecencia que cobija este aserto, que si existe el paro, es porque con unas inversiones que han dimanado de unas acumulaciones que dan fe de la inicua distribución de lo que ha sido producido se genera un proceso de producción y de distribución que a través de las plusvalías detraen del consuma una parte significativa de lo producido; una disminución en el conjunto que es en última instancia el causante de que se produzca el paro. La indecencia está en que se diga que debido a la política económica seguida por el desgobierno se ha incrementado el P.I.B en un 3,2%, y no se mencione los miles de horas que como consecuencia de la nueva legislación laboral (como producto final del "descenso del paro") se han dejado de trabajar en el mismo periodo de tiempo. Que se haya producido más con menos trabajo. Es decir que se haya incrementado la para el común de los mortales desconocida productividad. Lo cual explica los por qué de esta indecencia. El que esa pobre mujer (como otros muchos miles de los que este gobierno dice estar representando), tenga asegurada la indigencia y el por qué de que durante esta crisis se haya incrementado el número de los mil millonarios.

Y con ello (los italianos, que sarcásticamente utilizan el término más apropiado para definir lo inapropiado), hemos llegado casi al fin de la trágica trayectoria que ha desarrollado esta "porca gobernanza". Y digo "casi al fin", porque a la vista de lo que está ocurriendo en esta España nuestra; esta España, que más que nuestra es de "ellos", ese "casi" está estrechamente determinado por nuestra inclinación a seguir con el culo pegado al asiento.



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