2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

El Proyecto

El ProyectoPostado por degregorio mié, julio 05, 2017 10:45:36
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EL PROYECTO (l)

Después de haber publicado y no haber podido distribuir la obra ¿Es posible otra economía de mercado?...; después de haber tratado a través de numerosos artículos darla a conocer en función de referencias que mencionadas en la misma contrastaban con las perversidades que concurren en el capitalismo...; y después de haber constatado que ni con lo expuesto en las crónicas difundidas en periódicos digitales, ni con los contactos que a nivel personal he mantenido con economistas que íntimamente se consideraban progresistas, haya conseguido que lo que expongo en la mencionada obra pueda ser considerado como objeto de debate, con esta serie que ahora inicio quiero ver si acentuando los contrastes que hasta ahora he venido utilizado y removiendo las consciencias de los que están demasiado ocupados, consigo emplearlos en un proyecto que a buen seguro va mucho más allá de lo que con la privativa dedicación que le adscriben a los suyos, a aquél le están negando. No estoy pidiendo mucho. Solicito tan solo someterlo a debate. No me conformo con aquello de que, como "No hay alternativa", lo que pueda alterar el normal desarrollo de lo anormal sea considerado como una utopía; una utopía, que rememorando aquella frase de Oscar Wilde, decía que un mapa en la que no figure ésta es un mapa que no merece ni siquiera ser mirado. Como le dije a uno de estos economistas, Colón les demostró a los doctos de su época, que el huevo se podía mantener verticalmente fragmentando tan solo aquella parte de éste que impedía que pudiera permanecer en pié y estable. Y lo más curioso fue que ni siquiera con este argumento pretendió entablar un debate. A pesar de ser tremendamente crítico con este modelo mal llamado de economía de libre mercado, su cátedra no le permitió cuestionar lo que a tenor de lo que ésta representaba constituía una heterodoxia.

Es cierto que para cascar el huevo sin que éste se destroce es necesario ser muy cuidadosos. Que hasta ahora, todo lo que consiguieron los que trataron de ponerlo en pié, fue convertirlo en algo que ni siquiera era, con todas sus imperfecciones, lo que fue. Ni lo consiguieron con la Revolución Francesa ni con la toma del Palacio de Invierno. Pero esto, siendo un tema de indudable relevancia, por trascender a lo que en el inicio de esta serie intento pergeñar, considero que es necesario dejarlo en el arcén. para ser analizado más adelante. Por el momento, lo más importante es dar a conocer el objetivo que a mi entender hemos de perseguir, para evitar los desencuentros que siempre nos han llevado a un desenlace en el que lo único que conseguimos fue la aparición de unas caras nuevas que al poco tiempo se convirtieron en unas cara viejas. Y para ello (aunque sé que al hacerlo, tanto el capitalismo como los medios de desinformación que subsisten debido a su tutela, van a hacer uso de mil argucias con las que desacreditarme), nada mejor que, para andar con paso firme, sacar a colación aquel dictamen en el que se decía que la plusvalía es aquella parte de la fuerza del trabajo que en la conformación de los bienes y servicios creados no había sido pagada. Un informe al que ya David Ricardo se refirió, pero que fue Marx el que fundamentó.

Una vez dicho esto, antes de continuar con el desarrollo del objetivo anteriormente mencionado, considero necesario abrir un pequeño paréntesis con el que desmontar algunas de las alegaciones con las que las Derechas tratan de impugnar la validez que Marx le adscribió a este dictamen. Con ello me refiero, entre otras cosas, a aquellas opiniones en las que se argumenta, que si la plusvalía sólo puede provenir de la creación de unos bienes y servicios por los cuales las fuerzas del trabajo no han sido pagadas ¿qué es lo que ocurre con esta creación si en su consecución no ha participado una mano de obra asalariada? Y en este contexto ¿cómo se puede entender, que en contraposición a lo que los Sraffians sostienen, sea el trabajo la única fuente de plusvalías,? ¿No es cierto que con los avances tecnológicos que actualmente utilizamos, estamos creando unos bienes que por su valor de cambio y la no participación de una trabajo asalariado hemos desvirtuado la vigencia e incluso la validez que impenitentemente pretendemos otorgarle a la plusvalía?

Con respecto a este argumento es preciso decir, que teniendo en cuenta que el valor de compra es el resultado de todos los factores que intervienen en la producción, mas la incorporación del beneficio, de no existir un trabajo asalariado al que no se le hubiera pagado el valor añadido que se le hubiera incorporado a lo creado, el valor de compra que el producto y los servicios hubieran adquirido estaría representando una valoración, que al comercializarse con aquellas entidades que estuvieran produciendo otros bienes y servicios, habría que imputarles la calificación de trueque; un intercambio donde tan solo se estaría mercadeando valores de compra. Y es que al haberse abonado exclusivamente el trabajo muerto invertido en su consecución, los rendimientos obtenidos por unas empresas serían las pérdidas que sufrieran otras. Ni siquiera con la participación de un trabajo implícito se podría conseguir un beneficio. Con una producción llevada a cabo por empresarios o unidades individualizadas en un proceso de esta naturaleza se estarían incrementando las riquezas; pero de no concurrir un incremento de la masa dineraria que hubiera de representar a esta producción, en la economía se produciría una reacción deflacionaria, originada por la enorme devaluación con la que esas riquezas se abrían de ofertar en el mercado. Y la única manera de superar esta vicisitud sería la de que la Administración adquiriera esa producción marginal de productos y servicios por medio de la creación de unos medios de cambio que se destinaran a subvenir las necesidades de los que no tuvieran un trabajo. Una adquisición que aunque habría servido para representar monetariamente el valor de esa producción marginal, y consecuentemente moderado la deflación que en su ausencia se hubiera producido, se habría llevado a cabo intercambiando ese producto por lo que no sería más que una promesa de pago. Una vicisitud que al ser algo inevitable obligaría a las empresas a emplear una mano de obra asalariada, que al no obtener el total del valor de cambio de lo que se haya creado, permite la continuidad de un proceso económico en el que el valor de cambio de lo producido sea la representación de la demanda efectuada por la clase trabajadora y el empresariado, así como la de los beneficios que se hubieran de emplear en ahorro e inversión. Y este es un algo que a nivel microeconómico los empresarios no han llegado a asimilar; que con la fórmula de minimizar los costes a través de la reducción del trabajo vivo, las empresas podrán incrementar su patrimonio depredando unas sobre otras; pero que el beneficio, como factor universal que permita que todas ellas acrecienten sus riquezas sólo les es dable conseguirlo a través de la parte no abonada a las fuerzas del trabajo. Es por ello por lo que disiento del argumento empleado por Marx a tenor de lo que él denominó como prueba negativa con la que justificar la no necesidad de tener que demostrar la existencia de la plusvalía. Y es que según él, el uso, aunque sea parcial de las maquinas, al ser éstas una acumulación de lo representado por las fuerzas del trabajo están formando parte de la mencionada plusvalía. Y vuelvo a disentir porque en contraposición con su argumentación como prueba positiva de que con la utilización de las maquinas se transferiría a lo producido un valor añadido que iría en detrimento de la depreciación que éstas sufrieran, no se justifica la rentabilidad que microeconómicamente el empresario obtiene con su utilización. De hecho, estas máquinas y todo lo representado por la tecnología utilizada en la moderna producción, son partes inequívocas de lo que el sector de los medios de producción se ha anexionado. Como lo son todas las demás detracciones que el capital le ha arrancado a las fuerzas del trabajo.

En concordancia con lo expuesto y con independencia de unos argumentos que como éstos, humildemente considero ni tuvieron la misma relevancia que el resto de sus análisis, ni por supuesto invalidan los que le llevaron a mostrarnos la existencia de la plusvalía, los economistas enganchados en la noria han utilizado otras argumentaciones con las que cuestionar la validez que Marx le adscribió a ésta. Entre ellas encontramos la de que el capitalismo se reproduce a sí mismo como una consecuencia natural del proceso productivo; una argumento que sólo podemos catalogarlo como cierto si asumimos como válido que fagocita en uno de los componentes que participa en esta reproducción. En su reproducción tiene lugar el establecimiento de una valoración contractual representada por unos salarios con los que es imposible adquirir lo que como valor de compra ha sido creado. Por lo que como axioma, nos es dable establecer, que en el ámbito de la producción y la distribución de los productos y servicios, se genera una dicotomía entre lo que como vivencia experimentan los que dependen de un salario y los que como empresarios llevan a cabo una exacción, con la que no solo cubren su consumo, sino que adicionalmente están forjando una acumulación, que es la que determina la naturaleza de su reproducción.

Es cierto que una igualdad total es incompatible con las disimilitudes que de una forma natural determinan a los individuos; como asimismo es cierto que sin la existencia de un beneficio estaríamos imposibilitando tanto la materialización de una labor, como el emprendimiento y el riesgo que en sí mismo conlleva cualquier actividad económica. Pero lo que tampoco es menos cierto se encuentra en que con la acumulación del beneficio se posibilitan una serie de condicionamientos que determinan la forma de desarrollarse que de forma natural caracterizan a esos individuos. Lo cual nos posa un tremendo problema. Porque por una parte tenemos que asumir la procedencia del beneficio, y por otra, la de que si sancionamos como válido que el beneficio tan solo nos es dable alcanzarlo a través de la plusvalía estamos condenados a tener que aceptar el continuado expolio que se perpetra con la misma. Y sin embargo, en este drama ha intervenido un actor, que con su comportamiento la convierte en un sainete; una pieza dramático-burlesca que podría ser contemplada como un desenlace aceptable.

Con ello me refiero a la concurrencia en esta tragedia de una forma de obtener el beneficio por medio de un trabajo implícito llevado a cabo a través de la conformación de una colectividad. un beneficio que como plusvalía, constituyendo el incentivo que es preciso adscribirle a toda actividad económica, estaría directamente relacionado con el valor de compra que en la conformación de sus actividades estuvieran ejerciendo el resto de colectividades.

Es cierto que en función de este proceso, y de no concurrir en este sainete otro actor regulador, sólo habríamos conseguido que la acumulación practicada por los empresarios la materializaran las colectividades. Pero este "sólo" nos coloca en una posición desde la que ese "qué hacer" de Lenin que ninguno encuentra la manera de poder llevarlo a cabo nos permite la adopción de una serie de medidas que por sus connotaciones que son precisas aplicar en la puesta en pié del huevo, hacen que las relaciones entre esas colectividades no tengan que estar enfrentadas como consecuencia de una producción una distribución antisocial.

A mi entender, ese "que hacer" tan solo se pueden materializar haciendo uso de una metodología que sin incidir en el derecho individual que como parte del derecho colectivo debe asistir a todo ser humano, condicione unas relaciones económicas que, como substrato de una relación intersocial, establezca el decurso que en todo momento la sociedad considere como más idóneo; cuando entendamos que una propiedad, que como posesión no nos puede trascender, nos está excluyendo de esa identificación que como ser social podríamos compartir en su sabia utilización con aquéllos con los que debiéramos identificarnos. La propiedad nos convierte en un ser que por no ser es un producto de su incapacidad para llegar a serlo. Con la propiedad se establece un permanente enfrentamiento entre los que la ostentan y los que (más allá de las regulaciones sociales con las que a través del Derecho Positivo se pretenden defender los derechos), y los que no pudiendo disfrutar de ella no disponen ni siquiera del derecho de que ese mismo Derecho Positivo regule y garantice lo que sea de ellos.

No creo que subjetivamente vayamos a asumir a bote pronto la representatividad de esta realidad. Y mucho menos esperar que los poseedores lo vayan a entender. Tan solo aguardo a que ante la falta de salida que en su desarrollo sigue el capitalismo, se generen convicciones que sin agredir a esa posesionalidad que ha venido amparando el derecho Positivo nos permitan transformar poco a poco las relaciones entre la producción y la distribución. Y como fundamento en el que apoyar lo que como proyecto pretendo seguir desarrollando, voy a sacar por primera vez a colación unos pasajes de la obra ¿Es posible otra economía de mercado? Dice lo siguiente:

"Si los animales no pueden valorar es porque forman parte de las cosas; porque son incapaces de valorarla de una forma consciente; porque al no advertir la existencia de los vínculos que los están condicionando, difícilmente pueden sentir la necesidad de asumirlos o impugnarlos."

"Pero es que si nosotros -independientemente de la potencialidad instintiva que podemos sentir hacia lo que nos puede proporcionar placer o la satisfacción de una necesidad biológica-, con nuestra capacidad de reflexión podemos ver las cosas como algo diferente de nosotros mismos, al tomarles medida y valorarlas, estamos intentando incorporar a nuestro propio ser algo que no es incorporable. Es decir, cuando los hombres evaluamos una cosa, en nuestra reflexión, “extrañamos” lo externo y (en función de nuestras dependencias instintivas), pretendemos resolverlo considerándolo como algo fusionable."

"Entiendo que la actividad racional del individuo se mueve por la identificación que en él suscita lo que puede ser aprehendido. Sin embargo, esta racionalización, al pretender trascender en el tiempo, incorpora al proceso un componente que perturbando la interinidad que debiéramos asociar a dicha identificación, va más allá de lo que ésta debería estar representando. Se está ejerciendo sobre ella una injerencia de naturaleza posesiva. A mi entender, de la misma manera que somos capaces de considerar un bien y, reflexivamente pretender resolver su bondad “anexionándonoslo”, es dable conseguir que esa concienciación que nos identifica con el mismo podemos despejarla, si la proyección que en el espacio y en el tiempo representa, la sabemos encauzar de forma que en sus efectos desempeñe una influencia exclusivamente temporal. Estimo que la tendencia hacia la posesión, esa sempiterna inclinación en la que todos estamos implicados, podemos controlarla, siempre que la tengamos que asumir como algo utilizable; algo que al fundirse en nosotros en su uso, unifique y armonice nuestra realidad con la realidad en la que tengamos que desenvolvernos.

Fin de la cita



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