2015: El año del cambio

2015: El año del cambio

Objetivo

En todas las actividades concurre una motivación; racional o instintiva. En la confección de esta bitácora participan ambas; racional, porque con ella pretendo contribuir en el desarrollo de un modelo socioeconómico que esté a la altura de lo que creemos somos: instintiva, porque ante la reacción con la que de forma inconsciente repulsamos una situación dañosa, el que estamos padeciendo, sin que tenga que ser justificado, justifica nuestra opugnación. Espero que a través de los artículos que en esta bitácora pretendo adjuntar nos sea dable alcanzar tanto aquel objetivo, como hacer que lo que soportamos en nuestro inconsciente sea lo suficientemente fuerte como para que su incidencia nos lleva a actuar de forma consciente.

Manifiesto Deuda Pública

Manifiesto Deuda PúblicaPostado por degregorio vie, junio 02, 2017 12:49:04


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He estado leyendo últimamente un artículo de Enric Duran en el que se relataba el proceso que a lo largo de la historia se ha venido desarrollando con respecto a la deuda. De cómo, desde tiempos inmemoriales se tuvieron que cancelar las deudas, porque de mantenerlas, al detraer del proceso productivo a aquéllos que hubieran perdido los medios con los que materializarlo se estaba impidiendo la evolución de las economías, y abundando en un tema que como éste concita una serie de secuelas que nos muestran las contradicciones que concurren en el capitalismo, voy a sacar a colación una serie de pasajes que figuran en la segunda parte de una obra cuya primera parte fue publicada con el título ¿Es posible otra economía de mercado? y que por circunstancias que son dable asumir, no pudo ser distribuida. En ellos se dice lo siguiente:

7.20.1.4.2. La segunda es la que se refiere a la necesidad de tener que retribuir a un factor de producción, que como cualquier otro, ha de ser remunerado.

No vamos a entrar en la manida impugnación de que tendremos que trabajar para retribuir lo que exclusivamente habría sido una aportación de capitales. Un evento que aunque indudablemente entraña la forma de obtener un beneficio del esfuerzo que nosotros pudiéramos haber realizado, no por ello nos es dable alegremente recusarlo. Y no nos es factible, porque con independencia de las formas con las que sus poseedores los hayan obtenido, económicamente tenemos que pagar un precio por aquello que no perteneciéndonos, nos habría de servir para alcanzar nuestros designios. Cuando hayamos conseguido medios suficientes para no tener que requerir los de otros, habremos superado esas connotaciones con las que se ha pretendido remover nuestra conciencia ante una actividad que podemos calificar con bastante propiedad como de explotación.

Una vez dicho esto y en función de que lo que es es consecuencia de una obligada asunción, a tenor de la naturaleza de una obligación de la que hemos de manumitirnos, someto a vuestra consideración llevar a cabo un análisis de algunos de los factores que concurren en una economía en la que la deuda es una muestra más de sus consustanciales disfunciones.

El origen de la Deuda dimana de la existencia de la acumulación. La Deuda, (conjuntamente con los intereses que de la misma se derivan), conforma un constructo que a tenor de las demandas de aquello en lo que se origina, necesita estar constantemente retroalimentándose. Los acreedores necesitan seguir acumulando. Como Sísifo, aquella figura retórica que estaba condenada a hacer rodar una piedra cuesta arriba viendo cómo, al escapar indefectiblemente ésta cuesta abajo tenía que volver a remontarla, el poseedor de las riquezas no es más que un poseído por las mismas. Es por ello por lo que el problema no radica en que las deudas sean saldadas. La cuestión está en que como es una fuente de rentas en la que los acreedores no se tienen que implicar en un proceso que como el productivo se encuentra sometido por las posibles circunstancias adversas que tienen lugar en el desarrollo de la economía, no les interesa su cancelación. Sus preferencias se encuentran en seguir detrayendo unos intereses de un proceso que conocemos como capitalismo. La deuda, con independencia de que ésta sea pública o privada, constituye una obligatoriedad que (especialmente en el caso de la pública), nos es dable poner en tela de juicio, ya que en su mayor parte, con su pago tan solo se cancelan apuntes bancarios. No podemos dejar de observar que en caso de impago, las riquezas de la comunidad no se ven disminuidas. Lo que con ella se pretende (a través de una financiarización que la refuerza de una manera exponencial), es apoderarse del producto que en la sociedad se haya podido generar. El acreedor, después de haber acumulado unas ingentes sumas de beneficios que dimanantes de las plusvalías han posibilitado la existencia de las acumulaciones, con la utilización de éstas ha consolidado una estructura con la que se obliga al endeudado a tener que seguir abonando en intereses por el uso de un producto que se consiguió en función de no haberse abonado la diferencia entre el valor contractual y el valor de cambio; es decir, el pago abonado como salario por el producto elaborado y el valor que por este producto o servicio hay que pagar en el mercado.

Pero es que además, como lo que se demanda como rentas es algo que no existe y que por tanto hay que crear, se genera la obligatoriedad de inyectar en la economía unos medios de cambio que el acreedor, como receptor de dichas rentas va acumulando a las riquezas que ya anteriormente había detraído. No sólo se apodera de una parte substancial de los rendimientos que se hayan producido; en el caso de la Deuda Pública hipotecan el presente y el futuro de una sociedad que no ha tenido voz ni voto en que esta deuda se haya conformado. Y aquí es donde tenemos que examinar las causas por las que el capital se inclina por obtener sus rentas a través de unas acreditaciones que son expresión de lo que es la deuda; un examen que nos lleva a que la razón de esta preferencia se encuentra en el descenso que incontinentemente se produce en lo que se refiere a la tasa de ganancia que el capital trata de obtener con sus inversiones; una disminución de los beneficios que aunque en términos absolutos no solo no se ha reducido, sino que como vemos por los alcanzados por un sinnúmero de corporaciones se ha incrementado de una forma significativa, en términos relativos sí ha venido disminuyendo progresivamente. Lo cual obliga a que para superar esta minoración, las empresas recurran a incrementar su productividad a través de la utilización de nuevas tecnologías. Lo que ocurre es que en esta busca se generan dos circunstancias en extremo significativas.

La primera es la que con la utilización de esta tecnología necesariamente se han de reducir unas ofertas de trabajo que a su vez conllevan como resultado que este incremento de la tasa de ganancia ya no dimana de la extracción de plusvalías absolutas, sino tan solo de la utilización de mayores inversiones. Y esta mayor utilización representa que como su consecución va a estar exclusivamente relacionada con la utilización de capitales, a tenor de que esta política va a ser llevada a cabo por el resto de empresas, entre otras cosas, a lo que puede conducir es a que lo que puedan ganar unas estará determinando lo que pierdan otras. Podrán desencadenarse otros desenlaces, pero éstos, por no estar relacionados con el problema de la deuda, a pesar de su importancia hemos de posponerlos para más adelante.

La segunda es la que se refiere a lo que más allá de lo que contempla el diccionario definimos como beneficio.

A mi entender el beneficio se produce cuando concurre una detracción de algo que ha sido creado y por lo cual no se ha pagado. Cuando esta detracción se lleva a cabo sobre algo que ya se consideraba como existente, lo que tiene lugar es desposesión; una apropiación que sólo conlleva una transposición de bienes. El beneficio se produce a través de una creación en la que ha concurrido una plusvalía.

Si asumimos que como resultado de unas inagotables inversiones se hubiera suprimido la necesidad de hacer uso de una mano de obra asalariada, las empresas podrían incrementar sus inventarios (al igual que acaecería en el supuesto de que este incremento hubiera dimanado del trabajo implícito aplicado por los empresarios), pero al haberse abonado por todos los conceptos los egresos implicados en esta creación (incluyendo los esfuerzos relacionados con aquel trabajo implícito), lo conseguido no podría catalogarse como un beneficio. Y es que si homologándolo con lo que representa el concepto plusvalía, éste lo asumimos como aquella parte no abonada por lo que se ha creado, al no concurrir una salario ni en la inversión de capitales ni en el trabajo implícito, difícilmente podremos imputarle un beneficio al incremento que por otros factores hayan experimentado las empresas.

Los rendimientos que se obtienen a través de los endeudamientos, al igual que acaece con la plusvalía y a semejanza de lo que ocurre cuando se utiliza a los demás, podemos catalogarlo como beneficios; ganancias, como expresión de unos aprovechamientos en su acepción más peyorativa. Lo que ocurre, y aquí hemos de detenernos un momento para diferenciar un endeudamiento que como en el relacionado con la Deuda Privada se han asumido sus ventajas y sus riesgos (y a este respecto hay que tener en cuenta, como leí cierta vez en un artículo, que las deudas comerciales, por ser deudas en plata, no se cancelaban, pero que sí se hacía con las deudas en cebada para que las personas pudieran sobrevivir) y el de una Deuda Pública que ante nuestra propensión a considerar de una manera espuria que todo lo público nos pertenece, no llegamos a entender que esta pertenencia (como explicita claramente este “nos”), tiene que ser algo colectivo. En este contexto, preguntándonos sobre la naturaleza del producto y las ventajas que con el endeudamiento público hemos conseguido, tenemos que inquirirnos sobre cómo en el ámbito de las obligaciones podemos dejar en manos de esta pandilla que dice gobernarnos el tener que abonar anualmente en intereses 35.000M de euros. Un pago que, a diferencia de lo que ocurre con la Deuda Privada, en función de la existencia de un caballo que es extraño al ojo del amo, lo creado y las servidumbres han de ser puestas en tela de juicio.

La segunda, aún siendo menos compleja no por ello es menos insidiosa. Se trata de que si como consecuencia del proceso que hemos venido explicitando el capital entendiera que a través de inversiones y el trabajo de los empresarios podría obtener los rendimientos que precisara para su autoconsumo, a menos que gestara en su caletre la desaparición de la mayor parte de la humanidad (supuesto que en multitud de ocasiones le ha estado incentivando, como queda demostrado a tenor de su tendencia a la promoción de guerras y de hambrunas), ¿cómo podría obtener los rendimientos que le pudieran permitir subvencionar a la totalidad de la mano de obra que se hubiera librado de esta propensión? ¿Detrayéndolos de los que alcanzara a través de la utilización de las tecnologías que le permitieran prescindir de una mano de obra cesante? ¿No entiende que si lograra eliminar a los que tuvieran que ser subvenidos (como suele proceder con la elaboración de unas manipulaciones de la opinión pública que generan conflictos armados; orquestadas pandemias al servicio de las multinacionales farmacéuticas o, como norma generalizada la inmiseración de la población más desvalida), en el supuesto de que quedar como superviviente y adjudicatario de todo lo existente, sus miembros tendrían que seguir fagocitándose a sí mismo hasta que no quedando ningún adversario el vencedor hubiera logrado culminar el ciclo de sus contradicciones?

En función de la estructura de un modelo que para escapar de sí mismo necesita ir dando saltos, nosotros, como componentes de una estructura que por ser social se encuentra por encima de lo que haya de ser la económica, nos estamos viendo sometidos por una infame legislación laboral (y esto habría que recriminárselo a los que con su voto, ignorante, temeroso y en el peor de los casos colaboracionista coadyuvan a su mantenimiento), que al igual que ocurrió con lo promovido con la producción en cadena le permite incrementar la productividad a través de una devaluación interna; un acrecentamiento que como inicio de lo que supuestamente tendría que haber sido un nuevo ciclo está lastrado por la reaparición en la escena del crimen de un desarrollo inflacionario que es la secuela de la incipiente reactivación económica que ha propiciado la política laboral y fiscal de este gobierno; una aparente mejora que permitiendo a esa parte de la sociedad que se ha constituido como única beneficiaria, ha contribuido al incremento de unas diferencias entre sus ciudadanos que en una sociedad a la que consideran de modelo en Europa es una muestra más de las innatas desvergüenzas de quienes las pronuncian. El resultado de una política económica que nos lleva a las diferencias que estamos sufriendo, forzosamente ha de conducir a la existencia de un nuevo tipo de ciclo; un ciclo en el que al pretenderse superar con el sobreendeudamiento la disminuida tasa de ganancia relativa de las inversiones en el proceso productivo ha incrementado de una manera exponencial lo que en el ciclo clásico representó aquella pate que no pudo ser consumida debido a la diferencia entre el valor contractual y el valor de cambio. Estamos viendo que debido a esta variante, la trayectoria desde la cima del ciclo ya no conlleva al llegar a su valle la obligada recuperación de un proceso que por las circunstancias que concurren en su estado no encuentra fundamentos con los que reiniciarse. Con la proliferación de los endeudamientos que como novísima salida ha buscado el capital para superar la caída de la convencional tasa de ganancia hemos llegado a un punto en el que la recuperación ya no está determinada por una menor conflictividad laboral, y una producción estancada en inventarios. Ahora, como consecuencia de las rentas no ganadas que hay que abonar a los rentistas, la Deuda determina lo que ha de ser del ciclo. Ya la cresta no estará siendo representada por una economía en la que el incremento de la producción esté relativamente relacionado con la destrucción que conlleva el consumo. Ya está representando una economía en la que lo producido permanecerá como bienes contables. Hay más riquezas, pero estos bienes tienen nombre. Incrementan lo que ha de ser el PIB; pero esta acrecencia (en el peor significado que se le pueda conferir al término), constituye un incremento que ha sido aquistado a través de una drástica reducción en el consumo. Con independencia de que aquéllos que, debido a su posición en el proceso, no se vean afectados por ésta. En este contexto, asumiendo el incremento de estos bienes contables, el austericidio que dimana de la existencia de una Deuda Pública sólo sirve para aumentar las acumulaciones de los acreedores. Conlleva que a través de la política económica con la que el capital pretende superar sus contradicciones, lo que se tiene que abonar a los acreedores para incrementar la tasa de ganancia tiene que estar acompañado por una contracción del gasto.

Cuando una economía no funciona y sus insuficiencias se resuelven con una flexibilización cuantitativa que sólo sirve para, incrementando los beneficios de la banca, endeudar cada vez más a los estados y enmascarar de manera temporal los problemas que ella misma ha generado, lo único que se consigue es permitir la continuidad de unas actividades que al no estar dirigidas al proceso productivo han de tender a la especulación. Puede haber ocurrido una reactivación, pero ésta lleva en sí misma la semilla de su destrucción.

El capitalismo no puede encontrar una salida porque éstas siempre han de estar fundamentadas en la depredación de los más débiles y consecuentemente en el establecimiento de unas diferencias que son el origen de que, a semejanza de la impotencia a la que Sísifo fue condenado, infructuosa y permanentemente está condenado a seguir buscándola.

Es cierto que si tenemos obligatoriamente que asumir la vigencia de este modelo de economía de mercado tenemos que admitir sus resultados. Es algo similar a lo que acaeció con el huevo que Colón, impugnando los fundamentos que lo condicionaban a un equilibrio inestable, demostró que este equilibrio se podía alcanzar haciendo que su estabilidad se trasladara a un punto más bajo. Entre las soluciones que se han estado promoviendo se encuentran el establecimiento de una Renta Básica universal, la del Trabajo Garantizado, la de las subvenciones, la de una Teoría Monetaria Moderna xon la que se trata de solventar el problema del paro en función de un déficit presupuestario financiado por un Estado que había hecho dejación de ejercer como prestamista de última instancia, renunciado a la potestad de fijar el tipo de cambio y cedida su capacidad para fijar la tasa de interés de referencia. Sin olvidar por supuesto las que como solución entrañaban

la caridad, la fe y la esperanza. Pero con ninguna de ellas se agarra el problema por los huevos. Con lo cual, a tenor del proceso que sigue el capital lo único que se ha conseguido ha sido perpetuar una economía basada en la extracción de rentas que al no estar fundamentarlas en algo real (no podemos olvidar que en un modelo en el que lo conseguido no sea el producto de una creación, éste no puede ser más que una trasposición de bienes), obligatoriamente tiene que materializarse a través de un empobrecimiento tanto de los que como asalariados ven como a lo largo de los últimos cuarenta años han mermado sus salarios; de los que como jubilados dependen de lo que ha sido bautizado como "estabilización"; de los que no habiendo nunca encontrado un trabajo al menos se han ahorrado esta contrariedad, y de los que por su edad, encontrándose fuera del ciclo productivo ven como se reducen las prestaciones de una Sanidad y una Educación en función de los intereses no ganados que dimanan de la Deuda Pública.

Como una derivada de todo lo que ha sido expuesto hemos de hacernos las siguientes preguntas: ¿La situación a la que hemos llegado ha sido debida a que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, o es que las posibilidades en las que hemos vivido han sido las que el capitalismo generó en su búsqueda de una tasa de ganancia? ¿Y si éste consiguió incrementar sus beneficios a través de una salida que como tantas otras le resultó fallida, cómo es que este fracaso lo tenemos que sufrir los que fuimos utilizados como instrumentos con los que materializarla? ¿Cómo es posible que una Europa que no fue raptada, sino que voluntaria e ideológicamente yació en la cama de personajes como Hitler, Mussolini, Petain, Franco o Salazar se haya vuelto a amancebar de las manos de un tal Jean Claude, de un Dijsssemblöm, de una tal Merkel, de un Schäuble (entre una miríada de servidores del prostíbulo, como un Hollande y un Rajoy), cuando reconociendo las desgracias que sufrió, presuntamente pretendió regenerarse como una chica honesta? ¿Nos es dable entender que esta caterva que no va más allá de sus nacionalismos va reconstruir lo que nos separó? Porque haciendo uso exclusivamente de la Sexta Sinfonía tan solo nos están mostrando no ser más que una charanga que ni saben ni pueden hacer otra cosa que interpretar cacofónicamente La Patética.

¿Hasta cuándo tendremos que seguir pagándoles rentas a unos países que debido a que sus empresarios (a diferencia de la desvergüenza y el cortoplacismo que caracterizó a un tal Díaz Ferrán ; o al que en lugar de una abeja debería haber utilizado como emblema - con todas las connotaciones sociales y religiosas que el término conlleva -, una mantis religiosa), han conseguido un superávit comercial que a tenor del encorsetamiento de una moneda única está hundiendo Europa? Porque cuando llevando a cabo la política de empobrecer al vecino se consiguen unas acumulaciones que permiten vivir de la rentas que dimanan de las deudas poco podemos espera para reconstruir lo que nos separó. Cuando para enjugara un déficit hay que materializarlo a través de una canallesca legislación laboral que tiene que estar acompañada por una relajación fiscal, lo que marginalmente estemos produciendo y no cobrando sólo servirá para que aquella chica permanentemente crezca y se reproduzca en la cama que de siempre estuvo calentando. El lecho de los poderosos. Porque más allá de las diferencias existentes entre aquéllos y éstos, lo primero que se ha dejado de hacer ha sido impedir que haya disparidades que en el pasado surgieron del establecimiento de las lenguas; que estas diferencias se han seguido reafirmando a través de la trompeta y el tambor; sin entender que todas ellas, lenguas, trompetas, pabellones y lábaros, tenían por denominador común el objetivo que como poder confieren las riquezas. Esto es lo que hogaño impera en Europa y lo que desde siempre diseñó lo que hubiera de ser la convivencia.

Existen dos razones que determinan la existencia de la Deuda Pública. La primera, la falta de responsabilidad con la que los que dicen estar representándonos encubren sus incompetencias recurriendo a lo que no han sabido crear; la segunda, las coacciones de todo tipo que como consecuencia de la propia existencia de las acumulaciones se implementa sobre los deudores. Para hacerle frente a la primera hemos de establecer un modelo político en el que lo que haya de ser el presente y el futuro del pueblo lo determine el propio pueblo. En cuanto a la segunda, en nombre de este empoderamiento, forzar una moratoria que respetando las deudas que nos han impuesto los que supuestamente habrían tenido que ser nuestros gestores, exenta de intereses, en un tiempo futuro cancel lo que en el transcurso del tiempo pasado nos impuso el Capital. ¿O es que no es legítimo defenderse cuando la irresponsable deuda pública en la que los corruptos gobiernos de Grecia incurrieron fue transferida de los acreedores a la tutela de sus propios gobiernos, para que éstos, como demandantes ejercieran de manera vergonzosa su poder sobre los que como pueblo no habían sido partícipes en su conformación? ¿Dónde se encuentran ahora los Karammanlis, los Papandreus y los coroneles que como defensores de la patria y sobre todo de sus propios intereses endeudaron a Grecia con armas que ni entonces ni ahora la defienden?¿O lo que ha ocurrido en España cuando sus gobiernos han rescatado a la banca para asegurar el pago a unos acreedores que prestaron sin responsabilizarse de sus consecuencias? ¿O cuando a través de coacciones los acreedores incluso han llegado a obligar a estos dos partidos que han estado "gobernándonos" (y que no han sido tan extraños el uno del otro como se demuestra por sus trayectorias), a aceptar la imposición que se recoge en el amañado artículo 135 de la Constitución?

Esta ha sido la impotencia que se ha generado en Europa con este pervertido tratado de unión. Cuando esta unión tan sólo ha consistido en la creación de una moneda suministrada por un Banco Central, que como valor de unidad y de cambio está midiendo unos productos y servicios que en su producción y en su distribución entre los diferentes Estados conllevan valoraciones diferentes ¿ante una recesión o deflación, o un aumento del paro, con qué medidas que no sea una legislación laboral regresiva cuentan los gobiernos para sortear los desequilibrios que entre sus miembros se están produciendo? (una legislación que accesoriamente incide sobre la tasa de ganancia que incidentalmente obtiene el capital).

Llegados a este punto hemos de preguntarnos por qué es necesario hacernos las preguntas que anteriormente han sido formuladas. Y la respuesta, obviamente es porque hemos dejado que estas preguntas tengamos que hacérnoslas. Para evitarlo sólo tendríamos que haber observado las estructuras que han implementado los capitalistas para que nos encontremos en esta situación. Cómo a través del poder que sobre los demás se suele ejercer a través del dinero, incluso con una dación que supuestamente tendría que conllevar una independencia se está incrementando la supeditación. Y no voy a hacer uso del manido argumento según el cual con un endeudamiento comedido se pueden incrementar las riquezas y devolver tanto los intereses como lo prestado. Voy a hurgar en el hecho de que endeudando a través de los gobiernos a unas entidades que como los Estados, no solo se está endeudando al pueblo; por medio del poder que se despliega sobre sus gobernantes se establece una situación en la que éstos se convierten en lacayos de los que habiendo solicitado y aceptado unas acreditaciones tendrían que ser los responsables de este endeudamiento. En cómo las coacciones que dimanen de un estar o no estar, la economía pueda o no pueda seguir desenvolviéndose; en cómo el dinero, comprando a los medios, condiciona sus andanzas; en cómo, con su utilización se facilita la corrupción en los políticos, en la judicatura e incluso entre aquéllos que en función de una relajación de la moral, incidental o deliberadamente se han visto afectados; en cómo, con la desaparición de los valores, el pueblo, con independencia de ser objeto de la explotación que tienen lugar en el trabajo alienado, los anteriormente mencionados lo han convertido en el "pagano" de las tropelías que se han perpetrado.

Aprovechando su poder sobre todo lo que pueda ser comprado o coaccionado, al capital le basta con conformar una red y poner ésta a su servicio; una red aquistada a través de la colaboración connivente u obligada de aquéllos que tan solo políticamente detentan el poder; una trama que últimamente se ha completado como una UE, una entidad supranacional, que en la defensa de los capitalistas y sus formas obtener rentas sin necesidad de incurrir en problemas ha establecido un Banco Central que al proveer a la banca comercial convertida en financiera con fondos exentos de interés, facilita que el capitalismo que ésta representa pueda endeudar a los Estados; y unos Estados que por otra parte, con la conformación de un endeudamiento canallesco, además de contribuir a la ejecución de proyectos promovidos por intereses subjetivos, y por ende carentes de rentabilidad económica y social (verbi gratia, aeropuertos como el del abuelo; autopistas y tramos del Ave que no son utilizados; presupuestos militares que no se encuentran sometidos a ningún tipo de control; mantenimiento del lustre y esplendor de un sistema monárquico que más allá de aquello por lo que lo conocemos, en una sociedad del siglo XXl es una distopía; y sobre todo, el pago de unos intereses que por su cuantía - como podemos ver en el último gráfico de esta artículos -, suponen más de las dos terceras partes del nuevo endeudamiento). ¿Dónde radica la potestad con la que se ha investido la banca para creando dinero de la nada; es decir forjando algo que en realidad no existe, condicionar el desarrollo, el futuro y hasta las dependencias de aquellos países que habiendo contraído unas obligaciones, como contrapartida, en función de su naturaleza no podrían obligar? ¿Es racional; y además, es decente que a través del poder que ejerce el capital se pueda hacer uso de una materialización que como el dinero creado por la banca sólo tiene como contrapartida unos apuntes en el pasivo de sus balances? De todo lo cual hemos de deducir que más allá de la ilegalidad de un proceso que por su naturaleza ha de ser puesto en tela de juicio ¿tenemos que pagar unos intereses por unas transacciones que han sido implementadas en función de la potestad que a sí misma se ha conferido la banca? Unos intereses que en el caso de España representan desde el año 1998 un 64% de la actual deuda pública.

El capital ha logrado conformar una red con la que ha cerrado el círculo en el que está encerrada la Deuda Pública. Y lo ha cerrado porque eso era lo que el verdadero poder había buscado forzar. Establecer una compleja red con la que poner a su servicio las necesidades que el propio sistema había generado. Con el argumento de que la creación indiscriminada de medios de cambio a través de una entidad autóctona había repetidamente conllevado pavorosas depreciación de sus monedas, el capital concibió más positivo y al mismo tiempo más rentable, que la financiación que precisaran los Estado se materializara a través de un organismo "independiente" que proveyera a la banca privada con una financiación que al ser virtual, con la compra de deuda pública a un interés cercano al 7%, no sólo limitaría las veleidades expansivas de ciertos gobiernos; sino y sobre todo, con cargo a lo público obtendría pingües beneficios. Es la poca vergüenza que desde siempre han demostrado tanto el capital como sus mamporreros hacia los ciudadanos. De esta manera el capital asegura su tasa de ganancia y proporciona a aquéllos que por su ubicación en el gobierno del Estado asignan obras públicas, las mordidas y las posibilidades de estafar que últimamente han sido denominadas como operaciones extracontables. Y a su vez, el Estado financia unas redes con las que a través de la catequización mediática; una judicatura que está siendo puesta en entredicho y una represión legalizada que dimana de este cuestionamiento, adoctrinan al pueblo y controlan las disidencias. Todo esto ocurre sin que, como se ha pretendido justificar, se produzca una contención del endeudamiento del Estado. Y es que no solo es el capital el que selecciona, adereza y mete la cuchara en el puchero; son incontables los menestrales que se escancian del mismo. Lo que ocurre es que para volver a justificar lo injustificable, se alega que la situación que estamos viviendo se ha producido porque el pueblo (es decir, el que tiene que pagar la factura) ha vivido por encima de sus posibilidades. De todo lo cual tenemos que entender que ha sido preciso establecer unos Planes de Estabilización que sirvan para que esta impenitentemente consagrada prostituta satisfaga los orgasmos del Poder. De todo lo cual nos es dable asimismo colegir que, asumiendo aquello de que cada pueblo tiene el alcalde que se merece, lo que está ocurriendo en esta España de otros (y por extensión, en esta Europa de los mercaderes), no es más que el resultado del estado catatónico en el que se encuentra una parte significativa de la sociedad. Como queda fehacientemente demostrado por los resultados demoscópicos de un país, que como España, todavía no ha olvidado.





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